jueves, 18 de diciembre de 2014

Métase mi prieta entre el durmiente y el silbatazo. El Inventario



                 Autor:Elena Poniatowska - Francia

El tubo de la luz perfora la noche y la máquina se
abre paso entre muros de árboles, paredes tupidas
de una vegetación inextricable: “Soy yo el que
avanzo o son los árboles los que caminan hacia mí”
se pregunta el maquinista rodeado de la densidad
nocturna y del olor azucarado del trópico. Los pájaros
vuelan dentro de la luz, se dirigen al fanal y se
estrellan. Un minuto antes de morir tienen los ojos
rojos. Toda la noche, el maquinista ve morir los pájaros.
El fanal también enceguece las plantas, las
vuelve blancas y sólo cuando ha pasado recobran su
opulencia y más arriba se dibujan de nuevo las
masas sombrías de los montes. A Pancho le gusta
asomarse afuera de la locomotora y ver cómo hacia
atrás todo regresa a la vida; los arbustos de vegetación
cerrada resucitan, transfigurados, fantasmales,
se persignan deslumbrados ante la luz. Después, la
noche los traga, inmensa y hosca como ese ejército
de árboles que se despliega sobre centenares de kilómetros
a la redonda con quién sabe qué secreta
estrategia de guerra. Entre tanto, los vuelos entrecruzados
demil insectos luminosos atraviesan la oscuridad
del cielo; hasta se oye el estertor de algún
animal cogido en una trampa y uno que otro grito de
pájaro herido. Pancho piensa fascinado en los miles
de pájaros que caen sobre los rieles; de ellos no han
de quedar ni los huesitos, huesitos de pájaro, palillos,
ramitas, lo más frágil. El reflector eléctrico pesa
media tonelada e ilumina a dos kilómetros de distancia;
dentro de esa luz blanca los insectos bailan
hasta que amanece. (Camilo les dice“inseptos”). A
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medida que despeja, va acallándose el rumor de la
noche: las chicharras, los gritos extrañamente humanos
de los pájaros, los movimientos oscuros del
suelo vegetal y pesado, las aguas secretas, sinuosas,
que terminan por ahogarse en el pantano. Pancho
entonces se recarga y cierra los ojos, suspira, se echa
para atrás en el banquillo de hierro; pasa su mano
fuerte sobre su cara como si quisiera zafársela; lo
único que logra es quitarse la cachucha, alisa sus cabellos,
ha llegado su hora de dormir; dentro de un
instante bajará de la locomotora a tirarse a cualquier
camastro, el primero que encuentre hasta que vuelva
la noche. Después del sueño, montará de nuevo en
su máquina, su amor despierto, el río de acero que
corre por sus venas, su vapor, su aire, su razón de
estar sobre la tierra, su único puente con la realidad.
Lo más bonito de Teresa además de su gordura
era su prudencia,mejor dicho, su absoluta incapacidad
para la intriga o la malevolencia. Él regresaba
echando pestes contra el jefe del patio general; que
por algo había un sindicato, que… y Teresa con sus
ojos fijos de vaca buena respondía con voz tranquila:
−Pues a ver.
Nunca un juicio, nunca una palabra demás.Desplazaba
lentamente su gran pasividad de la cocina a
la recámara, a la azotehuela, y parecía abarcarlo
todo. Nada le hacía mella, nada alteraba su humor
parejo, y sin embargo cómo le gustaba a Pancho que
Teresa se sentara encima de él a la hora del amor; él
de espaldas a la cama y ella en cuclillas,montada en
su pecho, sus piernas acinturándolo; tan enorme,
que Pancho no alcanzaba a verle el rostro, asfixiado
como estaba por su vientre, sus muslos fortísimos,
pero qué dulce, qué reconfortante asfixia. Pancho se
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sentía entonces tan satisfecho como frente a los controles
de su máquina; una espesa felicidad le resbalaba
por dentro; bullía el metal líquido que sale del
horno de la fundidora con el color puro y blanco de
la luz del sol. Pancho pasaba de la plenitud nocturna
sobre los rieles de la ruta del sureste, erecto frente a
la ventanilla de la locomotora, a la plenitud de la
siesta de las tres de la tarde cuando estiraba lamano
para sentir el grueso, el cálido abrazo de Teresa, y
atraerla hacia sí, abrazar esa mole tierna y blanda, y
hundirse en ella una y otra vez como los pájaros
azotándose contra el faro de luz, una y otra vez sus
ojos rojos. Siempre hacía el amor, a eso del medio
día, Teresa con una diadema de sudor en la frente.
De la cocina venía el crepitar de la carne de puerco
friéndose bajo la tapadera para que no fuera a resecarse
y en Pancho se duplicaba la gula; cogía morosamente
y pasaba de una mesa a otra apenas, con el
pantalón de la pijama. Se sentaba frente al caldo de
médula servido por Teresa a quien un tirante del
fondo le resbalaba sobre el brazo, ella también comía
viéndolo a la caramientras volteaba, con el brazo estirado,
las tortillas en el comal; sopeaban, tomaban
su tiempo, sorbían acumulando en su lengua caliente
y agitada nuevas sensaciones, como si continuaran
el acto amoroso y lo perpetuaran. Muchas
veces, al terminar de limpiarse la boca con la mano,
Pancho jalaría de nuevo a Teresa hacia un lecho revuelto
y grasiento. Permanecían después el uno en
los brazos del otro, la nuca sudada deTeresa sobre el
hombro de Pancho, el miembro mojado de Pancho
caído encima de la pierna de Teresa quien sentía
cómo aún escurría el semen. Así se hundían en el
sueño. Pero a veces Teresa se agarraba del cuello de
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Pancho como si fuera a ahogarse, a punto de caer a
lo más hondo del océano, de su océano, su propia
agua; Pancho entonces la deseaba con furia por la
dependencia en su abrazo y por esa expresión extraviada
en sus ojos redondos.A las seis cuarenta en
punto se despedía de ella desde la puerta, en el tardíomomento
en queTeresa se ponía a lavar los trastes,
a lavar su cocina. Cuando Pancho regresaba de
su corrida a las seis de lamañana dos díasmás tarde,
la encontraba dormida, se colocaba entre las sábanas
junto a ella y ella lo recibía con un murmullo de
aquiescencia. En el curso de lamañanaTeresa abandonaba
el lecho, trajinaba, se ponía a escombrar
como decía ella, a planchar ropa.Ya cerca de las dos
de la tarde volvía a acostarse junto a él, así vestida,
para hallarse al alcance de su deseo a la hora en que
él despertara.
−No Pancho, si ésta no se lubrica.
−¿No le voy a lubricar las chumaceras?
−No, en la máquina diesel todo este trabajo es
automático.
−Y los pernos de conexión ¿tampoco los voy a lubricar?
−No, haz de cuenta que todo está hecho.
−Pero ¿quién mantiene la máquina?
−Sola, se mantiene sola; un lubricador hidrostático
a base de vapor, de presión, de agua y de aceite,
lubrica los cilindros. Esta diesel se hizo pensando en
cómo facilitarles el trabajo a los operadores. Lo único
que debes hacer es conducir.
Pancho mira a la máquina con desazón, no la reconoce,
no sabe por dónde agarrarla. Por primera
vez se siente fuera de lugar dentro de una locomotora.
Todo está escondido; los controles se integran
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dentro de una superficie de acero que repele de tan
brillante.También el patio de arriba brilla; los ventanales
hacen que la estación parezca vidriería:“Nada
es como antes −piensa−, nada”. En otros tiempos la
mole negruzca de la locomotora despuntaba a lo
lejos seguida por su penacho de humo y, en menos
de que cantara un gallo, allí estaba estacionada, tapando
con su negrura la claridad de la mañana. Entraba
resoplando fatigas, echando los bofes y en
forma desafiante se asentaba sobre los rieles con un
rechinido demuelles.Todavía resonaban sus bufidos
triunfales.De ella descendían los ferrocarrileros y se
despedían o se saludaban a gritos con el regocijo de
haber llegado a casa; al bajar, palmeaban su máquina,
le daban en el lomo como a un buen animal
viejo, la acariciaban con la mano abierta, unas caricias
anchas, a querer abarcarla toda. Pancho se quedaba
con la Prieta en el patio de carga, enfriándola,
y le gustaba escuchar los martillazos que provenían
del taller de carros y de ejes y de ruedas, uno, dos,
uno, dos, sobre los yunques y que en sus oídos resonara
el ronroneo de los tornos como antes habían
resonado los silbidos de la locomotora. Cuando los
peones enderezaban la vía reumática con barretas
para nivelarla, se quejaban y gritaban en medio de
su esfuerzo por levantarla:“¡Eeeeeeeeeh! ¡Oooooooooo!
¡Eeeeeeeeey!”Como que resentían en su propio
cuerpo los achaques de los rieles y se
solidarizaban.Y todo esto enmedio de la respiración
uniforme de las calderas y del continuo tracatraca de
las pistolas de aire. Pancho le advertía al mecánico
mientras se alejaba contento, dueño del terreno:
“¡Allí te la encargo, al rato vengo a darle su vueltecita!”
Los trenistas pasaban entre los botes de cha-
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popote, los montones de estopa, saltaban el balasto
con la alegría retozona del que reconoce su casa;
sorteaban los envases vacíos, las cajas desvencijadas,
los fierros torcidos, el cochambre.Cierto que no todo
era limpio, el balasto yacía cubierto de porquerías,
de cosas vivientes ahora carbonizadas, de trozos
sueltos de carroña, de herramientas relegadas, toda
esta basura que dentro de diez mil años se distinguiría
de los desechos orgánicos e inorgánicos que el
tiempo o quizá el mar pulveriza hasta convertir en
arena.Una linterna escarbaba la tierra de cabeza; un
armón abandonado mostraba sus tripas, la basura
ya iba para la montaña, pero la actual nitidez de los
carriles sacaba de quicio a Pancho.
—Entonces ¿ésta no se lubrica?
—No pancho, ya te dije que no.
—Bueno ¿y la Prieta?
—La mandamos a Apizaco. Allá la correrán en
algunos tramos cortos.
—Pero ¿por qué carajos no me avisaron que se la
iban a llevar.
—A nadie se le avisó Pancho, llegaron las diesel
de 3000 caballos y quisimos ponerlas en servicio de
inmediato.
—Ayer me tocaba descanso, por eso se aprovecharon.
Igual que laTeresa.A traición, amansalva.Un día
no amaneció. Después le dijo un peón de vía que la
había visto subir a un carro izada por una mano de
hombre, que el hombre no lo había podido semblantear
pero bien que se fijó cómo la Teresa daba el
paso rápido sin mirar para ningún lado. En la casa
faltaba el viejo veliz panza de buey que siempre
acompañó almaquinista.Durantemuchos días Pan-
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cho siguió estirando la mano para tomar el grueso
brazo de la Teresa y atraerla hacia sí, hasta que optó
por ir a la estación y aventarse dentro de la cámara
sombría de su otra mujer, guarecerse en su vientre
que aun en tierra parecía estarmeciéndose, y dormir
hecho un ovillo en contra de la lámina diciéndole lo
que nunca le había dicho a Teresa:“Prieta, prietita
linda,mi amor adorado,mamacita chula, prieta, rielerita,
eres mi querer, prieta coqueta”hasta que sus
labios quedaran en forma de a, la a de la Prieta, ese
nombre pronunciado como encantamiento en contra
del dolor y el abandono.Y ahora le salían con eso:
con que tampoco estaba la Prieta:
—¿Cuándo se la llevaron?
—Anoche
Pancho había estado en una junta de sección, en
elmomentomismo en que la Prieta, lenta, solapadamente,
se deslizaba sobre los rieles, conducida por
otro maquinista.
—¿Quién la sacó?
El superintendente se impacienta.
—Ve a preguntar al secretariado.
—Yo con los cagatintas no me meto. Ésos ni ferrocarrileros
son.
—Hombre, no se trata de eso, las cosas están
cambiando para bien, es el nuevo reglamento, tiene
que aumentar la fuerza tractiva de Ferrocarriles, nos
va a beneficiar a todos. Además date de santos que
tu locomotora no se va a vender como chatarra a Estados
Unidos. Se van a vender casi tres mil carros
que están en pésimas condiciones.
—Chingue a su madre.
Pancho da la media vuelta antes de que el superintendente
pueda responder. Se larga, al cabo siem-
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pre ha sido tragalenguas, y piensa:“Si me alcanza,
aquí nos damos en la madre”. Casi lo desea, pero el
otro no viene, nadie lo sigue. Camina entre el ardor
de los rieles que le relampaguean en los ojos, acerándoselos,
rebanándolos; pisa el balasto para que
no se le enchapopoten los zapatos y al hacerlo recuerda
con qué gusto barría la tierra la Teresa, y eso
que lo hacía con una escoba tronada; intenta retener
la imagen, que barre frente a él, pero el calor parece
fundirlo todo;ménsulas de señales, rieles, durmientes,
muelles, remaches, en una gelatina gris y espesa,
el acero se desintegra, ahora son puros terrones, sí,
es tierra común y corriente,“si viene un tren ni madres,
no me muevo”. En una barda recién pintada
con chapopote relumbra el letrero:“Viva Demetrio
Vallejo”.Camina sin parar, el sol en la nuca taladrándole
los hombros. Hace rato que salió de Balbuena
y pasó bajo el puente de Nonoalco; hace rato que
entró a los llanos, ya ni guardacruceros hay, ni un
solo hombre sentado en algún muelle, ni uno que
patee encorvado la grava con los pies, ni uno que
juegue con la arena, con las piedritas que luego se
les caen a las góndolas, sólo por allí un zapato desfondado,
vencido como él y más allá un cabús pudriéndose
al sol.Ya ni torres de vigilancia, ni grúas.
Le parece escuchar un llorido de zapatas,“híjole ya
estoy oyendo voces”, ni un solo convoy con sus carros
cargados de azufre del Istmo de Tehuantepec,
ni un solo de sal, hay que seguirle, poner un pie
frente al otro durante quién sabe cuántas horas
hasta el atardecer, la garganta seca, al cabo ya está
acostumbrado, aguanta eso y más, aguanta un
chingo.“Tengo que llegar a alguna estación para no
quedarme aquí en despoblado”pero como ninguna
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casa reverbera en la distancia, Pancho se sale de los
rieles y se tira a un lado de la vía y allí duerme como
bendito, como piedra en pozo, como hombre
muerto.
—Sabes, los precios están por las nubes.
Cuando Teresa hablaba era para quejarse de la
carestía. Si no, mientras iba de un quehacer a otro,
guardaba silencio. Sólo cuando hacía el amor articulaba
palabras que empezaban con m,“mucho”,
“más”,“mmm”, lenta, suavemente, en un ronco gorjeo
de paloma, sí, eso era , un zurco de paloma, que
a Pancho siempre le resultó gratificante. Sólo por ese
gemido, de pronto, a media comida, a media mañana,
a media corrida, Pancho sentía un lacerante,
un infinito afán de posesión. Él era quien provocaba
ese quejido en la mujer, y encima de ella, abrazado
a su vientre, esperaba elmomento en que comenzaría
a producirse, así como acechaba el instante en
que la Prieta empezaba a pespuntear las llanuras
con el traqueteo de sus ruedas sobre las junturas de
los rieles. Entonces cuando corría suavecito, en
medio del silencio, sentía el mismo deseo quemontado
en laTeresa; era dueño del tiempo, de toda esta
oscuridad, esta negrura que su faro iba perforando;
esas sombras que él atravesaba eran terreno ganado,
tierras por él poseídas; su conquista, él las había extraído
de la noche, gorjeaban como la Teresa, se le
venían encima con sus moles blanquísimas y luminosas,
blancas como la leche, muslos, senos de la
noche, frutos almendrados, piel que lo envolvía
suave, tiernamente. Al principio, Teresa era más comunicativa,
hablaba de su hermana Berta, de cómo
le pegaba, de cómo al no poder desampiojarla, una
vez la había rapado: de vez en cuando le reclamaba
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a Pancho: “Oye tú, ¿por qué no hablas? Y Pancho
musitaba:“Nosotros los rieleros, nos hacemos compañeros
del silencio”. Por eso Teresa se hizo callada.
Al no recibir sino monosílabos, dejó poco a poco de
abrir la boca, Sólo lomás indispensable, sólo aquello
que le salía a pesar de símisma, sin control, ese gorjeo
y ese continuo ritornelo acerca de los precios escalando
al cielo.
—Pancho, levántate no seas buey.
—¡Pancho!
Dos rostros le hacen sombra. Pancho se talla los
ojos.—
Llevamos horas tras de ti, anda, ven.
El Chufas y el Gringo lo jalan, el Chufas ya le ha
metido las dos manos bajo las axilas y lo jala hacia
arriba:
—Cómo vas a quedarte aquí, vámonos.
El Gringo se enoja:
—Yo estoy de guardia mañana, cabrón. Anda
vente, ya no estés chingando.
—Oye tú, y ¿quién te mandó llamar? El que está
chingando eres tú.
Ahora sí el que se enoja es Pancho y del coraje se
levanta.
—¿A poco yo los ando buscando? ¡Ustedes son
los que vienen a joderme aquí donde estoy tranquilo!
El Chufas no le ha quitado las manos de bajo las
axilas como si temiera una imposible huida. Pancho
se zafa de mala manera aunque todo su coraje se lo
dirija al Gringo.
—¡Váyanse mucho al carajo!
—Órales Pancho, no te mandes.
—¿Quién les dijo que vinieran? A ver ¿quién?Yo
no los mandé traer.
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—El Chufas te empezó a buscar.
—Y al Chufas ¿qué? Al Chufas le vale madres.
—El Chufas te vio irte por toda la vía, apendejado
y por más que te llamó nunca volteaste. Por eso se
preocupó.Ya ni la amuelas. Estábamos en el patio de
carga…Anda, vámonos de aquí.
Sin sentirlo, Pancho ha comenzado a caminar al
lado de sus cuates. Hace mucho que no anda con
ellos.No los buscó siquiera cuando laTeresa se largó
ni se asomó tampoco a la cantina.Al cabo tenía a la
Prieta y allá se fue a dormir, acunado en sus entrañas
temblorosas que lo estrechaban cálidas, en el refuego
de su propia sangre que lo hacía reconocerla
amedida que avanzaba la noche, prever sus reacciones,
adivinar sus sonidos más recónditos, sus tintineos,
señales y suspiros. Trenzaba sus piernas en
torno a sus ardores así como la Teresa aprisionaba
las suyas de suerte que al despertar sólo les quedaba
volverse el uno contra el otro. Podía predecir hasta
su mínima convulsión: “Ahora se va a estremecer
porque llegarán los del taller y los martillazos en el
yunque resuenan en toda la lámina; yo mismo los
voy a sentir aquí adentro, dentro de ella. En un momentomás
entrarán los paileros y con ellos el superintendente,
y ella se va a aflojar, complacida.”Antes,
Pancho tenía la costumbre de irse con los cuates a la
cantina y al grito de “el el vino para los hombres y
el agua para los güeyes”se acodaba en la barra a empujarse
sus calantanes, después iba a la casa del foco
rojo, a bailar con las viejas que huelen a maíz podrido.
Pero cuando le cayó Teresa ya no hubo necesidad
de nada, ni de chínguere, ni de viejas rogonas
de lupanar. ¡Adiós al Canica, al Camilo, al Babalú, al
Gringo, al Chufas, a Luciano! También el Luciano le
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había puesto nombre a su máquina:“La Coqueta”y
la traía acicaladita con sus colguijes y sus espejuelos,
su Virgen de Guadalupe y hasta una foto de él
mismo asomándose por la ventanilla de la locomotora.
Ahora, pensándolo bien, sentía que un buen
calorcito le subía por dentro al venir junto a sus amigos,
sus cuates pues, sus ñeros, sus carnales ¿no?
que lo habían ido a buscar hasta allá, olvidándose
que hacía mucho que él se les había rajado.
—Súbete al cabús.Vamos a echarnos un tanguarniz.
De veras que estos cuates son buenas gentes,
muy buenas gentes.
—Pancho, bien que te vendrían unas cheves.
Pancho no dijo ni sí ni no.
—Ya han de haber cerrado, concluye el Gringo.
—Pues vámonos con Martita.
Martita es bien jaladora, cuando los ferrocarrileros
andan por allí gritando en esa cachondez especial
de la parranda y ya todos en la piquera les
ordenan: “¡Ya locotes, lárguense, esto ya se acabó,
lárguense a dormir!”, y no hay ni dónde echarse un
buen café, una polla, o de perdida la del estribo, ella
tiene siempre abierta la puerta de su casa y no le
molesta levantarse de su hamaca y atenderlos con
una sonrisa hermosotota, amplia, en sus ojos un
lento oleaje de luz como madre para sus hijos sin
predilecciones ni discriminación. Por más jodidos
que estén, idos de plano, abrazados los unos a los
otros cuando antes se abrazaron a los postes de luz,
comomástiles, sintiendo que el barco se iba a pique,
con sólo verla se les levanta el ánimo. Saca luego,
luego el mezcal o prepara el café bien caliente, con
piquete y leche condensada que sale de la lata de a
chorrito: el“chorreado”, y si tienen para pagarle, a
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todo dar, y si no, ahímás tarde le pasarán los fierros.
De Juchitán ha traído la hamaca, nunca se acostumbró
a dormir en cama. “Es la mecidita la que extraño”,
“es esa mecidita la que la tiene de buen
humor”corean los rieleros. Siempre se sienten a toda
madre en casa de Martita; el estómago revuelto se
les asienta y aunque estén cayéndose de borrachos,
ella les quita lo del cuerpo cortado mediante sus
hojas con piquete, sus chorreados, tan buenos para
calentar la panza.Y nada de joderlos con regaños ni
vaticinios negros, nada, hermosotota laMartita, hermosototes
sus ojos con ese lento oleaje de luz, uno
quémás quiere en esta canija vida que sentirse bienvenido,
amparado por los ojos de una mujer que lo
recibe a uno de buen modo, uno qué más puede
pedir, a ver ¿qué más ¿ También a ella dejó de frecuentarla
Pancho cuando llegó la Teresa.
—Mañana quiere verte el superintendente— le
dice el Gringo al segundo“chorreado”.
—Ya le menté la madre.
—Dice que quiere verte.
Para el superintendente Alejandro Díaz, Pancho
es un personaje. Hasta le gusta verlo pasar con su
cabello gris y sus hombros que empiezan a encorvarse
rumbo al local de la sección y advertir gravemente:
“Mañana a las doce empieza la huelga, el
paro de dos horas porque ya se venció el plazo que
le dimos a la gerencia…”Y eso queAlejandro Díaz es
empleado de confianza. Ante Pancho, preferiría no
serlo para oírlo pelear en la asamblea, a ver su mirada
retadora, fuerte, su mirada de hombre libre,
cuando son tantas las miradas rastreras que lo persiguen
durante el día. ¡Y eso que sólo es superintendente!
¡Cuántas miradas viles no verá el presidente
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de la república! dicen, pero nadie lo sabe a ciencia
cierta, que Pancho habló una vez en la sección 19 de
Monterrey frente a una asamblea de mil ferrocarrileros
que creían en el Charro Díaz de León: los tres
primeros oradores apoyaron al Charro, y cuando
subió PanchoValverde, supusieron que se trataba de
un líder corrupto, al servicio de la empresa, del gobierno
y sobre todo de sí mismo, de sus propios y
mezquinos intereses. Toda aquella gente sabía que
PanchoValverde era derecho, y sin embargo la asamblea
quedó dividida. Ése fue uno de los grandes golpes
en la vida sindical de Pancho pero nunca lo
había comentado.A veces en la cantina rememoraba
la asamblea y murmuraba:“No se vale, no se vale”.
Por ello los viejos respetan a Pancho y los jóvenes
quieren ser vistos por él; hacer méritos frente a él.
Igual le sucede al superintendente. Alejandro Díaz
sabe que él no cuenta para Pancho, que el maquinista
daría la vida por Timoteo, por Venancio, por
Chon, por Baldomero, por el Gringo, por Camilo,
por el Babalú, pero no por él. Por ellos sí. Alejandro
Díaz ha visto cómo reclama indemnizaciones, lucha
por los jubilados, se queda hasta avanzada la noche
a revisar contratos de trabajo, amemorizar cláusulas
casi todas a favor de la empresa para rebatirlas en la
junta. Sus“cállense cabrones”en la asamblea resultan
más eficaces que cualquier alegato, el golpe de
su puño en la mesa de debates quemada de cigarros
es definitivo, y en el presidium lo primero que
se ve es su rostro por la intensidad de su expresión.
Y no es siquiera que aspire al poder, es que Pancho
es amigo del garroteroTimoteo, quien ahora lomira,
sumuñón sobre lamesa porque el antebrazo lo dejó
prensado entre dos carros en una de tantas maniobras,
y también es cuate de Venancio, jubilado que
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se muere de hambre dentro del furgón que habita a
pesar de que su mujer ha colgado geranios en las
ventanillas, y quiere a Lencho el fogonero que ya no
palea carbón sino rencores y le cae bien Concepción,
Chonito que se la vive en el Templo del Mediodía,
abajo del Puente de Nonoalco, en la calle de la Luna,
esperando a que Roque Rojas, ¡olvídense de Jesucristo!,
se posesione de su envoltura humana y lo libere
de la artritis, la vejez, el aliento a agua
enlamada, que le advierte que se le están pudriendo
las entrañas.
PanchoValverde nunca se ha dejado bocabajear:
“Hablo porque quiero y porque puedo y porque aquí
me he chingadomuchos años”. Salpica sus alegatos
de dichos:“Entremenos burrosmás olotes”,“Camarón
que se duerme se lo lleva la corriente”,“El que es
buey hasta la coyunda lambe”y paraAlejandro Díaz
resulta curioso asociar los dichos de Pancho a expresiones
como“producto nacional bruto”(los brutos
somos nosotros),“Días festivos”(el que nace tepalcate
ni a comal tiznado llega),“contractuales”(ya no
hay ferrocarrileros de reloj y kepí), y otros terminajos
que Pancho se ha aprendido dememoria en susmuchas
veladas de machetero.“Órale, órale, no te me
engolondrines.”Pancho fue el de la iniciativa en contra
de los empleados de confianza, que pa’qué tantos,
que de qué servía ese bute de contadores muy
prendiditos, de secretarias que caminaban como pollos
espinados, que de los quinientos empleados de
confianza del Ferrocarril del Pacífico no se hacían
cincuenta, y pidió el cese de por lo menos veintitrés
que a él le constaba personalmente, que no hacían
nada, dio pelos y señales y entre ellos se encontraban
dos hijos de BenjamínMéndez, el gerente.Que
los ocho mil trabajadores del riel, esos sí mal comi-
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dos y mal pagados, estaban hartos de la burocracia,
de tanto papeleo desabrido, y claro, la empresa no
cedió, hubo muchos destituidos, pero qué bonita
lucha la de Pancho, bonita hasta paraAlejandro Díaz
que intervino a favor de Pancho para que no lo destituyeran
y éste no lo supo jamás, bonita la lucha con
una chingada, porque si Pancho impulsa las huelgas
siempre se ha manifestado en contra de los sabotajes.
Ama demasiado a los trenes para tolerar una
máquina loca, una colisión; si una sola abolladura
en su locomotora lo hace agacharse como si el golpe
cayera en su cuerpo, un ataque a las vías del tren le
duele en carne propia como aquella vez en que un
canalla bloqueó el pedal de seguridad de la 6093 poniendo
una planchuela de acero sobre el acelerador,
tiró de la palanca y lamáquina salió disparada, amás
de ochenta kilómetros por hora en contra de la 8954,
la Coqueta, la de Luciano que hacíamovimientos de
pato y por poco muere Luciano quien después de
quitarle los frenos a una locomotora se aventó hacia
afuera. Salvó su vida pero no la de su Coqueta que
quedó transformada en una escalofriante montaña
de hierros retorcidos. Meses más tarde, Luciano
murió, de la tristeza. Con Luciano, Pancho había vivido
huelgas y otras aventuras; Luciano una vez
quedó prendido al árbol del garrote tratando de detener
cinco carros locos y desbocados y sólo se tiró
en el último instante, cuando vio que era inminente
el siniestro; Pancho solía cantar sentado sobre un
durmiente:“Por donde quiera que ando/ y a donde
quiera que llego/ la polla que no me llevo/ la dejo
cacaraqueando”y los dos reían porque de muy jóvenes
ambos tuvieron la comisión de pintas y entre
los“abajo la empresa”y“los ferrocarrileros con Vallejo”,
escribían con chapopote negro sobre los cos-
tados de los furgones, picándose las costillas y tirando
los botes,“Vóitelas mi riel”,“Tracatraca pero
en serio”,“No le importe la oscuridad del túnel, después
en la riel nos resbalamos”,“Dénme una buena
máquina y le jalo todos los furgones”,“Chingue su
madre Díaz de León”,“Entre los rieles y entre sus
piernas, de pueblo en pueblo casi la hacemos”,“Métase
mi Prieta entre el durmiente y el silbatazo”,“En
un buen cabús se engancha lo que usted quiera”y
otros dichos sabrosos que dibujaban con esmero,
humedeciéndose los labios, porque acababan de
descubrir a la mujer y al riel. ¡Ah qué Luciano, ah
qué ese mi carnal, ese sí carnal de a deveras, hermano,
hermanito del alma!
Para el superintendente Alejandro Díaz, mirar a
Pancho resulta penoso; la expresión de su rostro es
de desolación absoluta, parece perro sin amo. En el
fondo de símismo,Alejandro Díaz quisiera decirle a
Pancho que si tanto le importa su locomotora de
vapor va a gestionar su traslado a una de las vías
menores para que siga conduciéndola, pero Pancho
Valverde es uno de los mejores maquinistas del sistema,
y ahora cuando ya blanquean sus sienes y se
ha arrugado su rostro, que en realidad siempre pareció
un patio de arribo, la empresa le quita su máquina
para darle una diesel, lamisma que acaban de
comprar en los Estados Unidos. En vez de enorgullecerse,
PanchoValverde desconfía.A la Prieta la cameló
¡ah que mi Prieta!, porque siempre fue
quisquillosa y había que agarrarle el modo, la
adornó, le puso su silbato de bronce, élmismo escogió
el sonido grave: “Déme un silbato pero que
suene bien bonito para mi Prieta, porque tengo una
Prieta muy tres piedras”. El día en que le tocaba
hacer el recorrido llegaba con la aceitera, el cojín
43
para evitarle lo caliente al asiento cuando la máquina
queda del lado del sol, el suéter grueso para en
la noche, la valijita, el espejo de mano, la linterna.
Los otros rieleros reían:
—Allí viene Pancho con su ajuar de novia para su
primera noche.
En verdad, todos los recorridos son la primera
noche, la de bodas. Pancho se instala en el asiento,
agarra la palanca y al hacerlo la acaricia mientras le
transmite una orden. Cuando la máquina suelta el
vapor con un ruido de agua que sale a gran presión,
Pancho también se relaja, y se tensa como cable al
meter los frenos, al comprobar que en la pendiente
las cejas responden y frenan también, todas ellas
concentradas en retener los furgones. Es bonito oír
el ruido del choque de las máquinas al engancharse
¡le es tan familiar como el cierre de una puerta ¡Ya
fuera de la estación, Pancho abre todo el regulador y
le habla a su montura, a su yegua de hierro, su animal
de fuego ancho y poderoso; la halaga con la
mano, la reconoce:“Ya, ya Prietita, tranquila Prieta,
quietecita, quietecita, ¡calmada la muchacha!”Camilo
y Sixto o Cupertino o Juan el ayudante de maquinista
en turno están tan acostumbrados a la voz
de Pancho que ya ni lo escuchan.Más bien los adormece
y la pasanmondo lirondo porque a Pancho no
le gusta compartir a la Prieta. La lleva sobre la vía
casi como si la bailara, la mano en su cintura, las
yemas de los dedos en sus costillas, ambos ondean,
a la derecha, a la izquierda, pasito tun tun como el
del que corre por los surcos, en las tierras ocres, las
tierras cafés, las tierras profundamente negras que
surgen de un lecho pantanoso y se acercan a la vía
sin respetar los quince metros de cada lado: el dere-
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cho de vía. La tierra rueda bajando de la montaña
para venir a acurrucarse aquí en la vía y penetrar
entre los durmientes. Empuja las piedras del balasto,
se mete en todas partes, burlándose,marrullera, del
tren que corre por la ancha vía pita y pita y caminando.
Antes del mediodía, el sol empieza a calentar,
se azota en la lámina, arremete en contra de la
chimenea, se estrella contra el vidrio irisándolo, calor
contra calor, combustible contra combustible. Pancho
se acomoda el cojín bajo las nalgas; hasta la
aceitera hierve, hilos de sudor grasiento escurren de
la gorra ferrocarrilera de Camilo el ayudante, quien
duerme asándose en su propio jugo, la boca abierta
como la chimenea del tren, un horno de vapor que
también se pierde en el aire.A partir de las doce del
día, los pueblos rumbo aVeracruz ya no son pueblos
sino rincones del infierno. Al detenerse en las estaciones
Pancho ve los atajos de burros, las mesas en
el exterior y la longaniza ennegrecida por las moscas,
la manteca bajo la mesa derritiéndose y la viejecita
que se protege del calor tapando su cabeza y
abanicándose con las puntas del rebozo como si eso
pudiera servir de algo. Los que se acercan al tren lo
miran en silencio; sólo gritan las vendedoras que en
los últimos vagones ofrecen sus tortas de queso de
puerco, sus muéganos, sus charamuscas, su agua
fresca que ya el sol ha entibiado. Dentro de poco
arrancarán de subida:“Anda Prieta, dale duro, no te
me rajes que es el último jalón”. Cerca de la máquina,
un pasajero de traje ajado le dice a otro acabadito
de despertar:
—Esto ni se siente que camine.
—Es que no camina, va a vuelta de rueda.
Pancho está por responderle al catrín ése; por un
momento piensa en tocar el silbido de alarma sólo
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para darle un buen susto pero la disciplina se impone.
Él sabe correr su máquina para que le rinda el
vapor y el agua; es un buen maquinista y así lo han
clasificado por dos razones: una, su buen manejo,
otra porque sabe dosificar el combustible y sacarle
el mayor provecho. Lo que digan los pasajeros le
tienemuy sin cuidado, ellos no están al tanto de que
la Prieta tienemás de veinte años y que es una de las
máquinas mejor cuidadas de Ferrocarriles. No en
balde, en su día de descanso, don Panchito, como lo
llaman los ferrocarrileros más jóvenes, la acompaña
al taller para supervisar sus cuidados.
Los mecánicos la conocen y ponen especial esmero
en examinar todas las partes de la Prieta. El
mismo Pancho la pinta, la recorre de cabo a rabo,
que no se maltrate, que no se enmohezca, que ningún
gozne permanezca olvidado, que cada una de
sus piezas esté aceitada. Cuando un muchachito
entró de ayudante, de chícharo, exclamó al ver los
montones de grasa negra:“¡Qué trabajo tan puerco!”
Pancho le respondió:“¡Sácate de aquí, roto, hijo de la
chingada!”y no lo bajó de maricón. Los demás rieleros
le hicieron eco, entre risas, burlas y otras mentadas
de madre; ellos mismos tienen grasa hasta el
cogote, una grasa pesada, negra, visceral, porque con
esa van cubriendo todo el interior de la máquina,
frotándola, acomodándola en los menores intersticios,
dispuestos a chirriar ríspidamente, redondeando
los ángulos con una capa mullida, gruesa;
forrando los intestinos de la locomotora con este
nuevo líquido amniótico que la suaviza y la vuelve
dócil. La grasa nunca se ha visto como cosa sucia en
el taller, al contrario, es una bendición, y sin embargo
ahora el superintendente Alejandro Díaz se
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pone a explicarle como si no hubiera sido nunca ferrocarrilero.
—Con lamáquina diesel el trabajo esmás limpio,
más técnico, ya no te vas a ensuciar, además te vas
ahorrar quién sabe cuántas jornadas de andar furgoniándole
a lamáquina, lubricándole hasta el alma.
Pancho lomira sin comprenderlo. Para él lubricar
manualmente las chumaceras, sacarlas de sus ejes,
frotarlas una y otra vez para volver a acomodarlas es
un gusto, una necesidad física.
—Vas a ver cómo al rato te hallas, Pancho; todo es
cuestión de costumbre.
Pancho menea la cabeza. Habemos unas que no
a todo nos acostumbramos.
—Vas a ver que te sientes bien.Mañana vamos a
correr la máquina aVeracruz. Tú te la vas a llevar…
Llevas cemento.
—¿AVeracruz?
Con esta nueva locomotora anaranjada y tiesa,
Pancho no habla. En las estaciones nada ha cambiado;
son las mismas bancas piojosas y desvencijadas,
los mismos puestos de cecina que se tuesta, las
mismasmesas cojas, losmismos enjambres demoscas,
losmismos burros de lomos cubiertos de cicatrices.
Sin embargo, como que Pancho en su cabina de
controles está más alto, menos a la mano. No alcanza
a oír lo que dicen los pasajeros de trajes arrugados
por una noche de viaje ni le llegan los gritos
de los viandantes que izan sus canastas de ventanilla
en ventanilla. En la noche tampoco subió el calor, no
necesitó el cojín ni la aceitera y tampoco le chorrearon
hilos de sudor negro al segundo maquinista
quien durmió muy tranquilo, acostumbrado a las
maneras de Pancho. Y sin embargo, Pancho, inquieto,
lo despertó en varias ocasiones: “Órale que
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yo a ésta no le sé el modo”. Con ésta habrá que
botar el ajuar de novia, nada de eso es necesario, ni
siquiera la valijita porque allí esquinado se abre un
locker para colgar la chamarra, se puede regular el
aire acondicionado así que ni suéter ni espejo porque
toda la carlinga está cubierta de espejos retrovisores.
Pancho guarda silencio desconfiado y sin
embargo la diesel es tan poderosa, tan noble en las
subidas, de tan buena alzada, que al día siguiente se
pone contento ante la idea de acompañarla al taller
para su revisión después del viaje:“Así me voy familiarizando
con ella”, como un nuevo amor de tres
mil caballos al que uno le va agarrando admiración,
luego cariño y después eso que hace olvidar lo de
antes, las Prietas, las Teresas. Quién sabe si así sea,
pero puede…
A la mañana siguiente, antes de entrar al taller,
el jefe de patio le dice:
—Ya la máquina está llamada.
—Muy bien, la voy a acompañar.
—No. Ahora viene un maquinista por ella.
—¿Cómo?
—Sí, tú aquí la dejas y otro operador se la lleva.
—Pero es que yo quiero ver qué le hacen para el
próximo viaje.
—En la próxima corrida no te va a tocar esta 5409
sino otra.
—¿Cómo que otra?
Sí, cualquiera de las ochomáquinas diesel que se
compraron en Estados Unidos. Así es el nuevo reglamento.
Tú aquí la dejas y en el taller se encargan
de ella. Esta máquina saldrá con otro. Ahora así es,
como en la industria automovilística; las máquinas
se someten a un proceso en el que intervienen muchos.
Se trata de agilizar el servicio.
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Pancho se hunde la gorra ferrocarrilera sobre los
ojos. ¡Hasta eso le están quitando! Mirar, sentir
cómo la máquina se hace a uno, cómo se va aprendiendo
de memoria el camino, cómo habla a su
modo para pedir lo que le falta. ¡Hasta eso!Ver cómo
las manos van dejando sus huellas en la palanca, en
el regulador, oír cómo el ruido de la respiración va
contagiando día a día las láminas hasta transmitirles
el calor de uno. ¡Hasta eso, carajo!
—Son las técnicasmodernas; así lo han planeado
los ingenieros para ganar tiempo.
A laTeresa también le complacía que él fuera acariciándola
poco a poco, suavizándola, tallándole,
metiéndole la mano en los menores intersticios
hasta sacarle su aceitito, sus juguitos blandos. Entonces
laTeresa se abría, las gruesas piernas bien separadas,
olvidada de todo, y ondulaba bajo su
abrazo, sus grandes pechos erectos apuntando hacia
él, su sexo encarrujado, líquido, fruta demar, deshecho
entre sus manos, batido en espuma, a punto de
venirse. A él le gustaba esperar hasta el último momento
para verla bien, escuchar todos sus ritmos
cambiantes, mirar su boca de caldera abierta, ensalivada,
sus párpados caídos, susmanos sueltas sobre
la sábana, entregadas las palmas hacia arriba, los
dedos tan abiertos como sus muslos aceitados que
se levantaban hacia él buscando su mano.Así la lubricaba
con su propio flujo, sus propios humores,
hasta volverla dócil, hasta tener la mano empapada
y el brazo también mojado bajo su cuello, mientras
la cabeza se bamboleaba a la derecha, a la izquierda,
y las espesas nalgas sudadas también iban y venían
en un oleaje que llenaba la cama de agua. Sólo
cuando el grueso vientre era sacudido por espasmos,
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sólo cuando empezaba el zureo de paloma, sólo entonces
Pancho penetraba a la Teresa, vente chiquita,
vente y no estaba dentro de ella cinco minutos
cuando ya la mujer se había venido en una avalancha
de estertores, de sollozos, arqueándose una y
otra vez hasta quedar colmada.
Pancho acechaba en ella el rostro de satisfacción
que nunca le había visto sino en el momento del
amor y por eso no dejaba demirarla con los ojos fijos
hasta que veía aflojarse todos los rasgos de su cara,
su boca chupetear como recién nacido, succionar
para después dejarse ir derramada en todas sus facciones.
¡Qué gloria entonces para él ver a esta gorda
jadeante, los ojos en blanco, impúdicamente suelta,
el monte abultado y ancho, ahora quieto, el estómago
enorme, esta mujer que había gorjeado ciega,
ciega, y que poco a poco volvía a la vida, ya sin
fuerza, habiendo dado uno a uno todos sus frutos!A
la hora, Teresa salía de la cama, y así, sin más, sin
pasar siquiera al baño, se iba a la cocina a encender
la lumbre. Comían para poder regresar luego a la
cama llena de murmullos líquidos y él la montaba
con prisa porque tenía que irse al trabajo y ella se
ofrendaba otra vezmaciza, entera, seca, buenota, qué
buenamujer laTeresa, qué buena, se resarcía pronto,
y él se lanzaba de nuevo, su mano tentoneaba, buscaba
reconociéndola hasta aguardarla con sus caricias.
¿Aquí? ¿Más abajo? Dímelo chiquita, ¿aquí?
—Quiero mi traslado a Apizaco.
—No seas pendejo, ¿cómo te vas a salir? Pancho,
no vas a perder tu antigüedad, así nomás porque sí.
El gringo se enoja. Le dicen el Gringo por los ojos
claros pero es de la sierra de Puebla.
—Voy a hablar con el superintendente de Fuerza
Motriz.
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El Gringo es un hombre bien fogueado, empezó
a trabajar en Ferrocarriles como peón de vía; luego
lo ascendieron de limpiador a fogonero. Tan rápido
fue su escalafón que los otros se enojaron:“¡Ahora
nomás falta que lasmoscas sean conductores!”, pero
el Gringo había sido pasacarbón y también garrotero.
Hizo la carrera completa: garrotero de patio,
mayordomo, jefe de patio, ayudante del jefe de patio
general y allí se le acabó el terraplén porque el siguiente
paso o sea el de jefe de patio general, el que
manda en la Terminal, es de confianza y prefirió,
como Luciano Cedillo Vázquez, quedarse de este
lado de la cortina…de billetes. Se las sabía de todas,
todas.Hacía escasos cuatromeses había pedido que
les dieran la reglamentación de la fuerza diesel, porque
las locomotorasmuchomás potentes que las de
vapor salían con cuarenta y hasta cincuenta carros y
utilizaban elmismo personal ymuchos rieleros quedaron
entonces sin trabajo. El Gringo luchó porque
también los auxiliares de locomotora tuvieran contrato
pero perdió. Lo que nunca perdía, incluso en
el bote, era la esperanza.
—Tú puedes sacarle 30 mil pesos a la empresa
cuando te jubiles.
—No mames, ¿qué te pasa? ¿Cuántos jubilados
conoces que no se estén muriendo de hambre?
El Gringo golpea su vaso contra la mesa.
—Puedes sacarle hasta 40 mil.
Si no fuera el Gringo, Pancho lo largaría, pero se
trata de un viejo preparado. El Chufas yamedio trole
ríe quedito. El Gringo vuelve a golpear su vaso y le
grita al de la cantina:“¿Qué pasa con las otras? ¡Te
vamos a acusar de tortuguismo!”El cantinero malhumoriento
al ver el vaso en el aire está por responder:“
Si lo rompes lo pagas”pero se arrepiente.
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—A mí me quitaron a mi negra consentida —se
acercaVenancio— y no por eso le he hecho el feo a
las nuevas.
—Sácate de aquí.
A Pancho le gusta el sabor de la primera cerveza
cuando pasa un tantito agria, un tantito rasposa por
su garganta. El Chufas con el dorso de la mano limpia
sus bigotes de espuma. Sólo el Gringo se la empina
de un jalón y pa’ luego es tarde, pide las otras
que corren por su cuenta; de suerte que los cuates
no han terminado cuando ya están frente a ellos las
nuevas botellas.
—Por esas sierras, la vía es pura brecha.
—Por esas partes, los recorridos —insiste el
Chufas— no se cuentan por horas sino por días.
—¿Y a mí qué?
—Esa ya no es máquina —vuelve a la carga Venancio—
ésa es un huacal pollero.
—Lárgate—grita de nuevo Pancho.
Y esta vezVenancio se levanta, al cabo ya terminó
su cheve.
—Lárgate tú con tu máquina.
Caritino se sienta en el lugar que dejó libre Venancio,
pide su cerbatana, echa su silla para atrás y
se tapa la cara con la gorra. Siempre hace eso.“Yo
vengo a descansar”, aclara. Sólo se despereza a la
hora de los trancazos porque eso sí le gusta entrarle.
En el ambiente cálido de la cantina, Pancho echa
a rodar sus recuerdos ymás ahora que está amedios
chiles. Cuenta de la Hermandad de Caldereros, de
la Fraternidad de Trenistas, de la lucha de 1946 que
resultó sangrienta, del mayordomo Reza que cayó
herido de muerte por un tiro en el cuello, en la mismita
estación de Ferrocarriles, de sus compañeros
52
patieros; habla de las huelgas pasadas y siempre
perdidas, del Comité de Vigilancia que alguna vez
encabezó, y finalmente, ya en las últimas, de lo bonito
que es asomarse a la ventanilla de la Prieta para
sentir las bocanadas de aire.Y en voz baja, avisa:
—Mañana me largo a Apizaco.
El Gringo interviene:
—Ni que te fuéramos a dejar.
Caritino se descubre el rostro, su gorra ferrocarrilera
echada para atrás y toma un largo, un lento
trago de cerveza.
—Yo que él también me largaba.
—Ustedes están en contra del progreso.
—Qué progreso ni qué ojo de hacha.
Al día siguiente Pancho no vino a trabajar. Los
rieleros pensaron que se había ido a Apizaco, que
dentro de algunos días sabrían de él; el superintendente
Alejandro Díaz le pidió personalmente al telegrafista
que le avisaran en cuanto lo vieran, aunque
en la sierra los telegrafistas tienen la maldita costumbre,
sobre todo en las estaciones perdidas, de
aislar los aparatos y dejar de transmitir las órdenes.
De allí tantos rielazos. A los pocos días, Alejandro
Díaz supo que tampoco la Prieta estaba en el andén
de la estación ferroviaria de Apizaco. Como era una
máquina vieja, no la reportó de inmediato, la empresa
no haría mucho escándalo y se ganaban unos
cuantos días para proteger a Pancho, localizarlos,
mandarle decir que se dejara de pendejadas.“En esa
cafetera no va a aguantar y si aguanta, que no crea
que vamos a dejar de arrestarlo”.“¿Cuál arrestarlo?
Ésa es una desgraciada carcacha que se le va a chorrear
en la primera bajada. ¿No le has visto las
cejas?”. En la cantina volaban las conjeturas:“¡Pobre
53
Pancho. Así suele sucederles a los viejos rieleros, se
les bota la chaveta”.“¡Si Pancho sigue agarrado de
su palanca, se va a matar!”Ferrocarriles empezó a
enviar despachos para que en la primera estación en
la que se detuviera le avisaran a Pancho que estaba
bajo arresto, que ponía en peligro la vida de otros
que recorrían como él los tramos menores, pero ni
un telegrafista reportó jamás el arribo de la Prieta.
En Buenavista, sólo el Gringo pretendió organizar
cuadrillas para recorrer la vía deApizaco a Huauchinango;
incluso se fue en cabús pero no vio máquina
alguna; ninguna locomotora de esas señas había
cargado combustible, ningún maquinista de pelo
blanco había bajado a proveerse de bastimento. O
lo estaban protegiendo o se lo había llevado la
madre de todos los diablos. En Ferrocarriles dedujeron:“
Se ha de haber desbarrancado en la primera
corrida y ni sus luces”.Ha de estar en lo más hondo
del resumidero.“¡Pero no puede perderse una máquina
con un hombre así como así!”“¡Más se perdió
en Roma y ni quién se acuerde!”Lo curioso es que
en muchos tramos había murciélagos carbonizados
en la vía y en el balasto como si de veras un tren hubiera
pasado y ellos, los ojones, se hubieran estrellado
contra su gran faro. Sin embargo, ninguna
estación reportó máquina alguna; nada, ningún sonido
en los rieles. Después de unos meses, los despachadores
no recibieron entre sus órdenes la clave
de la Prieta; sus señales, tamaño y abolladuras para
poder reconocerla.Y los que la reconocieron, si es
que llegaron a verla, se hicieron ojo de hormiga porque
nadie mandó el parte a Buenavista.
De Apizaco a Huauchinango y también entre las
poblaciones que se adentran en la sierra, por el
54
rumbo de Teziutlán se esparce el rumor de una máquina
loca que hace corridas fantasmas y en la
noche se escucha cómo elmaquinista abre la válvula
de vapor y la montaña resuena entonces con un lamento
largo, como el grito de un animal herido, un
grito hondo y dolido que parte la sierra de Puebla
en dos.Nadie la ha visto (aunque todos los hombres
delmundo se han ido un poco con el tren que pasa),
pero una vez, un despachador que se iniciaba en una
estación perdida de la Huasteca, de esas donde no
cae un alma viviente y en las que suelen mandar a
entrenarse, en medio de los abismos oscuros, a los
nuevos para que se despabilen, envió un telegrama
que leyeron en Buenavista:“Métase mi Prieta, entre
el durmiente y el silbatazo”. El Gringo que andaba
en“la chancla”de la estación se enteró y fue el único
en sonreír. Pero como ya no le gustaba platicar no
dio explicación alguna. Tampoco la dio a Alejandro
Díaz, empleado de confianza. 
                                                            
                                                                         FIN




El Inventario

—Esta mesa es Chippendale.
—¡A ver, muchachos, al camión!
Vocea: “¡Una mesa con las patas flojas, una!”
—Un cuadro de la escuela de Greuze.
—¡Una tela grande rayada, una!
—Una consola Louis Philippe.
—Oiga, yo creo que estos muebles son del tiempo
de don Porfirio, porque mire nomás el polillero.
—Dos vitrinas de Wedgewood.
—¿Cómo dice usted?
—Wedgewood…Voy a deletreárselo.
—¡Salen dos vitrinas! ¡Mira ésta no cierra…!
¡Dos sillones con la tapicería percudida, dos!
—No está percudida, así es, estilo Regency.
—Es que nosotros tenemos la obligación de
poner cómo están, si no luego nos reclaman. Y todas
esas mesitas redondas, ¿también nos las llevamos?
—Sí, también son para la bodega.
—Y si no es indiscreción, ¿por qué mejor no las
vende?
—Son de mis tías, son de mi familia, cosas de familia.
¿Cómo las voy a vender? Nosotros no vendemos,
mandamos restaurar.
—Pues también se le van a apolillar. Mire este
cajón, ¡ya está todo agujereado! Y está chistoso el cajoncito.
Mire nomás cuánto tiempo gastaban los antiguos
en estas ocurrencias… Todo de puros
cachitos.
—Una mañana subió Ausencia. Se arrodilló junto
a la cama, a la altura de mi cabeza sobre la almohada
y desperté con el rostro de la cocinera esperándome,
ese rostro gris, viejo, grueso.
—¡Ya me voy señorita!
—¿Qué te pasa Ausencia?
—Es que me voy antes de que se me haga tarde.
—No entiendo.
—¿No quiere usted revisar lo que me llevo? Allá
abajo está la camioneta.
—Por Dios, Ausencia, ¿qué haces?
—Es que las cosas ya no son como antes… Me
llevo el ajuarcito de bejuco. Ése me lo regaló su
abuelita.
(En la calle estaba la camioneta muy pequeña
con todos los pobres muebles apilados, patas para
arriba. Allí amarraron al perro.)
En el principio fueron los muebles. Siempre hubo
muebles.
—Oye ¿a quién le tocó el esquinero de marquetería
poblana?
—A tía Pilar, pero en compensación le daremos a
Inés las dos sillas de pera y manzana.
Era bueno hablar de los muebles; parecían confesionarios
en donde nos vaciábamos de piedritas el
alma. Hablar de ellos era ya poseerlos. En el fondo
de cada uno de nosotros había una taza rencorosa,
un plato codiciado de Meissen, un pastorcito de Niderwiller
“que yo quería y estaba en otro lote”. A
pesar de que todos éramos herederos, y herederos
de a poquito, a pesar de que nos espiábamos con envidia,
el aire estaba lleno de residuos que nos unían
y había la posibilidad de que el día menos pensado
nos dijéramos: “Oye, el arbolito chino ¿no me lo
cambiarías por aquella bicoca de Chelsea que tanto
me gusta?...Vale más el arbolito, sales ganando…”
—Una luna sin espejo
—¿Cómo que sin espejo?
—Es que está empañado.
—Así son esas lunas venecianas. No son para
verse. Son de adorno. Son para borrar los recuerdos.
—Como usted mande. ¡Sale una luna rajada,
marco dorado, una!
(Me están despojando de algo. Toda mi vida he
estado prendida en estos muebles. ¡Cómo me
miran! Invadieron mi alma como antes invadieron
la de mi abuela y la de mis tías, la de mis siete tías infinitamente
distraídas y desplazadas, siempre extranjeras,
siempre en las lunas del espejo; y la de mis
nueve primas a la deriva…Se están llevando la primera
capa de mi piel, caen las escamas.)

—Por favor, pongan más cuidado…
—Es que el mal ya está en los muebles, señorita,
ya no sanan. No es cosa nuestra. Mire, no podemos
ni tocarlos. Parecen momias y se nos desbaratan en
las manos. ¿Cómo le hacemos, pues?
Ausencia con su suéter y su chal cruzado sobre
los hombros, su chal para taparla del frío de todos
estos años no vividos, el frío de toda esa vida con
nosotros, la nariz amoratada en la mañana fría, las
mejillas azules por ese vello negro, monjil como el
plumón de los pollitos, Ausencia con su boca muy
cerca:
—Me voy para San Martín Texmelucan. Me llevo
a la Dickie, a la Blanquita, al Rigoletto, al Chocolate
y, a mi ajuarcito de bejuco….
Allí está Ausencia implacable, tan implacable
como los muebles.
—Qué quiere usted, así es la vida, las cosas se van
deteriorando; también con los años se va agrietando
el carácter. Véalo todo bien para que luego no diga…
A esa silla le clavaron el brazo; mire qué clavote tan
burdo. Se la fastidiaron de plano. Bueno, no es silla,
es como sillón ¿verdad? Más bien parece mecedora,
¿o será un banquito al que le añadieron el respaldo?
Pero le rompieron el brazo y allí mal que bien se lo
pegaron con resistol. ¿Qué no se dio cuenta? ¿O es
que usted no está al pendiente? Se la voy a embodegar
pero fíjese bien que todo está chimuelo, todo
cojo todo medio dado al cuas.
Ausencia, plomiza, secreta, arrodillada. Otro
mueble viejo que sacamos a empujones.
—Levántate Ausencia, por favor. ¡No te hinques,
Dios mío! (Lo ha hecho a propósito. Esto parece telenovela
con lanzamiento.“¡Por favor no me saquen
de aquí!”Pero ella se va porque ya acabó de estar. Se
me hinca encima para que yo sienta toda la vida el
peso de sus rodillas de mujer que trapea el piso.
Vamos a llorar. Pero no, ella nunca llora. Al contrario,
cuando mi abuelita estaba para morir, subió a
verla una sola vez, plañidera muda, con todo el pelo
gris destrenzado sobre los hombros, porque le dijeron
que ya no había tiempo, que la señora la mandaba
llamar.)
—Ausencia, le encargo a mis perros, a la Violeta,
a la Blanquita, al Seco, a todos mis buenos perros
callejeros, a todos mis pobres animalitos. ¡Que no se
vayan a meter a la basura! ¡Que no les vuelva a dar
roña!
Ausencia asintió con su nariz esponjosa de poros
muy abiertos, con las puntas de sus pies vueltas
hacia dentro y su viejo pelo canoso cayéndole como
cortina sobre la cara y los hombros. No lloró, al
menos no hizo aspavientos como las otras. Maximina
se tiró en la escalera y se acostó a lo largo de
seis peldaños. Moqueaba, sorbía sus lágrimas, volvía
a moquear, empapaba la alfombra con lágrimas que
le salían de todas partes, de quién sabe dónde. Impedía
el paso.Ninguno podía subir a ver a mi abuelita
a su recámara, a ver lo bella que había quedado
acostada sobre su blanca cama. La tía Veronique no
quiso que la metieran en la caja y la velamos en su
cama toda una noche y media mañana. Hasta abrimos
las cortinas en la madrugada porque a ella le
gusta ver el sabino. Ella sonreía, sus hermosas
manos cruzadas sobre el camisón bordado y amplio
que había sido de su madre; los que entraban a verla
hacían el mismo comentario:“Parece que está dormida.
¡Qué tranquilidad! ¡Qué paz!”Yo le hablaba
bajito:“Abuelita: ¿corremos a esta visita que no te
cae bien? Es la que te copió tu par de silloncitos Directorio
¿te acuerdas? Tomó las medidas mientras le
servías el té y el pastel de mil hojas. Ni te diste
cuenta…Después te dio mucho coraje ver los sillones
en su casa igualitos a los tuyos. Lo contaste durante
más de una semana. ¿La corro abuelita? Trae
su cinta metro…” Maximina se pasó toda la noche
en la escalera zangoloteándose porque Ausencia le
había ordenado:“Hágase a un lado, mujer. Hágase a
un lado que todo esto no es para usted”.
Cuando el censo le preguntaron a Ausencia:
—¿Casada señora?
—¡No he conocido hombre!
Y no quiso contestar ya nada, como la virgen.
Cueva cerrada. Hubo que inventarlo todo, hasta el
nombre de sus padres.
—Abuelita, contéstame, todo ha quedado igual
como tú lo querías. Todo está en su lugar y nosotros
posamos como en una fotografía antigua. Tus retratos
amarillentos de Wagner y de Goethe se encuentran
en el librero de siempre. No falta una sola pieza
en los inventarios; ni una cucharita de sal. Los libros
tienen tus flores prendidas; edelweis de los Alpes,
creo. Y hay lavanda entre las sábanas. A cada uno
nos tocaron dos pares, bordadas a mano, con encajes.
Pero como sonmuy antiguas y no resisten las lavadas,
sólo las ponemos cuando nacen niños,
nuestros hijos. Sólo entonces… Miento abuelita,
miento. Las cosas no siguen igual, Ausencia se
fue…Y yo también me estoy yendo, no sé a dónde,
quizá a la tiznada.
Siempre se habló de los muebles. Eran una constante,
lo son aún, de nuestra conversación, volvían
como la marea a humedecernos los ojos. Todos discurrían
acerca de ellos con ahínco, muebles cuello
 de cisne, teteras de plata firmadas por el orfebre escocés William Aytoun,
encajes de Brujas para brujas
desencajadas, encaje de a medio metro,“es bonito el
encaje pero no tan ancho” reía Maximina, porcelanas
de Sajonia y deWorcester, estatuillas de Bow análogas
a las que pueden verse en el “Victoria and Albert
Museum”, relojes de Audemars Piguet, grabados de
rosas de Redouté, y cuadros, cuadros, cuadros, entre
más negros y menos se veían decían que eran mejores.
Sucios parecían de Rembrant, túneles de sombra,
etapas superpuestas de oscuridad. Si los
hubiéramos limpiado, en ese momento, aparecería
la firma de la más tenebrosa escuela holandesa del
señor Van Gouda, el de los quesos. Repasábamos los
muebles una vez al día. Nos hacíamos recomendaciones.“
Cierra bien las persianas. Que no les dé el
sol. La penumbra con estas caras de conspiradores,
de ronda nocturna, de callejón del crimen… Quítales
el polvo con el plumero, nada más con el plumero
¿entiendes? Hasta una franela resulta
demasiado tosca. Podría herirlos.“Hablábamos de
los muebles y, hay que reconocerlo, también de la
salud, bastidor de nuestras entretelas: “Estás ojerosa…
Pareces un Greco. ¿Cómo amaneciste? Te veo
mala cara. Estás pálida, chiquita, como una menina
verdaderamente descongraciada. Podrías volver a
acostarte; nada pierdes con pasarte el día en la
cama…¿En qué estás pensando? Siempre pones esa
cara de distracción cuando te estoy hablando. ¡No te
mezas en la silla! La vas a romper. ¿O de veras
quieres romperla? Tal parece que sí. Los jóvenes de
ahora son tan irrespetuosos. Son unos vándalos.”
Dos sillas, una frente a otra, eran mis preferidas
por su alto respaldo. Me volteaba hacia el bastidor;
hacia el tejido de paja y espiaba a través de los agu-
jeritos. El cuarto se veía entonces fragmentado, hexágonos
de panal que podía mover a mi antojo. Los
hacía danzar y todo lo descomponía; la cara de mi
abuelita, la consola; nada tenía dueño, nada era de
nadie; todo era mil pedacitos; astillas de muebles, astillas
de luz, astillas de abuelita; astillas de piel blanca.
Las cosas perdían peso; no tenían depositario.
—Detrás de este enrejado se ven puros cristales
rotos… Por la ventana entran unas estrellas que se
equivocaron de puerta… Me gusta que todo se divida
en dos; que haya dos de cada uno, abuelita, que
nada sea único e irremplazable.
La detentadora de los inventarios era la tía Veronique.
Los revisaba con su lápiz en la mano, corrigiendo
las faltas de ortografía, poniendo crucecitas,
tachando y añadiendo, reconstruyendo en la memoria
viejos muebles inexistentes. “¿Te acuerdas de
aquel biombo de dieciocho hojas de la época de
Kien-Long” De su boca surgían las palabras como
un collar de perlas amarillas, que se desparramaban
y se iban rodando por todos los rincones y que nosotros
recogíamos con prontitud y reverencia para
que las criadas no fueran a barrerlas por la mañana.
Ella bautizó los muebles, ella los repartió, buena conocedora
podía distinguirlos, estilo por estilo y
época por época.“Esta polilla es del siglo XVII, Renacimiento
en plena decadencia.” Con las palabras
ganó; las domó; sabía ordenarlas, siempre supo ensartarlas
en el hilo lógico e irrompible. Todos callaban
cuando ella hablaba; sus veredictos eran
inapelables. La tía Veronique expresaba tan bien sus
exigencias, su dominio era tan evidente, que le conferíamos
todos los derechos.
—Sabe usted, todo entra en descomposición,
aunque el proceso sea lento y apenas perceptible.
Estos muebles debió usted lubricarlos; sus cuadros,
también, con aceite Singer, sí, sí, el de las máquinas
de coser. Con eso no se oscurecen. Claro, algunas
amas de casa prefieren limpiarlos con una papa partida
por la mitad y luego, luego la papa se ennegrece
de la pura mugre… Después se fríen a la hora de
comer y quedan muy ricas, ¡papas a la francesa! Hay
que tallar toda la tela hasta el más recóndito rincón.
Entonces surgen detalles que hacen batir palmas. ¿O
es que a usted no le gustan las antigüedades?
Cuando se cuidan las cosas el tiempo no transcurre,
sabe usted. Su abuelita, la señora grande, su tía, ¡ah!,
cómo cuidaban sus cosas. ¡Cómo venían a verme
apenas había alguna congoja en un mueble, apenas
se despostillaba alguna de sus pertenencias!“Maestro,
usted que es un experto…”Ah, cómo amaban
los muebles; a usted ¿no le gustan los muebles?
Y el restaurador se ponía y se quitaba un monóculo
invisible.
—Sí. Pero nos han durado mucho tiempo. Tres
generaciones. Aquí todo dura demasiado. Además,
no puedo estar encerrada con ellos toda la vida.
—Y eso qué tiene. Una cosa es la vida, otra son
los muebles…
—Es que yo no puedo con tantos cachivaches…
En esta casa no pasa nada, nada, ni siquiera un ratón
del comedor a la cocina.
—¡Uy, yo en su lugar qué más quisiera que estar
aquí viendo estas piezas de época! ¿Qué va usted a
hacer afuera? Lo único que va a sacar es que algún
día le den un mal golpe. Y entonces verá el consuelo
que le proporcionan estas sillas, esta cómoda aunque
no tenga jaladeras. Hacen mucha compañía.
Además si tanto le gusta salir ¿por qué no cabalga
en el brazo de este sillón? ¿Acaso no sabe usted que
uno siempre regresa a lo mismo, a lo de antes? ¿No
sabe que uno siempre llama a su mamá a la hora de
la muerte? ¿No sabe usted que los círculos se cierran
en el punto mismo en el que se iniciaron? Se da toda
la vuelta y se regresa al punto de partida. Ojala y
siempre pueda encontrar a su regreso esta preciosa
mesita, junto a su cama con una taza de infusión
tiempo perdido…
Y el anticuario restaurador se puso por última vez
su monóculo y se me quedó viendo con la ceja levantada
para siempre, como un inmortal, un fatal
agorero.
Cuando acompañé a la tía Veronique a ver al
señor Pinto en su taller oloroso a aguarrás, a todas
las maderas, a todos los bosques del mundo, uní por
primera vez los muebles con los árboles. El señor
Pinto, en su banquito, con sus lentes de arillo redondo,
la vista baja, parecía envuelto en esa emanación
de olores y su cara y sus manos tenían la textura
de sus tablones. Pero él no se daba cuenta. En cambio
la tía Veronique dejaba de dar órdenes, hasta creo
que olvidaba a lo que había ido. Husmeaba agitada
y se escondía tras el rumor del serrucho. Recorría las
esquinas de una mesa despacio, despacito, metía sus
dedos muy finos en algún intersticio y abandonaba
uno de ellos allí con indefinible placer. El dedo y la
hendidura se correspondían suavemente, se sumergían
el uno en el otro, y sin saber cómo ni por qué,
la tía me comunicaba su propia excitación. Percibía
por vez primera algo desconocido y misterioso. La
tía Veronique respiraba fuerte como si su cuerpo rozara
algo vivo y demandante, algo que nunca se iba
a consumir y que subía con ella a medida que su res-
piración se hacía más anhelante. Entonces daba indicaciones
con una morbidez vaga, con los ojos saciados
y de ella salía no sé qué, algo que no eran sus
palabras habituales, delatada por sus labios hinchados.
Entonces me di cuenta de que los muebles están
hechos para recibir nuestros cuerpos o para que los
toquemos amorosamente. No en balde tenían regazo,
lomos y brazos acojinados para hacer caballito;
no en balde eran tan anchos los respaldos, tan mullidos
los asientos; no eran muebles vírgenes o primerizos,
al contrario, pesaban sobre la conciencia.
Todos estaban cubiertos de miradas, de comisuras
resbaladizas, de resquicios, de costados esculpidos;
había rincones llenos de una luz secreta y una fuerza
animal surgía inconfundible de la madera.
Los muebles eran la materialización de todos sus
recuerdos:“Este taburetito, sabes, lo tuvimos en el
departamento de la Rue de Presbourg…”Yo no quería
concretar sus memorias ni vivir de esas cosas a
las que se aferraban en su naufragio, los muebles,
como tablas de salvación, tablas de perdición. ¡Que
no me llegaran todos sus recuerdos! ¡Que no me pasaran
su costal de palabras muertas, sus actos fallidos,
sus vidas inconclusas, sus jardines sin gente, sus
ansias, sus agujas sin hilo, sus bordados que llevan
de una pieza a otra, sus letanías inhábiles! Que no
me hicieran voltear las hojas de álbumes de fotos ya
viejas, manchadas de humedad, esas fotos café con
leche de sus tíos y sus tías yodados, tránsfugas, también
añorantes, guardados en formol, enfermos de
esperanza, hambrientos de amor, prensados para
siempre con su amor, amor-olor a ácido fénico. ¡Que
no me hicieran entrar al amo ató matarile rile ro de
los que juegan a no irse!
Más tarde a la tía Veronique le dio por examinarme
genealógicamente:
—Oye y ¿cómo se llamaba la mamá de tu bisabuela
rusa?
—No sé, no sé, no sé. Lo único que sé es que
ellos están muertos y yo estoy viva.
Pero volteaba las hojas de los álbumes porque soy
morbosa y me detenía en algún rostro, y a cada hoja
le dejé algo de mi sangre y ahora la tengo espesa,
llena de barnices corrosivos, de pétalos marchitos,
de remotos abolengos, de cristales apagados, de ancestros
que jamás conocí y llevo a todas partes con
tierna cautela a pesar de mí misma.
Una tarde le dije: “tía…”a la hora del té. Una luz
difusa entraba, se derretía blanda por la recámara.
Era una hora propicia. La tía Veronique tenía su mirada
perdida, borrosa, como que regresaba de quién
sabe dónde y su voz era la voz de todos los regresos.
—Tía, me quiero casar.
(Le expliqué, insegura y nerviosa. Nunca he tenido
la certeza de nada.)
—Bueno, tú sabrás. Lo único que puedo decirte es
que ese señor no hace juego con nuestros muebles.
—A esta niña le haría bien un viaje a Europa.
(Mi familia ha resuelto siempre los problemas
con viajes a Europa; conocer otro ambiente, ver otras
caras, cambiar de aire, ir a la montaña para la tuberculosis
del espíritu y de la voluntad, oxigenar el
alma, el aire puro de las alturas.)
—Un viaje a Europa, eso es. Le sentaría…
—No quiero. Europa es como un pullman viejo.
—¿Qué dices?
—Sí, un pullman viejo con sus cortinas polvosas,
sus asientos de peluche color vino, sus cordeles raí-
dos, sus flecos desdentados, sus perillas de bronce,
su deshilacherío. Huele feo.
—Podrías ver el cambio de guardia ante el Palacio
de Buckingham. Podrías entrar a Buckingham, dejarle
una tarjeta con la esquina doblada a la Duquesa
Marina de Kent.
—No quiero ver a esos imbéciles de plomo con
sus borregos en la cabeza rellena de tradición. No
quiero ver viejas pelucas rizadas de viejos jueces, la
cara enharinada sobre la mugre. No quiero ver viejas
señoritas con sombreros atravesados con un alfiler
de oreja a oreja para que no se les vuele. ¡No quiero!
Prefiero África. Mil veces África con sus gorilas evangélicos.
Eso es, irme a evangelizar gorilas.
—¡Déjala! Eso no es ella. En realidad, sus amistades
la han trastornado… ¡Ya se le pasará! ¡Ya no regresará!
Ya decía yo que no debía salir tanto de la casa.
Hoy a las diez de la mañana vinieron por los
muebles. Se estacionaron frente a la puerta dos camiones
de mudanza “Madrigal” con sus colchonetas,
sus cuerdas y sus hombres que se tapan la cabeza
con un costal abierto a la mitad, como árabes sin turbante.
Llegaron tarde. Los mexicanos nunca son
puntuales. Yo no sabía que habíamos acumulado
tanto trique pero fueron necesarios dos camiones.
“Rápido muchachos, hay que aprovechar el tiempo”
y en la puerta se paró el señor Madrigal con su tablero
para apoyar el papel en que iba aumentando la
lista y el lápiz para apuntar que se llevaba a la boca
y se la pintaba de violeta. De pronto sentí que estaba
arriesgando mucho más de lo que había supuesto.
Siempre he tenido miedo a equivocarme. Hubiera
querido que se rompiera la realidad pero la realidad
jamás se rompe. Quise gritar: “¡No, no, deténganse,
no se los lleven! ¡No toquen nada!...” De pronto ya
no eran muebles sino seres cálidos y vivientes y
agradecidos y yo los estaba apuñalando por el respaldo.
Los cargadores los vejaban al empujarlos en
esa forma irreverente. Los habían sorprendido de
pronto en las posturas más infortunadas y dislocadas;
los hacían grotescos, los ofendían, los culimpinaban.
Recordé aquel asilo de ancianos: Tepexpan,
en que se sometía a los inválidos a toda clase de vejaciones
a las que no podían oponerse. Se dejaban.
¿Ya qué más daba? Ya ni vergüenza. No podían ni
con su alma. Allá fue a dar el señor Pinto. A los pies
de su cama de fierro pusieron una palquita: “José
Pinto, Ebanista” y de su cuello colgaba la misma etiqueta.
Nunca agradeció nuestras visitas ni levantó
la vista, sus ojos ya velados. Ahí acabó el pobre. Recuerdo
que a su lado un viejecito se tapaba con las
cobijas todo equivocado y dejaba tristemente al descubierto
sus ijares resecos y enjutos. Una enfermera
me explicó enojada.“Lo hace a propósito. A diario
hace lo mismo. Siempre enseñando su carajadita.
Siempre a propósito”. También ahora los muebles lo
hacían a propósito, para mortificarme, como una
forma de protesta, para pegárseme como lapas,
como se le pegaron a mi abuelita, a mis tías.“¡Tontos!
¡Inútiles! Ya perdieron. No quieran asaltarme.
¡Tontos! ¡Ridículos! Éste es sólo un desfallecimiento
pasajero. ¡No protesten contra lo irreversible! Me
dejé impresionar sólo un momento, siempre he sido
precipitada, nunca prudente. Ahora ustedes se van ¡y
muy bien, idos!”
Los subieron penosamente al camión. Ellos no se
dejaban, todavía se debatieron con sus patas sueltas.
Yo ya no sentí nada. Puse mi nombre con firmeza en
cada uno de los recibos extendidos sobre el tablero.
Después arrancaron como dos paquidermos. ¡Qué
torpes son los camiones de mudanza, Dios mío. En
su interior asomaban los objetos. Les vi la cara, hice
mal (las consecuencias vendrán más tarde), y me
quedé parada en la acera un largo rato, muy largo,

cansada, hueca, completamente vacía.

Elena Poniatowska Amor. Nació en París, Francia, el 19 de mayo de 1932. Es una escritora, activista y periodista mexicana, cuya obra literaria ha sido distinguida con numerosos premios, entre ellos el Cervantes. 

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