sábado, 18 de marzo de 2017

El collar

                         Guy de Maupassant - Francia


Era una de esas lindas y deliciosas criaturas nacidas como por un error del Destino en una  familia de empleados. No tenía dote, ni esperanzas de cambiar de posición; no disponía de ningún medio para ser conocida, comprendida, querida, para encontrar un esposo rico y distinguido; y consintió que la casaran con un modesto empleado del Ministerio de Instrucción Pública.
No pudiendo adornarse, fue sencilla, pero desgraciada, como una mujer obligada por la suerte a vivir en una esfera inferior a la que le corresponde; porque las mujeres no tienen casta ni raza, pues su belleza, su atractivo y su encanto les sirven de ejecutoria y de familia. Su nativa firmeza, su instin­to de elegancia y su flexibilidad de espíritu son para ellas la única jerarquía, que iguala a las hijas del pueblo con las más grandes señoras.
Sufría constantemente, sintiéndose nacida para todas las delicadezas y todos los lujos. Sufría contemplando la pobreza de su hogar, la miseria de las paredes, sus estropeadas sillas, su fea indumentaria. Todas estas cosas, en las cuales ni siquiera habría reparado ninguna otra mujer de su casa, la torturaban y la llenaban de indignación. La vista de la muchacha bretona que les servía de criada despertaba en ella pesares desolados y delirantes ensueños. Pensaba en las antecámaras mudas, guarnecidas de tapices orientales, alumbradas por altas lámparas de bronce y en los dos pulcros lacayos de calzón corto, dormidos en anchos sillones, amodorrados por el intenso calor de la estufa. Pensaba en los grandes salones colgados de sedas antiguas, en los finos muebles repletos de figurillas inestimables y en los saloncillos coquetones, perfumados, dispuestos para hablar cinco horas con los amigos más íntimos, los hombres famosos y agasajados, cuyas atenciones ambicionan todas las mujeres.
Cuando se sentaba, a las hora de comer, delante de la mesa redonda, cubierta por un mantel de tres días, frente a su esposo, que destapaba la sopera, diciendo con aire de satisfacción: "¡Ah! ¡Qué buen caldo! ¡No hay nada para mí tan excelente como esto!", pensaba en las comidas delicadas, en los servicios de plata resplandecientes, en los tapices que pueblan las paredes de personajes antiguos y aves extrañas dentro de un bosque fantástico; pensa­ba en los exquisitos y selectos manjares, ofrecidos en fuentes maravillosas; en las galanterías murmuradas y escuchadas con sonrisa de esfinge, al tiempo que se paladea la sonrosada carne de una trucha o un alón de faisán.
No poseía galas femeninas, ni una joya; nada absolutamente y sólo aquello de que carecía le gustaba; no se sentía formada sino para aquellos goces imposibles. ¡Cuánto habría dado por agradar, ser envidiada, ser atractiva y asediada!
Tenía una amiga rica, una compañera del colegio a la cual no quería ir a ver con frecuencia, porque sufría más al regresar a su casa. Días y días pasaba después llorando de pena, de pesar, de desesperación.


Una mañana volvió a su casa el marido con expresión triunfante y agitando en la mano un ancho sobre.
-Mira, mujer -dijo-; aquí tienes una cosa para ti.
Ella rompió vivamente la envoltura y sacó un pliego impreso que decía: "El ministro de Instrucción Pública y señora ruegan al señor y la señora de Loisel les hagan el honor de pasar la velada del lunes 18 de enero en el hotel del Ministerio".
En lugar de enloquecer de alegría, conforme pensaba su esposo, tiró la invitación sobre la mesa, murmurando con desprecio:
-¿Qué he de hacer yo de eso?
-Creí, mujercita mía, que con ello te procu­raba una gran satisfacción. ¡Sales tan poco, y es tan oportuna la ocasión que hoy se te presenta!... Te advierto que me ha costado bastante trabajo obtener esa invitación. Todos las buscan, las persiguen; son muy solicitadas y se reparten pocas entre los empleados. Verás allí a todo el mundo oficial.
Clavando en su esposo una mirada llena de angustia, le dijo con impaciencia:
-¿Qué quieres que me ponga para ir allá?  
No se había preocupado él de semejante cosa, y balbuceó:
-Pues el traje que llevas cuando vamos al teatro. Me parece muy bonito...
Se calló, estupefacto, atontado, viendo que su mujer lloraba. Dos gruesas lágrimas se desprendían de sus ojos, lentamente, para rodar por sus mejillas. El hombre murmuró:
-¿Qué te sucede? Pero ¿qué te sucede?        
Pero ella, valientemente, haciendo un esfuerzo, había vencido su pena y respondió con voz tranquila, enjugando sus húmedas mejillas:
-Nada; que no tengo vestido para ir a esa fiesta. Da la invitación a cualquier colega cuya mujer se encuentre mejor provista de ropa que yo.
El estaba desolado, y dijo:
-Vamos a ver, Matilde. ¿Cuánto te costaría un traje decente, que pudiera servirte en otras ocasiones; un traje sencillito?
Ella meditó unos segundos, haciendo sus cuentas y pensando asimismo en la suma que podía pedir sin provocar una negativa rotunda y una exclamación de asombro del empleadillo.
Respondió al fin, titubeando:
-No lo sé de fijo; pero creo que con cuatrocientos francos me arreglaría.
El marido palideció algo, pues reservaba precisamente esta cantidad para comprar una escopeta, pensando ir de caza en verano, a la llanura de Nanterre, con algunos amigos que salían a tirar a las alondras los domingos.
Dijo, no obstante:
-Bien. Te doy los cuatrocientos francos. Pero trata de que tu vestido luzca lo más posible, ya que hacemos el sacrificio.


El día de la fiesta se acercaba, y la señora de Loisel parecía triste, inquieta, ansiosa. Sin embargo, el vestido estuvo hecho a tiempo. Su esposo le dijo una noche:
-¿Qué te pasa? Te veo desatinada y pensativa desde hace tres días.
Y ella respondió:
-Me disgusta no tener ni una alhaja, ni una sola joya que ponerme. Pareceré, de todos modos, una miserable. Casi, casi me gustarla más no ir a ese baile.
-Ponte unas cuantas flores naturales –le replicó él-. Eso es muy elegante, sobre todo en este tiempo, y por diez francos encontrarás dos o tres rosas magníficas.
Ella no quería convencerse.
Eso le parecía humillante como parecer una pobre en medio de mujeres ricas.
Pero su marido exclamó:
-¡Qué tonta eres! Ve a ver a tu compañera de colegio, la señora de Forestier, y ruégale que te preste unas alhajas. Eres bastante amiga suya para tomarte esa libertad.
La mujer dejó escapar un grito de alegría.          
-Tienes razón. No había pensado en ello.    
Al siguiente día fue a casa de su amiga y le contó su apuro.
La señora de Forestier fue a un armario de espejo, cogió un cofrecillo, lo sacó, lo abrió y dijo a la señora de Loisel:
-Escoge, querida.
Primero vio brazaletes; luego, un collar de perlas; luego, una cruz veneciana de oro y pedrería primorosamente construida. Se probaba aquellas joyas ante el espejo, vacilando, no pudiendo decidirse a abandonarlas, a devolverlas. Preguntaba sin cesar:
-¿No tienes ninguna otra?
-Sí, mujer. Dime qué quieres. No sé lo que a ti te agradaría.
De repente descubrió, en una caja de raso negro, un soberbio collar de brillantes, y su corazón empezó a latir de un modo inmoderado. Sus manos temblaban al ir a cogerlo. Se lo puso, rodeando con él su cuello, y permaneció en éxtasis contemplando su imagen.
Luego preguntó, vacilante, llena de angustia:       
-¿Quieres prestármelo? No quisiera llevar otra joya.
-Sí, mujer.
Abrazó y besó a su amiga con entusiasmo, y luego escapó con su tesoro.


Llegó el día de la fiesta. La señora de Loisel tuvo un verdadero triunfo. Era más bonita que las otras y estaba elegante, graciosa, sonriente y loca de alegría. Todos los hombres la miraban, preguntaban su nombre, trataban de serle presentados. Todos los directores generales querían bailar un vals con ella. El ministro reparó en su hermosura.
Ella bailaba con embriaguez, con pasión, inundada de alegría, no pensando ya en nada más que en el triunfo de su belleza, en la gloria de aquel triunfo, en una especie de dicha formada por todos los homenajes que recibía, por todas las admiraciones, por todos los deseos despertados, por una victoria tan completa y tan dulce para un alma de mujer.
Él le echó sobre los hombros el abrigo que había llevado para la salida, modesto abrigo de su vestir ordinario, cuya pobreza contrastaba extrañamente con la elegancia del traje de baile. Ella lo sintió y quiso huir, para no ser vista por las otras mujeres que se envolvían en ricas pieles.
Loisel la retuvo diciendo:
-Espera, mujer; vas a resfriarte a la salida. Iré a buscar un coche.
Pero ella no le oía, y bajó rápidamente la escalera.
Cuando estuvieron en la calle no encontraron coche, y se pusieron a buscar, dando voces a los cocheros que veían pasar a lo lejos.
Anduvieron hacia el Sena desesperados, tiritando. Por fin pudieron hallar una de esas vetustas berlinas que sólo aparecen en las calles de París cuando la noche cierra, cual si les avergonzase su miseria durante el día.
Los llevó hasta la puerta de su casa, situada en la calle de los Mártires, y entraron tristemente en el portal. Pensaba el hombre, apesadumbrado, en que a las diez había de ir a la oficina.
La mujer se quitó el abrigo que llevaba echado sobre los hombros, delante del espejo, a fin de contemplarse aún una vez más ricamente alhajada. Pero de repente dejó escapar un grito.
Su esposo, ya medio desnudo, le preguntó:      
-¿Qué tienes?
Ella se volvió hacia él, acongojada.          
-Tengo..., tengo... -balbuceó- que no encuentro el collar de la señora de Forestier.
El se irguió, sobrecogido:
-¿Eh?..., ¿cómo? ¡No es posible!
Y buscaron entre los adornos del traje, en los pliegues del abrigo, en los bolsillos, en todas partes. No lo encontraron.
Él preguntaba:
-¿Estás segura de que lo llevabas al salir del baile?
-Sí; lo toqué al cruzar el vestíbulo del Ministerio.
-Pero si lo hubieras perdido en la calle, lo habríamos oído caer. Debe de estar en el coche.
-Sí. Es probable. ¿Te fijaste qué número tenía?
-No. Y tú, ¿no lo miraste?   
-No.
Se contemplaron aterrados. Loisel se vistió por fin.
-Voy -dijo- a recorrer a pie todo el camino que hemos hecho, a ver si por casualidad lo encuentro.
Y salió. Ella permaneció en traje de baile, sin fuerzas para irse a la cama, desplomada en una silla, sin lumbre, casi helada, sin ideas, casi estúpida.
Su marido volvió hacia las siete. No había encontrado nada.
Fue a la Prefectura de Policía, a las redacciones de los periódicos, para publicar un anuncio ofreciendo una gratificación por el hallazgo; fue a las oficinas de las empresas de coches, a todas partes donde podía ofrecérsele alguna esperanza.
Ella le aguardó todo el día, con el mismo abatimiento desesperado, ante aquel horrible desastre.
Loisel regresó por la noche con el rostro demacrado, pálido; no había podido averiguar nada.  
-Es menester -dijo- que escribas a tu amiga haciéndole saber que has roto el broche de su collar y que lo has dado a componer. Así ganaremos tiempo.
Ella escribió lo que su marido le decía.
Al cabo de una semana perdieron hasta la última esperanza.
Y Loisel, envejecido por aquel desastre, como si de pronto le hubieran echado encima cinco años, manifestó:
-Es necesario hacer lo posible por reemplazar esa alhaja por otra semejante.
Al día siguiente llevaron el estuche del collar a casa del joyero cuyo nombre se leía en su interior. El comerciante, después de consultar sus libros, respondió:
-Señora, no salió de mi casa collar alguno en este estuche, que vendí vacío para complacer a un cliente.
Anduvieron de joyería en joyería, buscando una alhaja semejante a la perdida, recordándola, describiéndola, tristes y angustiados.
Encontraron, en una tienda del Palais Royal, un collar de brillantes que les pareció idéntico al que buscaban. Valía cuarenta mil francos, y regateándolo consiguieron que se lo dejaran en treinta y seis mil.
Rogaron al joyero que se lo reservase por tres días, con la condición de que les daría por él treinta y cuatro mil francos si lo devolvían antes de finales de febrero porque se hubiera encontrado el otro.       
Loisel poseía dieciocho mil que le había dejado su padre. Pediría prestado el resto.
Y, efectivamente, tomó mil francos de uno, quinientos de otro, cinco luises aquí, tres allá. Hizo pagarés, adquirió compromisos ruinosos, tuvo tratos con usureros, con toda clase de prestamistas. Se comprometió para toda la vida, firmó sin saber lo que firmaba, sin detenerse a pensar, y, espantado por las angustias del porvenir, por la horrible miseria que los aguardaba, por la perspectiva de todas las privaciones físicas y de todas las torturas morales, fue en busca del collar nuevo, dejando sobre el mostrador del comerciante treinta y seis mil francos.
Cuando la señora Loisel devolvió la joya a su amiga, ésta le dijo un tanto displicente:
-Debiste devolvérmelo antes, porque bien pude yo haberlo necesitado.
No abrió siquiera el estuche, y eso lo juzgó la otra una suerte. Si hubiera notado la sustitución, ¿qué habría pensado?, ¿qué habría dicho? ¿no la habría tomado por una ladrona?
La señora de Loisel conoció la vida horrible de los menesterosos. Tuvo energía para adoptar una resolución inmediata y heroica. Era necesario devolver aquel dinero que debían. Despidieron a la criada, buscaron una habitación más económica, una buhardilla.
Conoció los duros trabajos de la casa, las odiosas tareas de la cocina. Fregó los platos, desgastando sus uñitas sonrosadas sobre los pucheros grasientos y en el fondo de las cacerolas. Enjabonó la ropa sucia, las camisas y los paños, que ponía a secar en una cuerda; bajó a la calle todas las mañanas la basura y subió el agua, deteniéndose en todos los pisos para tomar aliento. Y, vestida como una pobre mujer de humilde condición, fue a casa del verdulero, del tendero de comestibles y del carnicero, con la cesta al brazo, regateando, teniendo que sufrir desprecios y hasta insultos, porque defendía céntimo a céntimo su dinero escasísimo.
Era necesario mensualmente recoger unos pagarés, renovar otros, ganar tiempo.
El marido se ocupaba por las noches en poner en limpio las cuentas de un comerciante, y a veces escribía a veinticinco céntimos la hoja.
Y vivieron así diez años.
Al cabo de dicho tiempo lo habían ya pagado todo, todo, capital e intereses, multiplicados por las renovaciones usurarias.
La señora Loisel parecía entonces una vieja. Habíase transformado en la mujer fuerte, dura y ruda de las familias pobres. Mal peinada, con las faldas torcidas y rojas las manos, hablaba en voz alta, fregaba los suelos con agua fría. Pero a veces, cuando su marido estaba en el Ministerio, se sentaba junto a la ventana, pensando en aquella fiesta de otro tiempo, en aquel baile donde lució tanto y donde fue tan festejada.
¿Cuál sería su fortuna, su estado al día de hoy, si no hubiera perdido el collar? ¡Quién sabe! ¡Quién sabe! ¡Qué cambios tan singulares ofrece la vida! ¡Qué poco hace falta para perderse o para salvarse!
Un domingo, habiendo ido a dar un paseo por los Campos Elíseos para descansar de las fatigas de la semana, reparó de pronto en una señora que pasaba llevando a un niño cogido de la mano.
Era su antigua compañera de colegio, siempre joven, hermosa siempre y siempre seductora. La de Loisel sintió un escalofrío. ¿Se decidiría a detenerla y saludarla? ¿Por qué no? Habiéndolo pagado ya todo, podía confesar, casi con orgullo, su desdicha.
Se puso frente a ella y dijo:           
-Buenos días, Juana.
La otra no la reconoció, admirándose de verse tan familiarmente tratada por aquella infeliz. Balbuceó:
-Pero.... ¡señora!..., no sé... Usted debe de confundirse...
-No. Soy Matilde Loisel.
Su amiga lanzó un grito de sorpresa.
-¡Oh! ¡Mi pobre Matilde, qué cambiada estás!...
-Sí; muy malos días he pasado desde que no te veo, y además bastantes miserias.... todo por ti.. .      
-¿Por mí? ¿Cómo es eso?
-¿Recuerdas aquel collar de brillantes que me prestaste para ir al baile del Ministerio?
-Sí, ¿y qué?
-Pues bien: lo perdí...          
-¡Cómo! ¡Si me lo devolviste!
-Te devolví otro semejante. Y hemos tenido que sacrificarnos diez años para pagarlo. Comprenderás que representaba una fortuna para nosotros, que sólo teníamos el sueldo. En fin, a lo hecho pecho, y estoy muy satisfecha.
La señora Forestier se había detenido.
-¿Dices que compraste un collar de brillantes para sustituir el mío?
-Sí. No lo habrás notado ¿eh? Casi eran idénticos.
Y al decir esto, sonreía orgullosa de su noble sencillez. La señora de Forestier, sumamente impresionada, le cogió ambas manos:
-¡Oh! ¡Mi pobre Matilde! ¡Pero si el collar que yo te presté era de piedras falsas!... ¡Valía quinientos francos a lo sumo!...

Guy de Maupassant -  escritor francés, autor principalmente de 

cuentos, aunque escribió seis novelas. (Francia, 1850-1893),  considerado como uno de los grandes maestros del relato breve de la literatura universal .

La madre de los monstruos




Guy de Maupassant - Francia

Recordé esta horrible historia y a aquella horrible mujer al ver pasar hace unos días, en una playa apreciada por la gente adinerada, a una joven parisiense muy conocida, elegante, encantadora, adorada y respetada por todos.
Mi historia se remonta muy atrás, pero ciertas cosas no se olvidan.
Me había invitado un amigo a quedarme un tiempo en su casa en una pequeña ciudad de provincias. Para hacerme los honores del país, me paseó por todos los sitios, me hizo ver los paisajes alabados, los castillos, las industrias, las ruinas; me enseñó los monumentos, las iglesias, las viejas puertas esculpidas, unos árboles de enorme tamaño o con forma extraña, el roble de Saint André y el tejo de Roqueboise.
Mientras examinaba con exclamaciones de entusiasmo benévolo todas las curiosidades de la región, mi amigo me dijo con aire desolado que ya no quedaba nada por visitar. Respiré. Ahora iba a poder descansar un poco, a la sombra de los árboles. Pero de pronto dio un grito:
—¡Ah, sí! Tenemos a la madre de los monstruos, debes conocerla.
—¿A quién? —pregunté—. ¿A la madre de los monstruos?
—Es una mujer abominable —prosiguió—, un verdadero demonio, un ser que da a luz cada año, voluntariamente, a niños deformes, horribles, espantosos, en fin unos monstruos, y que los vende al exhibidor de fenómenos.
»Esos siniestros empresarios vienen a informarse de vez en cuando de si ha producido algún nuevo engendro y, cuando les gusta el sujeto, se lo llevan y le pagan una renta a la madre.
»Tiene once engendros de esta naturaleza. Es rica.
»Crees que bromeo, que invento, que exagero. No, amigo mio. No te cuento más que la verdad, la pura verdad.
»Vayamos a ver a esa mujer. Luego te contaré cómo se convirtió en una fábrica de monstruos.
Me llevó a las afueras de la ciudad.
Ella vivía en una bonita casita al borde de la carretera. Resultaba agradable y estaba muy cuidada. El jardín, lleno de flores, olía bien. Parecía la residencia de un notario retirado de los negocios.
Una criada nos hizo entrar a una especie de pequeño salón campesino y la miserable apareció.
Tendría unos cuarenta años. Era una mujer alta, de rasgos duros, pero bien hecha, vigorosa y sana, el auténtico tipo de campesina robusta, medio bruta y medio mujer.
Sabía de la reprobación general y parecía recibir a la gente con una humildad llena de odio.
—¿Qué desean los señores? —preguntó.
—Me han dicho que su último hijo estaba hecho como todo el mundo —respondió mi amigo—, pero que no se parecía en absoluto a sus hermanos. He querido cerciorarme de ello. ¿Es verdad?
Nos echó una mirada ladina y furiosa y contestó:
—¡Oh, no! ¡Oh, no, señor! Es casi más feo que los otros. Mi mala suerte, mi mala suerte. Todos así, señor, todos así, qué desgracia tan grande, ¿cómo puede nuestro Señor tratar así a una pobre mujer como yo, sola en el mundo? ¿Cómo puede ser?
Hablaba deprisa, los ojos bajos, con aire hipócrita, igual que una fiera que tiene miedo. Endulzaba el tono áspero de su voz y uno se extrañaba de que aquellas palabras lacrimosas e hiladas en falsete salieran de ese gran cuerpo huesudo, demasiado fuerte, con ángulos bastos, que parecía estar hecho para los gestos vehementes y para aullar del mismo modo que los lobos.
—Quisiéramos ver a su pequeño —pidió mi amigo.
Me pareció que se sonrojaba. ¿Quizá me equivoqué? Tras unos instantes de silencio, dijo en voz más alta:
—¿De qué les serviría?
Y había vuelto a enderezar la cabeza, mirándonos de hito en hito con ojeadas bruscas y con fuego en la mirada.
—¿Por qué no nos lo quiere enseñar? —insistió mi compañero—. A otra gente sí que se lo enseña. ¡Sabe de quién hablo!
La mujer se sobresaltó y, liberando su voz, dando rienda suelta a su ira, gritó:
—Diga, ¿pa' eso han venido? ¿Pa' insultarme, eh? ¿Porque mis hijos son como animales, verdá? No lo van a ver, no, no, no lo van a ver; váyanse, váyanse. ¿Por qué les dará a todos por torturarme así?
Venía hacia nosotros, con las manos en las caderas. Al sonido brutal de su voz, una especie de gemido o más bien de maullido, un lamentable grito de idiota salió del cuarto vecino. Me hizo estremecerme hasta los tuétanos. Retrocedimos ante ella.
—Tenga cuidado, Diabla —en el pueblo la llamaban la Diabla—, tenga cuidado, tarde o temprano le traerá mala suerte.
Se echó a temblar de furor, agitando sus puños, desquiciada, gritando:
—¡Váyanse! ¿Qué me traerá mala suerte? ¡Váyanse! ¡Canallas!
Se nos iba a lanzar encima. Nos escapamos, con el corazón en la boca.
Cuando estuvimos fuera de la casa, mi amigo preguntó:
—¡Pues bien! ¿La has visto? ¿Qué te parece?
—Cuéntame ya mismo la historia de esa bruta —pedí.
Y he aquí lo que me contó mientras volvíamos con pasos lentos por la blanca carretera general, orlada de cosechas ya maduras, que un viento ligero, a ráfagas, hacía ondular como a un mar tranquilo.
Hace tiempo, esa chica servía en una granja; era trabajadora, formal y ahorradora. No se le conocían enamorados, no se sospechaba que tuviera debilidades.
Cometió una falta, como lo hacen todas, una tarde de cosecha, en medio de las gavillas segadas, bajo un cielo de tormenta, cuando el aire inmóvil y pesado parece estar lleno de un calor de horno y empapa de sudor los cuerpos morenos de los muchachos y de las muchachas.
Pronto se dio cuenta de que estaba embarazada y la atormentaron la vergüenza y el miedo. Para esconder su desgracia a toda costa se apretaba con violencia el vientre con un sistema que había inventado, un corsé de fuerza, hecho con tablillas y cuerdas. Cuanto más se le hinchaba el vientre por la presión del niño que iba creciendo, más apretaba el instrumento de tortura: un verdadero martirio. Pero se mantenía valiente ante el dolor, siempre sonriente y ágil, sin dejar que se viera ni se sospechara nada.
Desgració en sus entrañas al pequeño ser oprimido por la horrible máquina; lo comprimió, lo deformó, hizo de él un monstruo. Su cabeza apretada se alargó, se desprendió en forma de punta con dos gruesos ojos saltones que salían de la frente. Los miembros oprimidos contra el cuerpo crecieron, retorcidos como la madera de las vides, se alargaron desmesuradamente, acabados en dedos semejantes a las patas de las arañas. El torso se quedó muy pequeño y redondo como una nuez.
Dio a luz en pleno campo una mañana de primavera.
Cuando las escardadoras, que acudieron en su ayuda, vieron lo que le salía del cuerpo, se escaparon gritando. Y corrió el rumor en la región de que había parido un demonio. Desde entonces la llaman "la Diabla".
La echaron del trabajo. Vivió de la caridad y quizás de amor en la sombra, ya que era buena moza, y no todos los hombres temen el infierno.
Crió a su monstruo, a quien por cierto aborrecía, con un odio salvaje, y a quien quizás habría estrangulado si el cura, previendo el crimen, no la hubiera asustado con la amenaza de la justicia.
Ahora bien, un día, unos exhibidores de fenómenos que estaban de paso oyeron hablar del espantoso engendro y pidieron verlo para llevárselo si les gustaba. Les gustó y pagaron a la madre quinientos francos contantes y sonantes. Ella, primero vergonzosa se negaba a dejar ver a esa especie de animal; pero cuando descubrió que valía dinero, que excitaba el deseo de esa gente, se puso a regatear, a discutir cada céntimo, azuzándoles con las deformidades de su hijo, alzando sus precios con una tenacidad de campesino.
Para que no la robaran, les hizo firmar un papel. Y se comprometieron a abonarle además cuatrocientos francos por año, como si tomaran ese bicho a su servicio.
Aquella ganancia inesperada enloqueció a la madre y ya no la abandonó el deseo de dar a luz a otro fenómeno, para disfrutar de rentas como una burguesa.
Como era muy fértil, consiguió lo que se proponía, y se volvió hábil, parece ser, en variar las formas de sus monstruos según las presiones que les hacía padecer durante el tiempo del embarazo.
Tuvo engendros largos y cortos, algunos parecidos a cangrejos, otros semejantes a lagartos. Varios murieron, y se sintió afligida.
La justicia intentó intervenir, pero no se pudo probar nada. Se la dejó pues fabricar sus fenómenos en paz.
En este momento tiene once engendros bien vivos, que le proporcionan, año tras año, de cinco a seis mil francos. Sólo uno no está colocado todavía, el que no ha querido enseñarnos. Pero no se lo quedará mucho tiempo, porque hoy en día todos los feriantes del mundo la conocen y vienen de vez en cuando a ver si tiene algo nuevo.
Incluso organiza subastas entre ellos cuando el sujeto lo merece.

Mi amigo calló. Una repugnancia profunda me levantaba el corazón, así como una ira tumultuosa, un arrepentimiento de no haber estrangulado a aquella bruta cuando la tenía al alcance de la mano.
—¿Pero quién es el padre? —pregunté.
—No se sabe —contestó—. Tiene o tienen cierto pudor. Se esconde o se esconden. A lo mejor comparten los beneficios.

Ya no pensaba en esa lejana aventura hasta que vi, hace unos días, en una playa de moda, a una mujer elegante, encantadora, coqueta, amada, rodeada por hombres que la respetan.
Iba por la playa arenosa con un amigo, el médico de la estación. Diez minutos más tarde, vi a una criada que cuidaba a tres niños envueltos en la arena.
Unas pequeñas muletas que yacían en el suelo me conmovieron. Noté entonces que los tres pequeños seres eran deformes, jorobados y corvos, horrorosos.
—Son los productos de la encantadora mujer con la que acabamos de cruzarnos —me dijo el doctor.
Una lástima profunda por ella y por ellos se apoderó de mi alma.
—¡Oh, pobre madre! —exclamé—. ¡Cómo puede seguir riéndose!
—No la compadezcas, querido amigo —respondió el doctor—. Son los pobres pequeños a quienes hay que compadecer. Ésos son los resultados de las cinturas que permanecieron finas hasta el último día. Estos monstruos se fabrican con el corsé. Ella sabe perfectamente que se juega la vida. ¡Qué más le da, con tal de ser bella y amada!
Y recordé a la otra, la campesina, la Diabla, que vendía sus fenómenos.

Guy de Maupassant -  escritor francés, autor principalmente de 

cuentos, aunque escribió seis novelas. (Francia, 1850-1893),  considerado como uno de los grandes maestros del relato breve de la literatura universal .

sábado, 25 de febrero de 2017

El cuarto hombre






Agatha Christie - Inglaterra


El canónigo Parfitt jadeaba. El correr para alcanzar el tren no era cosa que conviniera a un hombre de sus años. Su figura ya no era lo que fue y con la pérdida de su esbelta silueta había ido adquiriendo una tendencia a quedarse sin aliento, que el propio canónigo solía explicar con dignidad diciendo “¡Es el corazón!”
Exhalando un suspiro de alivio se dejó caer en una esquina del compartimiento de primera. El calorcillo de la calefacción le resultaba muy agradable. Fuera estaba nevando. Además era una suerte haber conseguido situarse en una esquina siendo el viaje de noche y tan largo. Debieron haber puesto coche-cama en aquel tren.
Las otras tres esquinas estaban ya ocupadas, y al observarlo, el canónigo Parfitt se dio cuenta de que el hombre sentado en la más alejada le sonreía con aire de reconocimiento. Era un caballero pulcramente afeitado, de rostro burlón y cabellos oscuros que comenzaban a blanquear en las sienes. Su profesión era sin duda alguna la de abogado, y nadie lo hubiera tomado por otra cosa ni un momento siquiera. Don Jorge Durand era ciertamente un abogado muy famoso.
-Vaya, Parfitt -comenzó con aire jovial-. Se ha echado usted una buena carrerita, ¿no?
-Y con lo malo que es para mi corazón -repuso el canónigo-. Qué casualidad encontrarle, don Jorge. ¿Va usted muy al norte?
-Hasta Newcastle -replicó don Jorge-. A propósito -añadió-: ¿Conoce usted al doctor Campbell Clark?
Y el caballero sentado en el mismo lado que el canónigo inclinó la cabeza complacido.
-Nos encontramos en la estación -continuó el abogado-. Otra coincidencia.
El canónigo Parfitt vio al doctor Campbell Clark con gran interés. Había oído aquel nombre muy a menudo. El doctor Clark estaba en la primera fila de los médicos especialistas en enfermedades mentales, y su último libro, El problema del subconsciente, había sido la obra más discutida del año.
El canónigo Parfitt vio una mandíbula cuadrada, unos ojos azules de mirada firme, y una cabeza de cabellos rojizos sin una cana, pero que iban clareándose rápidamente. Asimismo tuvo la impresión de hallarse ante una vigorosa personalidad.
Debido a una lógica asociación de ideas, el canónigo miró el asiento situado frente al suyo esperando encontrar allí otra persona conocida, mas el cuarto ocupante del departamento resultó ser totalmente extraño… tal vez un extranjero. Era un hombrecillo moreno de aspecto insignificante, que embutido en un grueso abrigo parecía dormir.
-¿Es usted el canónigo Parfitt de Bradchester? -preguntó el doctor Clark con voz agradable.
El canónigo pareció halagado. Aquellos “sermones científicos” habían sido un gran acierto… especialmente desde que la prensa se había ocupado de ellos. Bueno, aquello era lo que necesitaba la Iglesia… modernizarse.
-He leído su libro con gran interés, doctor Campbell Clark -le dijo-. Aunque es demasiado técnico para mí, y me resulta difícil seguir algunas de sus partes.
Durand intervino.
-¿Prefiere hablar o dormir, canónigo? -le preguntó-. Confieso que sufro de insomnio y, por lo tanto, me inclino en favor de lo primero.
-¡Oh, desde luego! De todas maneras -explicó el canónigo-, yo casi nunca duermo en estos viajes nocturnos y el libro que he traído es muy aburrido.
-Realmente formamos una reunión muy interesante -observó el doctor con una sonrisa-. La Iglesia, la Ley y la profesión médica.
-Es difícil que no podamos formar opinión entre los tres, ¿verdad? El punto de vista espiritual de la Iglesia, el mío puramente legal y mundano, y el suyo, doctor, que abarca el mayor campo, desde lo puramente patológico a lo… superpsicológico. Entre los tres podríamos cubrir cualquier terreno por completo.
-No tanto como usted imagina -dijo el doctor Clark-. Hay otro punto de vista que ha pasado usted por alto y que es en este aspecto muy importante.
-¿A cuál se refiere? -quiso saber el abogado.
-Al punto de vista del hombre de la calle.
-¿Es tan importante? ¿Acaso el hombre de la calle no se equivoca generalmente?
-¡Oh, casi siempre! Pero posee lo que le falta a toda opinión experta… el punto de vista personal. Ya sabe que no puede prescindir de las relaciones personales. Lo he descubierto en mi profesión. Por cada paciente que acude realmente enfermo, hay por lo menos cinco que no tienen otra cosa que incapacidad para vivir felizmente con los inquilinos que habitan en la misma casa. Lo llaman de mil maneras… desde “rodilla de fregona” a “calambre de escribiente”, pero es todo lo mismo: asperezas producidas por el roce diario de una mentalidad con otra.
-Tendrá usted muchísimos pacientes con “nervios”, supongo -comenzó el canónigo, cuyos nervios eran excelentes.
-Ah, ¿qué es lo que quiere usted decir con eso? -El doctor se volvió hacia él con gesto rápido e impulsivo-. ¡Nervios! La gente suele emplear esa palabra y reírse después, como ha hecho usted. “Esto no tiene importancia -dicen- ¡Sólo son nervios!” ¡Dios mío!, ahí tiene usted el quid de todo. Se puede contraer una enfermedad corporal y curarla, pero hasta la fecha se sabe poco más de las oscuras causas de las ciento y una forma de las enfermedades nerviosas que se sabía… bueno… durante el reinado de la reina Isabel.
-Dios mío -exclamó el canónigo Parfitt un tanto asombrado por su salida-. ¿Es cierto?
-Y creo que es un signo de gracia -continuó el doctor Campbell-. Antiguamente considerábamos al hombre como un simple animal con inteligencia y un cuerpo al que daba más importancia que a nada.
-Inteligencia, cuerpo y alma -corrigió el clérigo con suavidad.
-¿Alma? -El doctor sonrió de un modo extraño-. ¿Qué quiere decir exactamente? Nunca ha estado muy claro, ya sabe. A través de todas las épocas no se han atrevido ustedes a dar una definición exacta.
El canónigo aclaró su garganta dispuesto a pronunciar un discurso, pero ante su disgusto, no le dieron oportunidad, ya que el médico continuó:
-¿Está seguro de que la palabra es alma… y no puede ser almas?
-¿Almas? -preguntó don Jorge Durand enarcando las cejas con expresión divertida.
-Sí -Campbell Clark dirigió su atención hacia él inclinándose hacia delante para tocarle en el pecho-. ¿Está usted seguro -dijo en tono grave-, que hay un solo ocupante en esta estructura… porque esto es lo que es, ya sabe… envidiable residencia que no se alquila amueblada por siete, veintiuno, cuarenta y uno, setenta y un años… los que sean? Y al final el inquilino traslada sus cosas… poco a poco… y luego se marcha de la casa de golpe… y ésta se viene abajo convertida en una masa de ruinas y decadencia. Usted es el dueño de la casa, admitamos eso, pero nunca se percata de la presencia de los demás… criados de pisar quedo, en los que apenas repara, a no ser por el trabajo que realizan… trabajo que usted no tiene conciencia de haber hecho. O amigos… estados de ánimo que se apoderan de uno y le hacen ser un “hombre distinto”, como se dice vulgarmente. Usted es el rey del castillo, ciertamente, pero puede estar seguro de que allí está también instalado tranquilamente el “pillastre redomado”.
-Mi querido Clark -replicó el abogado-, me hace usted sentirme realmente incómodo. ¿Es que mi interior es, en realidad, campo de batalla en que luchan distintas personalidades? ¿Es la última palabra de la ciencia?
Ahora fue el médico quien se encogió de hombros.
-Su cuerpo lo es -dijo en tono seco-. ¿Por qué no puede serlo también la mente?
-Muy interesante -exclamó el canónico Parfitt-. ¡Ahí Maravillosa ciencia… maravillosa ciencia!
Y para sus adentros agregó:
-Puedo preparar un sermón muy atrayente basado en esta idea.
Mas el doctor Campbell Clark se había vuelto a reclinar en su asiento una vez pasada su excitación momentánea.
-A decir verdad -observó con su aire profesional-, es un caso de doble personalidad el que me lleva esta noche a Newcastle. Un caso interesantísimo. Un individuo neurótico, desde luego, pero un caso auténtico.
-Doble personalidad -repitió don Jorge Durand pensativo-. No es tan raro según tengo entendido. Existe también la pérdida de memoria, ¿no es cierto? El otro día surgió un caso así ante el Tribunal de Testamentarias.
El doctor Clark asintió.
-Desde luego, el caso clásico fue el de Felisa Bault. ¿No recuerda haberlo oído?
-Claro que sí -expuso el canónigo Parfitt-. Recuerdo haberlo leído en los periódicos… pero de eso hace mucho tiempo… por lo menos siete años.
El doctor Campbell asintió.
-Esa muchacha se convirtió en una de las figuras más célebres de Francia, y acudieron a verla científicos de todo el mundo. Tenía cuatro personalidades nada menos, y se las conocía por Felisa Primera, Felisa Segunda, Felisa Tercera y Felisa Cuarta.
-¿Y no cabía la posibilidad de que fuera un truco premeditado? -preguntó don Jorge.
-Las personalidades de Felisa Tres y Felisa Cuatro ofrecían algunas dudas -admito el médico-. Pero el hecho principal persiste. Felisa Bault era una campesina de Bretaña. Era la tercera de cinco hermanos, hija de un padre borracho y de una madre retrasada mental. En uno de sus ataques de alcoholismo el padre estranguló a su mujer, siendo, si no recuerdo mal, desterrado por vida. Felisa tenía entonces cinco años. Unas personas caritativas se interesaron por la criatura, y Felisa fue criada y educada por una dama inglesa que tenía una especie de hogar para niños desvalidos. Aunque consiguió muy poco de Felisa, la describe como una niña anormal, lenta y estúpida, que aprendió a leer y escribir sólo con gran dificultad y cuyas manos eran torpes. Esa dama, la señora Slater, intentó prepararla para el servicio doméstico y le buscó varias casas donde trabajar cuando tuvo la edad conveniente, mas en ninguna estuvo mucho tiempo debido a su estupidez y profunda pereza.
El doctor hizo una pausa, y el canónigo, mientras se arropaba aún más en su manta de viaje, se dio cuenta de pronto de que el hombre sentado frente a él se había movido ligeramente, y sus ojos, que antes tuviera cerrados, ahora estaban abiertos y en ellos brillaba una expresión indescifrable que sobresaltó al clérigo. Era como si hubiese estado regocijándose interiormente por lo que oyera.
-Existe una fotografía de Felisa Bault tomada cuando tenía diecisiete años -prosiguió el médico-. Y en ella aparece como una burda campesina de recia constitución, sin nada que indique que pronto iba a ser una de las personas más famosas de Francia.
“Cinco años más tarde, cuando contaba veintidós, Felisa Bault tuvo una enfermedad nerviosa, y al reponerse empezaron a manifestarse los extraños fenómenos. Lo que sigue a continuación son hechos atestiguados por muchísimos científicos eminentes. La personalidad llamada Felisa Primera era completamente distinta a la Felisa Bault de los últimos años. Felisa Primera escribía apenas el francés, no hablaba ningún otro idioma, y no sabía tocar el piano. Felisa Segunda, por el contrario, hablaba correctamente el italiano y algo de alemán. Su letra era distinta por completo de la de Felisa Primera, y escribía y se expresaba a la perfección en francés. Podía discutir de política, arte y era muy aficionada a tocar el piano. Felisa Tercera tenía muchos puntos en común con Felisa Segunda. Era inteligente y al parecer bien educada, pero en la parte moral era un contraste absoluto. Aparecía como una criatura depravada… pero en un sentido parisiense, no provinciano. Conocía todo el argot de París, y las expresiones del demi monde elegante. Su lenguaje era obsceno, y hablaba mal de la religión y la “gente buena” en los términos más blasfemos. Y por fin surgió la Felisa Cuarta… una criatura soñadora piadosa y clarividente, pero esta cuarta personalidad fue poco satisfactoria y duradera, y se la consideró un truco deliberado por parte de Felisa Tercera… una especie de broma que le gastaba al público crédulo. Debo decir que, aparte de la posible excepción de la Felisa Cuarta, cada personalidad era distinta y separada y no tenía conocimiento de las otras. Felisa Segunda fue sin duda la más predominante y algunas veces duraba hasta quince días, luego Felisa Primera aparecía bruscamente por espacio de uno o dos días. Después, tal vez la Felisa Tercera o Cuarta, pero estas dos últimas rara vez denominaban más de unas pocas horas. Cada cambio iba acompañado de un fuerte dolor de cabeza y sueño profundo, y en cada caso sufría la pérdida completa de la memoria de los otros estados, y la personalidad en cuestión tomaba vida a partir del momento en que la había abandonado, inconsciente del tiempo.
-Muy notable -murmuró el canónigo-. Muy notable. Hasta ahora sabemos apenas nada de las maravillas del universo.
-Sabemos que hay algunos impostores muy astutos -observó el abogado en tono seco.
-El caso de Felisa Bault fue investigado por abogados, así como por médicos y científicos -replicó el doctor Campbell con presteza-. Recuerde que Maitre Quimbellier llevó a cabo la investigación más profunda y confirmó la opinión de los científicos. Y al fin y al cabo, ¿por qué hemos de sorprendernos tanto? ¿No tenemos los huevos de dos yemas? ¿Y los plátanos gemelos? ¿Por qué no ha de poder darse el caso de la doble personalidad… o en este caso, la cuádruple personalidad… en un solo cuerpo?
-¿La doble personalidad? -protestó el canónigo.
El doctor Campbell Clark volvió sus penetrantes ojos azules hacia él.
-¿Cómo podríamos llamarle si no?
-Menos mal que estas cosas son únicamente un capricho de la naturaleza -observó don Jorge-. Si el caso fuera corriente se presentarían muchas complicaciones.
-Desde luego, son casos muy anormales -convino el médico-. Fue una lástima que no pudiera efectuarse otro estudio más prolongado, pero puso fin a todo la inesperada muerte de Felisa.
-Hubo algo raro si no recuerdo mal -dijo el abogado despacio.
El doctor Campbell Clark asintió.
-Fue algo inesperado. Una mañana la muchacha fue encontrada muerta en su cama. Había sido estrangulada, pero ante la estupefacción de todos, demostró sin lugar a dudas que se había estrangulado ella misma. Las señales de su cuello eran las de sus dedos. Un sistema de suicidio que aunque no es físicamente imposible, requiere una extraordinaria fuerza muscular y una voluntad casi sobrehumana. Nunca se supo lo que la había impulsado a suicidarse. Claro que su equilibrio mental siempre había sido insuficiente. Sin embargo, ahí tiene. Se ha corrido para siempre la cortina sobre el misterio de Felisa Bault.
Fue entonces cuando el ocupante de la cuarta esquina se echó a reír.
Los otros tres hombres saltaron como si hubieran oído un disparo. Habían olvidado por completo la existencia del cuarto, y cuando se volvieron hacia el lugar donde se hallaba sentado y todavía arrebujado en su abrigo, rió de nuevo.
-Deben perdonarme, caballeros -dijo en perfecto inglés, aunque con un ligero acento extranjero, y se incorporó mostrando un rostro pálido con un pequeño bigotillo-. Sí, deben ustedes perdonarme -dijo con una cómoda inclinación de cabeza-. Pero la verdad: ¿es que la ciencia dice alguna vez la última palabra?
-¿Sabe algo del caso que estábamos discutiendo? -le preguntó el doctor cortésmente.
-¿Del caso? No. Pero la conocí.
-¿A Felisa Bault?
-Sí. Y a Annette Ravel también. No han oído hablar de Annette Ravel, ¿verdad? Y, no obstante, la historia de una es la historia de la otra. Créame, no sabrán nada de Felisa Bault si no conocen también la historia de Annette Ravel.
Sacó un reloj para consultar la hora.
-Falta media hora hasta la próxima parada. Tengo tiempo de contarles la historia… es decir, si a ustedes les interesa escucharla.
-Cuéntela, por favor -dijo el médico.
-Me encantaría oírla -exclamó el pastor.
Don Jorge Durand se limitó a adoptar una actitud de atenta escucha.
-Mi nombre, caballeros -comentó el extraño compañero de viaje- es Raúl Latardeau. Usted acaba de mencionar a una dama inglesa, la señorita Slater, que se ocupa en obras de caridad. Yo la conocí en Bretaña, en un pueblecito pesquero, y cuando mis padres fallecieron víctimas de un accidente ferroviario, fue la señorita Slater quien vino a rescatarme y me salvó de algo equivalente a los reformatorios ingleses. Tenía unos veinte chiquillos a su cuidado… niños y niñas. Entre éstas se encontraban Felisa Baúl y Annette Ravel. Si no consigo hacerles comprender la personalidad de Annette, caballeros, no comprenderán nada. Era hija de lo que ustedes llaman una filie de joie que había muerto tuberculosa abandonada por su amante. La madre fue bailarina y Annette también tenía el deseo de bailar. Cuando la vi por primera vez tenía once años, y era una niña vivaracha de ojos brillantes y prometedores… una criatura todo fuego y vida. Y en seguida, en seguida… me convirtió en su esclavo. “Raúl, haz esto; Raúl, haz lo otro…”, y yo obedecía. Yo la idolatraba y ella lo sabía.
“Solíamos ir a la playa… los tres… ya que Felisa venía con nosotros. Y allí Annette, quitándose los zapatos y las medias, bailaba sobre la arena, y luego, cuando le faltaba el aliento, nos contaba lo que quería llegar a ser.
“-Verán, yo seré famosa. Sí, muy famosa. Tendré cientos y miles de medias de seda… de la seda más fina, y viviré en un departamento maravilloso. Todos mis adoradores serán jóvenes, guapos y ricos; cuando yo baile, todo París irá a verme. Gritarán y se volverán locos con mis danzas. Y durante los inviernos no bailaré. Iré al sur a gozar del sol. Allí hay pueblecitos con naranjos, y comeré naranjas. Y en cuanto a ti, Raúl, nunca te olvidaré por muy rica que sea. Te protegeré para que estudies una carrera. Felisa será mi doncella… no, sus manos son demasiado torpes. Míralas qué grandes y toscas.
“Felisa se ponía furiosa al oír esto, y entonces Annette continuaba pinchándola.
“-Es tan fina, Felisa… tan elegante y distinguida. Es una princesa disfrazada… ja, ja.
“-Mi padre y mi madre estaban casados, y los tuyos no -replicaba Felisa con rencor.
“-Sí, y tu padre mató a tu madre. Bonita cosa ser la hija de un asesino.
“-Y el tuyo dejó morir a tu madre -era la contestación de Felisa.
“-Ah, sí -Annette se ponía pensativa-: Pauvre maman. Hay que conservarse fuerte y bien.
“-Yo soy fuerte como un caballo -presumía Felisa.
“Y desde luego lo era. Tenía dos veces la fuerza de cualquier niña del Hogar y nunca estaba enferma.
“Pero era estúpida, ¿comprenden?, estúpida como una bestia bruta. A menudo me he preguntado por qué seguía a Annette como lo hacía. Era una especie de fascinación. Algunas veces creo que la odiaba, y no es de extrañar, puesto que Annette no era amable con ella. Se burlaba de su lentitud y estupidez, provocándola delante de los demás. Yo había visto a Felisa ponerse lívida de rabia. Algunas veces pensé que iba a rodear la garganta de Annette con sus dedos hasta acabar con su vida. No era lo bastante inteligente como para contestar a los improperios de Annette, pero con el tiempo aprendió una respuesta que nunca fallaba. Era el referirse a su propia salud y fuerza. Había aprendido lo que yo siempre supe: que Annette envidiaba su fortaleza física, y ella atacaba instintivamente el punto débil de la armadura de su enemiga.
“Un día Annette vino hacia mí muy contenta. “Raúl -dijo-, hoy vamos a divertirnos con esa estúpida de Felisa.”
“-¿Qué es lo que vas a hacer?
“-Ven detrás del cobertizo y te lo diré.
“Parece que Annette había encontrado cierto libro, parte del cual no entendía y, desde luego, estaba por encima de su cabecita. Era una de las primeras obras de hipnotismo.
-Conseguí que un objeto brillante, el pomo de metal de mi casa, diese vueltas. Hice que Felisa lo mirase anoche. “Míralo fijamente -le dije-. No apartes los ojos de él.” Y entonces lo hice girar, Raúl. Estaba asustada. Sus ojos tenían una expresión tan extraña… tan extraña. “Felisa, tú harás siempre lo que yo diga”, le dije: “Haré siempre lo que tú digas, Annette”, me contestó. Y luego… y luego… dije: “Mañana llevarás un cabo de vela al patio y empezarás a comerla a las doce. Y si alguien te pregunta dirás que es la mejor galleta que has probado en tu vida.” ¡Oh, Raúl, imagínate!
“-Pero ella no hará una cosa así -protesté.
“-El libro dice que sí. No es que yo lo crea del todo… ¡pero, oh, Raúl, si lo que dice el libro es cierto, lo que nos vamos a divertir!
“A mí también me pareció divertido. Lo comunicamos a nuestros compañeros y a las doce estábamos todos en el patio. A la hora exacta apareció Felisa con el cabo de la vela en la mano. ¿Y creerán ustedes, caballeros, que empezó a mordisquearlo solemnemente? ¡Todos nos desternillábamos de risa! De vez en cuando alguno de los niños se acercaba a ella y le decía muy serio: ¿Es bueno lo que comes, Felisa? Y ella respondía: “Sí, es una de las mejores galletas que he probado en mi vida.”
“Y entonces nos ahogábamos de risa. Al fin nos reímos tan fuerte que el ruido pareció despertar a Felisa y se dio cuenta de lo que estaba haciendo. Parpadeó extrañada, miró la vela y luego a todos, pasándose la mano por la frente.
“-Pero, ¿qué es lo que estoy haciendo aquí? -murmuró.
“-Te estás comiendo una vela de sebo -le gritamos.
“-Yo te lo hice hacer. Yo te lo hice hacer -exclamó Annette bailando a su alrededor.
“Felisa la miró fijamente unos instantes y luego se fue acercando a ella.
“-¿De modo que has sido tú… has sido tú quien me puso en ridículo? Creo recordar. ¡Ah! Te mataré por esto.
“Habló en tono tranquilo, pero Annette echó a correr refugiándose detrás de mí.
“-¡Sálvame, Raúl! Me da miedo Felisa. Ha sido sólo una broma, Felisa. Sólo una broma ¿Comprendes?
“-No me gustan esta clase de bromas -replicó Felisa-. Te odio. Los odio a todos.
“Y echándose a llorar se marchó corriendo.
“Yo creo que Annette estaba asustada por el resultado de su experimento, y no intentó repetirlo, pero a partir de aquel día su ascendencia sobre Felisa se fue haciendo más fuerte.
“Ahora creo que Felisa siempre la odió, pero sin embargo no podía apartarse de su lado y solía seguirla como un perro.
“Poco después de esto, caballeros, me encontraron un empleo y sólo volví al Hogar durante mis vacaciones. No se había tomado en serio el deseo de Annette de ser bailarina, pero su voz se hizo más bonita a medida que iba creciendo, y la señorita Slater consintió gustosamente en dejarla aprender canto.
“Annette no era perezosa, y trabajaba febrilmente, sin descanso, y la señorita Slater se vio obligada a impedir que se excediera, y en cierta ocasión me habló de ella.
“-Tú siempre has apreciado mucho a Annette -me dijo-. Convéncela para que no se esfuerce demasiado. Últimamente tose de una manera que no me gusta.
“Mi trabajo me llevó lejos poco después de esta conversación. Recibí una o dos cartas de Annette al principio, pero luego silencio, los cinco años que permanecí en el extranjero.
“Por pura casualidad, cuando regresé a París me llamó la atención un cartel-anuncio con el nombre de Annette Ravelli y su fotografía. La reconocí en seguida. Aquella noche fui al teatro en cuestión. Annette cantaba en francés e italiano, y en escena estaba maravillosa. Después fui a verla a su camerino y me recibió en seguida.
“-Vaya, Raúl -exclamó tendiéndome las manos-. ¡Esto es maravilloso! ¿Dónde has estado todos estos años?
“Yo se lo hubiera dicho, pero no deseaba escucharme.
“-¡Ves, ya casi he llegado!
“Y con un gesto triunfal me señaló el camerino lleno de flores.
“-La señorita Slater debe estar orgullosa de tu éxito.
“-¿Esa vieja? No, por cierto. Ella me había destinado al Conservatorio… a los conciertos… pero yo soy una artista. Y es aquí, en los teatros de variedades, donde puedo expresar mi personalidad.
“En aquel momento entró un hombre de mediana edad, atractivo y distinguido. Por su comportamiento comprendí en seguida que se trataba del mecenas de Annette. Me miró de soslayo y Annette le explicó:
“-Es un amigo de la infancia. Está de paso en París, ha visto mi retrato en un anuncio, et voilá.
“Aquel hombre era muy amable y cortés, y delante de mí sacó una pulsera de brillantes y rubíes que colocó en la muñeca de Annette. Cuando me levanté para marcharme ella me dirigió una mirada de triunfo diciéndome en un susurro:
“-He llegado, ¿verdad? ¿Comprendes? Tengo el mundo a mis pies.
“Pero al salir del camerino la oí toser con una tos seca y dura. Sabía muy bien lo que significaba. Era la herencia de su madre tuberculosa.
“Volví a verla dos años más tarde. Había ido a buscar refugio junto a la señorita Slater. Su carrera estaba arruinada. Era tal lo avanzado de su enfermedad, que los médicos dijeron que nada podía hacerse.
“¡Ah! ¡Nunca olvidaré cómo la vi entonces! Estaba echada en una especie de cobertizo montado en el jardín. La tenían día y noche al aire libre. Sus mejillas estaban hundidas y sus ojos brillantes y febriles.
“Me saludó con tal desesperación que me quedé estupefacto.
“-Cuánto me alegro de verte, Raúl. ¿Tú ya sabes bien lo que dicen… que no me pondré bien? Lo dicen a mis espaldas, ¿comprendes? Conmigo son todos amables y tratan de consolarme. ¡Pero no es cierto, Raúl, no es cierto! Yo no me dejaré morir. ¿Morir? ¿Con la vida tan hermosa que se extiende ante mí? Es la voluntad de vivir lo que importa. Todos los grandes médicos lo dicen. Yo no soy de esos seres débiles que se abandonan. Ya empiezo a sentirme mejor… muchísimo mejor, ¿oyes?
“Y se incorporó, apoyándose sobre un codo para dar más énfasis a sus palabras, luego cayó hacia atrás, presa de un ataque de tos que estremeció su delgado cuerpo.
“-La tos no es nada -consiguió decir-. Y las hemorragias no me asustan. Sorprenderé a los médicos. Es la voluntad lo que importa. Recuerda, Raúl, yo viviré.
“Era una pena. ¿Comprenden? Una pena.
“En aquel momento llegaba Felisa Bault con una bandeja y un vaso de leche caliente, que dio a Annette, mirando cómo lo bebía con expresión que no pude descifrar… como con cierta satisfacción.
“Annette también captó aquella mirada, y dejó caer el vaso, que se hizo pedazos.
“-¿La has visto? Así es como me mira siempre. ¡Ella se alegra de que vaya a morir! Sí, disfruta. Ella es fuerte y sana. Mírala… ¡nunca ha estado enferma! ¡Ni un solo día! Y todo para nada. ¿De qué le sirve ese corpachón? ¿Qué va a sacar de él?
“Felisa se agachó para coger los pedazos de cristal.
“-No me importa lo que diga -comenzó con voz inexpresiva-. ¿A mí qué? Soy una chica respetable. Y en cuanto a ella, sabrá lo que es el Purgatorio dentro de poco. Yo soy cristiana y nada digo.
“-¡Tú me odias! -exclamó Annette-. Siempre me has odiado. ¡Ah!, pero de todas maneras puedo encantarte. Puedo hacer que hagas mi voluntad. Mira, ahora mismo, si te lo pidiera sin ninguna duda te pondrías de rodillas ante mí encima de la hierba.
“-No seas absurda -dijo Felisa intranquila.
“-Pues sí que lo harás. Lo harás… para complacerme. Arrodíllate. Yo, Annette, te lo pido. Arrodíllate, Felisa.
“No sé si sería por el maravilloso mandato de su voz, o por un motivo más profundo, pero el caso es que Felisa obedeció. Se puso de rodillas lentamente, con los brazos extendidos hacia delante y el rostro ausente mirando estúpidamente al vacío.
“Annette, echando la cabeza hacia atrás, rió con todas sus fuerzas.
“-¡Mira qué cara más estúpida pone! ¡Qué ridícula está! ¡Ya puedes levantarte, Felisa, gracias! Es inútil que frunzas el ceño. Soy tu ama, y tienes que hacer lo que yo diga.
“Se desplomó exhausta sobre las almohadas, y Felisa, recogiendo la bandeja, se alejó lentamente. Una vez se volvió a mirar por encima del hombro, y el profundo resentimiento de su mirada me sobresaltó.
“Yo no estaba allí cuando murió Annette, pero, al parecer, fue terrible. Se aferraba a la vida con desesperación, luchando contra la muerte como una posesa, y gritando: “No moriré. Tengo que vivir… vivir…”
“Me lo contó la señorita Slater, cuando seis meses más tarde fui a verla. “Mi pobre Raúl -me dijo con tono amable-. Tú la querías, ¿verdad?”
“-Siempre la quise… siempre. Pero ¿de qué hubiera podido servirle? No hablemos de eso. Ahora está muerta… ella… tan alegre… y tan llena de vida.
“La señorita Slater era mujer comprensiva y se puso a hablar de otras cosas. Estaba preocupada por Felisa. La joven había sufrido una extraña crisis nerviosa y desde entonces su comportamiento era muy extraño.
“-¿Sabes -me dijo la señorita Slater tras una ligera vacilación- que está aprendiendo a tocar el piano?
“Yo lo ignoraba y me sorprendió mucho. ¡Felisa… aprendiendo a tocar el piano! Yo hubiera jurado que era totalmente incapaz de distinguir una nota de otra.
“-Dicen que tiene talento -continuó la señorita Slater-. No comprendo. Siempre la había considerado…, bueno, Raúl, tú mismo sabes que fue siempre una niña estúpida.
“Asentí.
“-Su comportamiento es tan extraño que no sé qué pensar.
“Pocos minutos después entré en la sala de lectura. Felisa tocaba el piano… la misma tonadilla que oí cantar a Annette en París. Comprendan, caballeros, que me quedé de una pieza. Y luego, al oírme, se interrumpió de pronto volviéndose a mirarme con ojos llenos de malicia e inteligencia. Por un momento pensé…, bueno, no voy a decirles lo que pensé entonces.
“-Tiens! -exclamó-. De manera que es usted… monsieur Raúl.
“No puedo describir cómo lo dijo. Para Annette nunca había dejado de ser Raúl, pero Felisa, desde que volvimos a encontrarnos de mayores, siempre me llamaba monsieur Raúl. Mas entonces lo dijo de un modo distinto…, como si el monsieur fuera algo divertido.
“-Vaya, Felisa -le contesté-, te veo muy cambiada.
“-¿Sí? -replicó pensativa-. Es curioso, pero no te pongas serio, Raúl…, decididamente te llamaré Raúl… ¿Acaso no jugábamos juntos cuando éramos niños…? La vida se ha hecho para reír. Hablemos de la pobre Annette… que está muerta y enterrada. ¿Estará en el Purgatorio o dónde?
“Y tarareó cierta canción…, desentonando bastante, pero las palabras llamaron mi atención.
“-¡Felisa! -exclamé-. ¿Sabes italiano?
“-¿Por qué no, Raúl? Yo no soy tan estúpida como parecía -y se rió de mi confusión.
“-No comprendo… -comencé a decir.
“-Pues yo te lo explicaré. Soy una magnífica actriz, aunque nadie lo sospechaba. Puedo representar muchos papeles… y muy bien, por cierto.
“Volvió a reír y salió corriendo de la habitación antes de que pudiera detenerla.
“La volví a ver antes de marcharme. Estaba durmiendo en un sillón y roncaba pesadamente. La estuve mirando fascinado…, aunque me repelía. De pronto se despertó sobresaltada, y sus ojos apagados y sin vida se encontraron con los míos.
“-Monsieur Raúl -murmuró mecánicamente.
“-Sí, Felisa. Yo me marcho. ¿Querrás tocar algo antes de que me vaya?
“-¿Yo? ¿Tocar? ¿Se está riendo de mí, monsieur Raúl?
“-¿No recuerdas que esta mañana tocaste para mí?
“Felisa meneó la cabeza.
“-¿Tocar yo? ¿Cómo es posible que sepa tocar una pobre chica como yo?
“Hizo una pausa como si reflexionara, y luego se acercó a mí.
“-¡Monsieur Raúl, ocurren cosas extrañas en esta casa! Le gastan a una bromas. Varían las horas del reloj. Sí, sí, sé lo que digo. Y todo eso es obra de ella.
“-¿De quién? -pregunté sobresaltado.
“-De Annette, esta malvada. Cuando vivía siempre me estaba atormentando, y ahora que ha muerto, vuelve del otro mundo para seguir mortificándome.
“La miré fijamente. Ahora comprendo que estaba al borde del terror y sus ojos estaban a punto de salir de sus órbitas.
“-Es mala. Le aseguro que es mala. Sería capaz de quitar a cualquiera el pan de la boca, la ropa y el alma…
“De pronto se agarró a mí.
“-Tengo miedo, se lo aseguro…, miedo. Oigo su voz…, no en mis oídos… sino aquí… en mi cabeza -se tocó la frente-. Se me llevará muy lejos… y entonces, ¿qué haré… qué será de mí?
“Su voz se fue elevando hasta convertirse en un alarido y vi en sus ojos el terror de las bestias acorraladas.
“De pronto sonrió…, fue una sonrisa agradable, llena de astucia, que me hizo estremecer.
“-Si llegara eso, monsieur Raúl…, tengo mucha fuerza en mis manos…, tengo mucha fuerza en las manos.
“Nunca me había fijado particularmente en sus manos. Entonces las miré y me estremecí a pesar mío. Eran unos dedos gruesos, brutales, y como Felisa había dicho, extraordinariamente fuertes. No sabría explicarles la sensación de náuseas que me invadió. Con unas manos como aquéllas su padre debió estrangular a su madre.
“Aquélla fue la última vez que vi a Felisa Bault. Inmediatamente después marché al extranjero…, a Sudamérica. Regresé dos años después de su muerte. Algo había leído en los periódicos de su vida y muerte repentina. Y esta noche me he enterado de más detalles… por ustedes. Felisa Tercera y Felisa Cuarta… Me estoy preguntando si… ¡Era una buena actriz! ¿Saben?”
El tren fue aminorando su velocidad, y el hombre sentado en la esquina se irguió para abrochar mejor su abrigo.
-¿Cuál es su teoría? -preguntó el abogado.
-Apenas puedo creerlo… -comenzó a decir el canónigo Parfitt.
El médico nada dijo, pero miraba fijamente a Raúl Letardeau.
-Es capaz de quitarle a uno el pan de la boca, la ropa…, el alma… -repitió el francés poniéndose en pie-. Les aseguro, messieurs, que la historia de Felisa Bault es la historia de Annette Ravel. Ustedes no la conocieron, caballeros. Yo sí… y amaba mucho la vida.
Con la mano en el pomo de la puerta, dispuesto a apearse, se volvió de pronto, yendo a dar un golpecito en el pecho del canónigo.
-Monsieur le docteur acaba de decir que esto -le dio un golpe en el estómago y el pastor pegó un respingo- es sólo una coincidencia. Dígame, si encontrara un ladrón en su casa, ¿qué haría? Pegarle un tiro, ¿no?
-No -exclamó el canónigo-. No…, quiero decir… que en este país, no.
Pero sus palabras se perdieron en el aire mientras la puerta del compartimiento se cerraba de golpe.
El clérigo, el abogado y el médico se habían quedado solos. El cuarto asiento estaba vacío.
FIN

Agatha Christie (1890-1976), una de las escritoras inglesas más destacadas del siglo XX, autora de más de 66 novelas y varios dramas policiales.