miércoles, 31 de diciembre de 2014

El mejor safari


Autor: Nadine Gordimer -  Sudáfrica



Aquella noche nuestra madre fue a la tienda y no regresó. Nunca. ¿Qué había pasado? No lo sé. También mi padre se había marchado un día para nunca regresar; pero es que él fue a la guerra. Donde nosotros estábamos también había guerra, pero éramos pequeños y, al igual que la abuela y el abuelo, no teníamos armas. Aquellos contra quienes mi padre luchaba -los bandidos, los llama nuestro gobierno- irrumpían en el lugar donde vivíamos y nosotros huíamos de ellos como gallinas perseguidas por perros. No sabíamos adónde ir. Nuestra madre fue a la tienda porque decían que se podía comprar aceite para cocinar. Nos alegró porque hacía mucho que no probábamos el aceite. Puede que comprase aceite y que alguien la atacase en la oscuridad y le quitase aquel aceite. Puede que se topase con los bandidos. Si te encuentras con ellos, te matan. En dos ocasiones entraron en nuestro pueblo y corrimos a ocultarnos en el bosque, y cuando se hubieron marchado regresamos y descubrimos que se lo habían llevado todo. Pero la tercera vez que vinieron no quedaba nada que pudieran llevarse, ni aceite ni comida, así que le prendieron fuego a la paja y los techos de nuestras casas se hundieron. Mi madre encontró unas chapas de hojalata y las pusimos para cubrir parte de la casa. La esperamos allí la noche que no regresó. 


Nos daba pánico salir, incluso para hacer nuestras cosas, porque sí que habían llegado los bandidos; no a nuestra casa -sin techo debía de parecer que no había nadie, que todos se habían ido-, pero sí al pueblo. Oíamos que la gente gritaba y corría. Nos daba miedo incluso correr, sin que nuestra madre nos dijese hacia dónde. Yo soy la segunda, la chica, y mi hermanito se agarraba a mi estómago, rodeándome el cuello con los brazos y la cintura con las piernas, igual que un monito a su madre. Mi hermano mayor se pasó toda la noche con un trozo de madera astillada en la mano, parte de uno de los palos que sostenían la casa y se habían quemado; era para defenderse si los bandidos lo encontraban.

Nos quedamos allí todo el día. Aguardándola. No sé que día era; en nuestro pueblo ya no había escuela ni iglesia, así que no sabíamos si era domingo o lunes.

Al ponerse el sol, llegaron la abuela y el abuelo. Alguien del pueblo les había dicho que los niños estábamos solos; nuestra madre no había regresado. Digo «abuela» antes que «abuelo» porque es así: nuestra abuela es alta y fuerte, y aún no es vieja, y nuestro abuelo es bajito, apenas se le ve en sus holgados pantalones, sonríe pero no ha oído lo que le dices, y lleva el pelo que parece lleno de restos de jabón, La abuela nos llevó -a mí, al chiquitín, a mi hermano mayor y al abuelo- a su casa y todos teníamos miedo (salvo el chiquitín, que iba dormido en la espalda de la abuela) de encontrarnos a los bandidos por el camino. Estuvimos esperando mucho tiempo en casa de la abuela. Puede que un mes. Teníamos hambre. Nuestra madre nunca regresó. Durante el tiempo que estuvimos esperando que viniese a buscarnos, la abuela no pudo darnos comida, no tenía comida para el abuelo ni para ella. Una mujer que tenía leche en los pechos nos dio un poco para mi hermanito, aunque él en casa comía gachas, igual que nosotros. La abuela nos llevó a buscar espinacas silvestres, pero toda la gente del pueblo hacía lo mismo y no quedaba ni una hoja.

El abuelo, aunque se quedaba un poquito atrás, salió a pie con unos jóvenes a buscar a nuestra madre, pero no la encontró. Nuestra abuela lloró con otras mujeres y yo canté los himnos con ellas. Trajeron un poco de comida -alubias- pero al cabo de dos días nos quedamos otra vez sin nada. El abuelo tuvo tres ovejas y una vaca y un huerto, pero ya hacía mucho tiempo que los bandidos le habían quitado las ovejas y la vaca, porque ellos también pasaban hambre; y al llegar la época de la siembra el abuelo se había quedado sin semillas que sembrar.

Así que decidieron -nuestra abuela, porque el abuelo hizo unos ruiditos, balanceándose, pero ella no le prestó atención- que nos marchásemos. Mis hermanos y yo nos alegramos. Queríamos irnos de allí donde ya no estaba nuestra madre y donde pasábamos hambre. Queríamos ir a donde no hubiese bandidos y hubiese comida. Era estupendo pensar que tenía que haber un lugar semejante lejos de allí.

La abuela dio su ropa de ir a la iglesia a una persona a cambio de maíz seco, que hirvió y envolvió en un trapo. Nos llevamos el maíz al marcharnos y ella creyó que podríamos encontrar agua en algún río, pero no dimos con ningún río y pasamos tanta sed que tuvimos que regresar. No hasta casa de los abuelos, sino hasta un pueblo donde había bomba de agua. Ella destapó la cesta donde llevaba ropa y el maíz y vendió sus zapatos para comprar un bidón grande agua. Yo dije: Gogo, ¿cómo vas a ir a la iglesia ahora si no llevas siquiera zapatos?, pero ella dijo que el viaje era largo y llevábamos demasiado peso. En aquel pueblo encontramos a otra gente que también se marchaba. Nos unimos a ellos porque parecían saber mejor que nosotros dónde estaba aquello.

Para llegar allí teníamos que cruzar el Parque Kruger. Habíamos oído hablar del Parque Kruger como de un país entero lleno de animales: elefantes, leones chacales, hienas, hipopótamos, cocodrilos, toda clase de animales. En nuestro país teníamos algunos iguales, antes de la guerra (la abuela lo recuerda, mis hermanos y yo no habíamos nacido), pero los bandidos matan a los elefantes y venden los colmillos, y los bandidos y nuestros soldados se han comido toda la caza. En nuestro pueblo había un hombre sin piernas: un cocodrilo se las arrancó en nuestro río; pero a pesar de ello nuestro país es un país de personas y no de animales. Habíamos oído hablar del Parque Kruger porque algunos de nuestros hombres iban a trabajar allí, a unos sitios donde acudían los blancos de visita y para ver los animales.

Así que reemprendimos el viaje. Había mujeres, y otras niñas como yo que tenían que llevar a los pequeños a cuestas cuando las mujeres se cansaban. Un hombre nos guió hasta el Parque Kruger. Es que aún no llegamos, es que aún no llegamos, no paraba yo de preguntarle a la abuela. Todavía no, decía el hombre, cuando ella se lo preguntaba por mí. Él nos explicó que tendríamos que dar un gran rodeo siguiendo la cerca, que nos mataría, nos dijo, achicharrándonos la piel en cuanto la tocásemos, igual que los cables de lo alto de los postes que llevan la luz eléctrica a nuestras ciudades. Yo ya he visto ese dibujo de una cabeza sin ojos ni piel ni pelo, en una caja de hierro del hospital de la Misión que teníamos antes de que lo volasen.

Al preguntar otra vez, dijeron que llevábamos una hora caminando por el Parque Kruger. Pero tenía el mismo aspecto que el chaparral por donde caminamos todo el día, y no habíamos visto más animales que monos y pájaros como los que hay donde vivimos, y una tortuga que, como es natural, no pudo escapar de nosotros. Mi hermano mayor y los otros chicos se la trajeron al hombre para matarla, guisarla y comérnosla. El hombre la dejó libre porque dijo que no podíamos encender fuego; que mientras estuviésemos en el Parque no deberíamos encender fuego porque el humo indicaría que estábamos allí. La policía y los guardas vendrían y nos obligarían a volver por donde habíamos venido. Dijo que teníamos que ir de un lado a otro como los animales entre animales, lejos de las carreteras, lejos de los campamentos de los blancos. Y justo en aquel momento oí, estoy segura de que fui la primera en oírlo, un crujir de ramas y el sonido de algo que se abría paso entre la hierba, y casi chillé porque creí que era la policía, los guardas (con quienes él nos dijo que tuviésemos cuidado) que habían dado con nosotros. Y era un elefante, y otro elefante, y más elefantes, grandes manchas oscuras que se movían por dondequiera que mirases entre los árboles. Arrollaban la trompa en las hojas rojas de los árboles de mopane y se las embutían en la boca. Los elefantitos se pegaban a sus madres. Los que ya eran un poco mayores peleaban entre sí igual que mi hermano mayor con sus amigos, pero con la trompa en lugar de con los brazos. Yo los observaba con tal interés que me olvidé de que tenía miedo. El hombre nos dijo que permaneciésemos quietos y en silencio mientras los elefantes pasaban. Pasaron muy lentamente, porque los elefantes son demasiado grandes para necesitar huir de nadie. 

Los gamos corrían ante nosotros. Saltaban tan alto que parecían volar. Los facóqueros se paraban en seco al oírnos, y se alejaban zigzagueando como solía hacerlo un chico de nuestro pueblo con la bicicleta que su padre trajo de las minas. Seguimos a los animales hasta donde bebían. Cuando se marchaban íbamos a sus pozas. Nunca pasábamos sed porque encontrábamos agua, pero los animales comían, comían constantemente. Siempre que los veías estaban comiendo hierba, árboles, raíces. Y no había nada para nosotros. El maíz se nos había terminado. Lo único que podíamos comer era lo que comían los babuinos, pequeños higos resecos llenos de hormigas, que crecen en las ramas de los árboles junto a los ríos. Era duro ser como animales. 

Cuando hacía mucho calor, durante el día encontrábamos leones echados y durmiendo. Eran del color de la hierba y no los descubríamos a primera vista, aunque el hombre sí, y nos hacía retroceder y dar un largo rodeo para no pasar por donde dormían. Yo quería echarme como los leones. Mi hermanito estaba adelgazando pero pesaba mucho. Cuando la abuela me buscaba, para cargármelo a la espalda, yo intentaba escabullirme. Mi hermano mayor dejó de hablar; y cuando descansábamos tenían que zarandearle para que se volviese a levantar, como si ahora fuese igual que el abuelo, que no oía. Vi que la abuela tenía la cara llena de moscas y que no se las espantaba; me asusté. Cogí una hoja de palmera y se las quité.

Caminábamos de día y de noche. Veíamos los fuegos donde los blancos cocinaban en los campamentos y olíamos el humo y la comida. Mirábamos las hienas, que iban agachadas como si sintiesen vergüenza, deslizarse por el chaparral siguiendo aquel olor. Si una de ellas volvía la cabeza, le veías unos ojos grandes y brillantes, como los nuestros cuando nos mirábamos unos a otros en la oscuridad. El viento traía voces en nuestra lengua desde los cercados donde viven quienes trabajan en los campamentos. Una de las mujeres que iba con nosotros quería ir a verlos por la noche y pedirles que nos ayudasen. Pueden darnos la comida de los cubos de basura, dijo, y empezó a lamentarse y la abuela tuvo que agarrarla y taparle la boca con la mano. El hombre que nos guiaba nos había dicho que debíamos rehuir a aquellos de los nuestros que trabajaban en el Parque Kruger; si nos ayudaban, perderían su trabajo. Si nos veían, todo lo que podían hacer era fingir que no éramos nosotros, que lo que habían visto eran animales. 

A veces nos deteníamos a dormir un poco durante la noche. Dormíamos muy juntos. No sé que noche fue (porque caminábamos y caminábamos siempre y a todas horas) pero una vez oímos que los leones estaban muy cerca. Sus rugidos no eran como los que se oían desde lejos. Jadeaban como nosotros al correr, aunque es un jadeo diferente: se nota que no corren, que acechan por allí cerca. Nos apretábamos unos contra otros, unos encima de otros, y los de los lados intentaban refugiarse en el centro, donde estaba yo. Me aplastaron contra una mujer que olía mal porque tenía miedo, pero me alegré de poder agarrarme fuertemente a ella. Rogué a Dios que hiciera que los leones cogieran a alguien de los lados y se marcharan. Cerré los ojos para no ver el árbol desde donde cualquier león podía saltar y caerme justo encima. En lugar del león saltó el hombre que nos guiaba; puesto en pie, comenzó a golpear el árbol con una rama seca. Nos había enseñado a no hacer nunca ruido, pero él gritaba. Gritaba a los leones como solía hacerlo un borracho de nuestro pueblo, que le gritaba al aire. Los leones se retiraron. Los oímos rugir, devolviéndole los gritos desde lejos.

Estábamos cansados, cansadísimos. Mi hermano mayor y el hombre tenían que aupar al abuelo y pasarlo de piedra en piedra allí donde encontrábamos vados para cruzar los ríos. La abuela es fuerte, pero le sangraban los pies. Ya no podíamos seguir llevando las cestas en la cabeza, no podíamos cargar con nada, excepto mi hermanito. Dejamos nuestras cosas bajo un arbusto. Con tirar de nuestros cuerpos hasta allí ya será mucho, dijo la abuela. Luego comimos frutos silvestres que en el pueblo no conocíamos y tuvimos retortijones. Estábamos entre la hierba que llaman elefante porque es casi tan alta como un elefante, aquel día que nos dieron los dolores, y el abuelo no podía agacharse allí delante de todos como mi hermanito, y se fue un poco más allá para hacerlo a solas. Nosotros teníamos que seguir, no paraba de decirnos el hombre que nos guiaba, no podíamos retrasarnos, pero le pedimos que aguardase al abuelo. 

Así que todos aguardaron a que el abuelo nos alcanzase. Pero no nos alcanzó. Era en pleno día; los insectos zumbaban en nuestros oídos y no lo oímos moverse entre la hierba. No podíamos verle porque la hierba era muy alta y él muy bajito. Pero debía de andar por allí, metido en sus holgados pantalones y en la camisa rasgada que la abuela no le pudo coser porque no tenía hilo. Sabíamos que no podía estar lejos porque era débil y lento. Fuimos todos a buscarle, pero en grupos, no fuese que también nosotros nos perdiésemos de vista entre la hierba. Esta se nos metía en los ojos y en la nariz. Continuábamos llamando al abuelo, pero el zumbido de los insectos debió de llenar el pequeño espacio que le quedaba para oír en las orejas. Miramos y miramos, pero no dábamos con él. Estuvimos entre aquella hierba tan alta toda la noche. En sueños, me lo encontré acurrucado en un espacio que había apisonado con los pies, igual que hacen los antílopes para ocultar sus crías. 

Al despertarme seguía sin aparecer. Así que continuamos buscando, y para entonces vimos senderos que habíamos abierto de tanto pasar entre la hierba, y sería fácil para él encontrarnos si nosotros no le encontrábamos. Todo aquel día no hicimos más que quedarnos sentados y aguardar. Todo está muy tranquilo cuando tienes el sol encima de la cabeza, dentro de la cabeza, aunque te acuestes como los animales, bajo los árboles. Yo me tendí boca arriba y vi esos feos pájaros de pico ganchudo y cuello desnudo volando en círculo por encima de nosotros. Habíamos pasado muchas veces por delante de ellos mientras descarnaban huesos de animales muertos, de los que no quedaba nada que pudiésemos comer también nosotros. Ronda tras ronda, elevándose y descendiendo y de nuevo elevándose. Veía sus cabezas asomar por todos lados. Volando en círculo sin parar. Noté que la abuela, quieta allí sentada con mi hermanito en su regazo, también los veía.

Por la tarde, el hombre que nos guiaba se acercó a la abuela y le dijo que los demás debían continuar. Le dijo que si sus hijos no comían, morirían pronto. 

La abuela no dijo nada.

Le traeré agua antes de marcharnos, dijo él.

La abuela nos miró, a mí, a mi hermano mayor y a mi hermanito, que estaba en su regazo. Nosotros observábamos cómo los demás se levantaban para marcharse. Yo no podía creer que la hierba se vaciaría en todo el derredor, donde ellos habían estado. Que nos quedaríamos solos en aquel lugar, el Parque Kruger: la policía o los animales darían con nosotros. Me saltaron lágrimas de los ojos y de la nariz y me cayeron en las manos, pero la abuela no hizo caso. Se levantó, con los pies separados tal como los pone para izar un haz de leña, allá en casa, en nuestro pueblo; se colgó a mi hermanito a la espalda y lo ató con su vestido (la parte de arriba se le había desgarrado y llevaba sus grandes pechos al aire, pero no había nada en ellos para él). Y dijo entonces: Vamos.

Así que dejamos el lugar de la hierba alta. Lo dejamos atrás. Fuimos con los demás y con el hombre que nos guiaba. Emprendimos la marcha, otra vez.


Hay una tienda muy grande, más grande que una iglesia o una escuela, sujeta al suelo. No podía imaginar que aquello fuese lo que era, al llegar allá lejos. Vi una cosa parecida la vez que nuestra madre nos llevó a la ciudad porque se enteró de que nuestros soldados estaban allí y quería preguntarles si sabían donde estaba nuestro padre. En aquella tienda la gente cantaba y rezaba. Esta es azul y blanca como aquella pero no es para rezar y cantar; vivimos en ella con muchos otros que han llegado de nuestra tierra. La hermana de la clínica dice que somos doscientos sin contar los bebés; han nacido algunos por el camino a través del Parque Kruger.

Dentro, está oscuro incluso cuando luce el sol, y es como una especie de pueblo. En lugar de casas, cada familia tiene unos espacios separados por sacos o cartones de cajas -lo que encontremos- para que las demás familias sepan que es tu espacio y que no deben entrar aunque no haya puerta ni ventanas ni techumbres, de manera que si estás de pie y no eres una niña pequeña puedes ver el interior de la casa de todo el mundo. Algunos incluso han hecho pintura con piedras del suelo y han dibujado cosas en los sacos. 

Pero sí que hay un techo de verdad: la tienda es el techo, alto, muy alto. Como el cielo. Como una montaña, y nosotros estamos dentro de ella; por las grietas bajan caminos de polvo, tan prietos que parece que se pudiera trepar por ellos. La tienda no deja entrar el agua por arriba, pero entra por los lados y por las callecitas que separan nuestros espacios (solo puede pasar por ellas una persona cada vez) y los pequeños como mi hermanito juegan con el barro. Hay que saltar por encima de ellos para pasar. Mi hermanito no juega. La abuela lo lleva a la clínica cuando viene el médico el lunes. La hermana dice que le pasa algo en la cabeza, y cree que es porque no teníamos bastante comida en casa. Por la guerra. Porque nuestro padre no estaba. Y porque luego había pasado mucha hambre en el Parque Kruger. Solo quiere estar todo el día encima de la abuela, en su regazo o pegado a ella, y no hace más que mirarnos y mirarnos. Quiere pedir algo pero se nota que no puede. Si le hago cosquillas solo sonríe un poquito. En la clínica nos dan un polvo especial para hacerle gachas y puede que un día se ponga bien. 

Cuando llegamos estábamos con él, mi hermano mayor y yo. Casi no me acuerdo. Los vecinos del pueblo que está cerca de la tienda nos llevaron a la clínica, donde tienes que firmar que has llegado, desde muy lejos, por el Parque Kruger. Nos sentamos en la hierba y todo estaba embarrado. Había una hermana muy guapa con el pelo muy estirado y unos bonitos zapatos de tacón alto, que nos trajo el polvo especial. Nos dijo que teníamos que mezclarlo con agua y beberlo despacio. Nosotros rasgamos los paquetes con los dientes y lamimos todo el polvo; a mí se me quedó pegado en la boca y me chupé los labios y los dedos. Otros niños que hicieron el viaje con nosotros vomitaron. Pero yo solo notaba que todo se removía dentro de mi estómago, y que lo que me había tragado bajaba y se me arrollaba como una serpiente, y me dio un hipo muy fuerte. Otra hermana nos dijo que nos pusiésemos en fila en el porche de la clínica pero no pudimos. Nos quedamos todos por allí sentados, cayendo unos sobre otros; las hermanas nos ayudaron a todos a levantarnos cogiéndonos del brazo y luego nos clavaron una aguja. Con otras agujas nos sacaron la sangre y la metieron en unas botellitas. Era contra la enfermedad, pero yo no lo comprendía, y cada vez que cerraba los ojos me figuraba que aún caminaba, y que la hierba era alta, y veía a los elefantes, y no sabía que estábamos allá lejos. 

Pero la abuela aún era fuerte, todavía podía tenerse en pie, y como sabe escribir firmó por nosotros. La abuela nos consiguió este espacio en la tienda junto a uno de los lados; es el mejor sitio porque, aunque entre agua cuando llueve, podemos levantar la lona cuando hace buen tiempo y nos da el sol, y se van los olores de la tienda. La abuela conoce aquí a una mujer que le enseñó dónde hay buena hierba para hacer esteras para dormir, y la abuela nos las hizo. Una vez al mes llega a la clínica el camión de la comida. La abuela va con una de las tarjetas que firmó y cuando le hacen el agujero nos dan un saco de maíz. Hay carretillas para llevarlo a la tienda; mi hermano mayor lo carga por ella, y luego él y los otros chicos hacen carreras con las carretillas vacías hasta la clínica. A veces tiene suerte y un hombre que ha comprado cerveza en el pueblo le da dinero para que la transporte; aunque esto no está permitido, porque hay que devolver las carretillas enseguida a las hermanas. Él se compra un refresco y me da un trago si le pillo. Otra vez al mes, la iglesia deja un montón de ropa vieja en el patio de la clínica. La abuela tiene otra tarjeta para que le hagan el agujero, y entonces podemos elegir algo: yo tengo dos vestidos, dos pantalones y un suéter, así que puedo ir a la escuela. 

Los del pueblo nos dejan ir a su escuela. Me sorprendió que hablasen nuestra lengua. La abuela me dijo: Por eso nos dejan estar en su tienda. Hace mucho tiempo, en tiempos de nuestros padres, no había la cerca que mata, no estaba el Parque Kruger entre ellos y nosotros, y éramos todos un solo pueblo bajo nuestro propio rey, desde el hogar de donde nos marchamos hasta este sitio adonde hemos llegado.

Llevamos ya mucho tiempo en la tienda (yo he cumplido once años y mi hermanito tiene casi tres, aunque es muy pequeño, solo tiene grande la cabeza, y aún no está del todo bien) y han cavado por todo el derredor y han plantado alubias y trigo y berzas. Los ancianos entretejen ramas para vallar sus jardines. No está permitido que nadie vaya a buscar trabajo en las ciudades, pero algunas mujeres lo han encontrado en el pueblo y pueden comprar cosas. La abuela, como todavía está fuerte, consigue trabajo donde la gente construye casas; porque en este lugar la gente construye bonitas casas con ladrillos y cemento, y no con barro como las que teníamos en nuestro pueblo. La abuela acarrea ladrillos para ellos y cestas de piedra en la cabeza. Así que tiene dinero para comprar azúcar y té y leche y jabón. El almacén le ha regalado un calendario que ella ha colgado en la lona de nuestra tienda. Voy muy bien en la escuela, y ella guardó los papeles de los anuncios que la gente tira al salir de comprar en el almacén y me forró los libros. A mi hermano mayor y a mí nos manda hacer los deberes todas las tardes antes de que oscurezca, porque no hay sitio más que para estar echados, muy juntos, como hacíamos en el Parque Kruger, aquí en nuestro espacio de la tienda, y las velas son caras. La abuela todavía no ha podido comprarse un par de zapatos para ir a la iglesia, pero nos ha comprado zapatos negros de colegiales y betún para lustrarlos a mi hermano mayo y a mí. Todas las mañanas, al levantarnos, los chiquitines lloran, la gente se empuja frente a los grifos de afuera y algunos niños ya rebañan los restos de gachas pegados en las ollas de las que comimos por la noche y mi hermano mayor y yo nos lustramos los zapatos. La abuela nos hace sentar en las esteras con las piernas estiradas para ver bien los zapatos y asegurarse de que los hemos hecho como es debido. Nadie más en la tienda tiene auténticos zapatos de colegial. Al mirar a los demás es como si estuviésemos otra vez en una verdadera casa, sin guerra, y no aquí lejos. 

Llegaron unos blancos a tomarnos fotografías a los que vivimos en la tienda; dijeron que estaban haciendo una película, que es algo que nunca he visto pero sé lo que es. Una mujer blanca se metió en nuestro espacio y le hizo a la abuela unas preguntas que uno que entiende la lengua de la mujer blanca nos dijo en la nuestra.

¿Cuánto tiempo llevan viviendo de este modo?

¿Quiere decir aquí?, dijo la abuela. En esta tienda, dos años y un mes.

¿Y qué espera del futuro?

Nada. Estoy aquí.

¿Y para sus pequeños? 

Quiero que aprendan para que puedan conseguir buenos empleos y dinero.

¿Confían en regresar a Mozambique, a su país? 

No volveré.

¿Pero cuando termine la guerra… y no puedan quedarse aquí? ¿No desea volver a su hogar?

No me pareció que la abuela quisiera seguir hablando. No me pareció que fuese a contestar a la mujer blanca. La mujer blanca ladeó la cabeza y nos sonrió.

La abuela apartó la mirada de la mujer blanca y dijo: Ya no hay nada. No hay hogar.

¿Por qué dirá esto la abuela? ¿Por qué? Yo volveré. Yo volveré a través del Parque Kruger. Después de la guerra, cuando ya no queden más bandidos, quizá nuestra madre nos estará esperando. Y puede que cuando dejamos al abuelo solo se rezagase, que acabase por encontrar el camino, y fuese poquito a poco, a través del Parque Kruger, y esté también allí. Estarán en casa, y yo los recordaré. 

Nadine Gordimer

(Springs, 1923 - Johannesburgo, 2014) Narradora y ensayista sudafricana en lengua inglesa; fue la primera mujer africana que recibió el premio Nobel de Literatura, en 1991.

sábado, 27 de diciembre de 2014

En el bosque

[Cuento. Texto completo.]


                              Ryunosuke Akutagawa - Japón


Declaración del leñador interrogado por el oficial de investigaciones de la Kebushi
-Yo confirmo, señor oficial, mi declaración. Fui yo el que descubrió el cadáver. Esta mañana, como lo hago siempre, fui al otro lado de la montaña para hachar abetos. El cadáver estaba en un bosque al pie de la montaña. ¿El lugar exacto? A cuatro o cinco cho, me parece, del camino del apeadero de Yamashina. Es un paraje silvestre, donde crecen el bambú y algunas coníferas raquíticas.
El muerto estaba tirado de espaldas. Vestía ropa de cazador de color celeste y llevaba un eboshi de color gris, al estilo de la capital. Sólo se veía una herida en el cuerpo, pero era una herida profunda en la parte superior del pecho. Las hojas secas de bambú caídas en su alrededor estaban como teñidas de suho. No, ya no corría sangre de la herida, cuyos bordes parecían secos y sobre la cual, bien lo recuerdo, estaba tan agarrado un gran tábano que ni siquiera escuchó que yo me acercaba.
¿Si encontré una espada o algo ajeno? No. Absolutamente nada. Solamente encontré, al pie de un abeto vecino, una cuerda, y también un peine. Eso es todo lo que encontré alrededor, pero las hierbas y las hojas muertas de bambú estaban holladas en todos los sentidos; la victima, antes de ser asesinada, debió oponer fuerte resistencia. ¿Si no observé un caballo? No, señor oficial. No es ese un lugar al que pueda llegar un caballo. Una infranqueable espesura separa ese paraje de la carretera.

Declaración del monje budista interrogado por el mismo oficial
-Puedo asegurarle, señor oficial, que yo había visto ayer al que encontraron muerto hoy. Sí, fue hacia el mediodía, según creo; a mitad de camino entre Sekiyama y Yamashina. Él marchaba en dirección a Sekiyama, acompañado por una mujer montada a caballo. La mujer estaba velada, de manera que no pude distinguir su rostro. Me fijé solamente en su kimono, que era de color violeta. En cuanto al caballo, me parece que era un alazán con las crines cortadas. ¿Las medidas? Tal vez cuatro shaku cuatro sun, me parece; soy un religioso y no entiendo mucho de ese asunto. ¿El hombre? Iba bien armado. Portaba sable, arco y flechas. Sí, recuerdo más que nada esa aljaba laqueada de negro donde llevaba una veintena de flechas, la recuerdo muy bien.
¿Cómo podía adivinar yo el destino que le esperaba? En verdad la vida humana es como el rocío o como un relámpago... Lo lamento... no encuentro palabras para expresarlo...

Declaración del soplón interrogado por el mismo oficial
-¿El hombre al que agarré? Es el famoso bandolero llamado Tajomaru, sin duda. Pero cuando lo apresé estaba caído sobre el puente de Awataguchi, gimiendo. Parecía haber caído del caballo. ¿La hora? Hacia la primera del Kong, ayer al caer la noche. La otra vez, cuando se me escapó por poco, llevaba puesto el mismo kimono azul y el mismo sable largo. Esta vez, señor oficial, como usted pudo comprobar, llevaba también arco y flechas. ¿Que la víctima tenía las mismas armas? Entonces no hay dudas. Tajomaru es el asesino. Porque el arco enfundado en cuero, la aljaba laqueada en negro, diecisiete flechas con plumas de halcón, todo lo tenía con él. También el caballo era, como usted dijo, un alazán con las crines cortadas. Ser atrapado gracias a este animal era su destino. Con sus largas riendas arrastrándose, el caballo estaba mordisqueando hierbas cerca del puente de piedra, en el borde de la carretera.
De todos los ladrones que rondan por los caminos de la capital, este Tajomaru es conocido como el más mujeriego. En el otoño del año pasado fueron halladas muertas en la capilla de Pindola del templo Toribe, una dama que venía en peregrinación y la joven sirvienta que la acompañaba. Los rumores atribuyeron ese crimen a Tajomaru. Si es él quien mató a este hombre, es fácil suponer qué hizo de la mujer que venía a caballo. No quiero entrometerme donde no me corresponde, señor oficial, pero este aspecto merece ser aclarado.

Declaración de una anciana interrogada por el mismo oficial
-Sí, es el cadáver de mi yerno. Él no era de la capital; era funcionario del gobierno de la provincia de Wakasa. Se llamaba Takehito Kanazawa. Tenía veintiséis años. No. Era un hombre de buen carácter, no podía tener enemigos.
¿Mi hija? Se llama Masago. Tiene diecinueve años. Es una muchacha valiente, tan intrépida como un hombre. No conoció a otro hombre que a Takehiro. Tiene cutis moreno y un lunar cerca del ángulo externo del ojo izquierdo. Su rostro es pequeño y ovalado.
Takehiro había partido ayer con mi hija hacia Wakasa. ¡Quién iba a imaginar que lo esperaba este destino! ¿Dónde está mi hija? Debo resignarme a aceptar la suerte corrida por su marido, pero no puedo evitar sentirme inquieta por la de ella. Se lo suplica una pobre anciana, señor oficial: investigue, se lo ruego, qué fue de mi hija, aunque tenga que arrancar hierba por hierba para encontrarla. Y ese bandolero... ¿Cómo se llama? ¡Ah, sí, Tajomaru! ¡Lo odio! No solamente mató a mi yerno, sino que... (Los sollozos ahogaron sus palabras.)

Confesión de Tajomaru
Sí, yo maté a ese hombre. Pero no a la mujer. ¿Que dónde está ella entonces? Yo no sé nada. ¿Qué quieren de mí? ¡Escuchen! Ustedes no podrían arrancarme por medio de torturas, por muy atroces que fueran, lo que ignoro. Y como nada tengo que perder, nada oculto.
Ayer, pasado el mediodía, encontré a la pareja. El velo agitado por un golpe de viento descubrió el rostro de la mujer. Sí, sólo por un instante... Un segundo después ya no lo veía. La brevedad de esta visión fue causa, tal vez, de que esa cara me pareciese tan hermosa como la de Bosatsu. Repentinamente decidí apoderarme de la mujer, aunque tuviese que matar a su acompañante.
¿Qué? Matar a un hombre no es cosa tan importante como ustedes creen. El rapto de una mujer implica necesariamente la muerte de su compañero. Yo solamente mato mediante el sable que llevo en mi cintura, mientras ustedes matan por medio del poder, del dinero y hasta de una palabra aparentemente benévola. Cuando matan ustedes, la sangre no corre, la víctima continúa viviendo. ¡Pero no la han matado menos! Desde el punto de vista de la gravedad de la falta me pregunto quién es más criminal. (Sonrisa irónica.)
Pero mucho mejor es tener a la mujer sin matar a hombre. Mi humor del momento me indujo a tratar de hacerme de la mujer sin atentar, en lo posible, contra la vida del hombre. Sin embargo, como no podía hacerlo en el concurrido camino a Yamashina, me arreglé para llevar a la pareja a la montaña.
Resultó muy fácil. Haciéndome pasar por otro viajero, les conté que allá, en la montaña, había una vieja tumba, y que en ella yo había descubierto gran cantidad de espejos y de sables. Para ocultarlos de la mirada de los envidiosos los había enterrado en un bosque al pie de la montaña. Yo buscaba a un comprador para ese tesoro, que ofrecía a precio vil. El hombre se interesó visiblemente por la historia... Luego... ¡Es terrible la avaricia! Antes de media hora, la pareja había tomado conmigo el camino de la montaña.
Cuando llegamos ante el bosque, dije a la pareja que los tesoros estaban enterrados allá, y les pedí que me siguieran para verlos. Enceguecido por la codicia, el hombre no encontró motivos para dudar, mientras la mujer prefirió esperar montada en el caballo. Comprendí muy bien su reacción ante la cerrada espesura; era precisamente la actitud que yo esperaba. De modo que, dejando sola a la mujer, penetré en el bosque seguido por el hombre.
Al comienzo, sólo había bambúes. Después de marchar durante un rato, llegamos a un pequeño claro junto al cual se alzaban unos abetos... Era el lugar ideal para poner en práctica mi plan. Abriéndome paso entre la maleza, lo engañé diciéndole con aire sincero que los tesoros estaban bajo esos abetos. El hombre se dirigió sin vacilar un instante hacia esos árboles enclenques. Los bambúes iban raleando, y llegamos al pequeño claro. Y apenas llegamos, me lancé sobre él y lo derribé. Era un hombre armado y parecía robusto, pero no esperaba ser atacado. En un abrir y cerrar de ojos estuvo atado al pie de un abeto. ¿La cuerda? Soy ladrón, siempre llevo una atada a mi cintura, para saltar un cerco, o cosas por el estilo. Para impedirle gritar, tuve que llenarle la boca de hojas secas de bambú.
Cuando lo tuve bien atado, regresé en busca de la mujer, y le dije que viniera conmigo, con el pretexto de que su marido había sufrido un ataque de alguna enfermedad. De más está decir que me creyó. Se desembarazó de su ichimegasa y se internó en el bosque tomada de mi mano. Pero cuando advirtió al hombre atado al pie del abeto, extrajo un puñal que había escondido, no sé cuándo, entre su ropa. Nunca vi una mujer tan intrépida. La menor distracción me habría costado la vida; me hubiera clavado el puñal en el vientre. Aun reaccionando con presteza fue difícil para mí eludir tan furioso ataque. Pero por algo soy el famoso Tajomaru: conseguí desarmarla, sin tener que usar mi arma. Y desarmada, por inflexible que se haya mostrado, nada podía hacer. Obtuve lo que quería sin cometer un asesinato.
Sí, sin cometer un asesinato, yo no tenía motivo alguno para matar a ese hombre. Ya estaba por abandonar el bosque, dejando a la mujer bañada en lágrimas, cuando ella se arrojó a mis brazos como una loca. Y la escuché decir, entrecortadamente, que ella deseaba mi muerte o la de su marido, que no podía soportar la vergüenza ante dos hombres vivos, que eso era peor que la muerte. Esto no era todo. Ella se uniría al que sobreviviera, agregó jadeando. En aquel momento, sentí el violento deseo de matar a ese hombre. (Una oscura emoción produjo en Tajomaru un escalofrío.)
Al escuchar lo que les cuento pueden creer que soy un hombre más cruel que ustedes. Pero ustedes no vieron la cara de esa mujer; no vieron, especialmente, el fuego que brillaba en sus ojos cuando me lo suplicó. Cuando nuestras miradas se cruzaron, sentí el deseo de que fuera mi mujer, aunque el cielo me fulminara. Y no fue, lo juro, a causa de la lascivia vil y licenciosa que ustedes pueden imaginar. Si en aquel momento decisivo yo me hubiera guiado sólo por el instinto, me habría alejado después de deshacerme de ella con un puntapié. Y no habría manchado mi espada con la sangre de ese hombre. Pero entonces, cuando miré a la mujer en la penumbra del bosque, decidí no abandonar el lugar sin haber matado a su marido.
Pero aunque había tomado esa decisión, yo no lo iba a matar indefenso. Desaté la cuerda y lo desafié. (Ustedes habrán encontrado esa cuerda al pie del abeto, yo olvidé llevármela.) Hecho una furia, el hombre desenvainó su espada y, sin decir palabra alguna, se precipitó sobre mí. No hay nada que contar, ya conocen el resultado. En el vigésimo tercer asalto mi espada le perforó el pecho. ¡En el vigésimo tercer asalto! Sentí admiración por él, nadie me había resistido más de veinte... (Sereno suspiro.)
Mientras el hombre se desangraba, me volví hacia la mujer, empuñando todavía el arma ensangrentada. ¡Había desaparecido! ¿Para qué lado había tomado? La busqué entre los abetos. El suelo cubierto de hojas secas de bambú no ofrecía rastros. Mi oído no percibió otro sonido que el de los estertores del hombre que agonizaba.
Tal vez al comenzar el combate la mujer había huido a través del bosque en busca de socorro. Ahora ustedes deben tener en cuenta que lo que estaba en juego era mi vida: apoderándome de las armas del muerto retomé el camino hacia la carretera. ¿Qué sucedió después? No vale la pena contarlo. Diré apenas que antes de entrar en la capital vendí la espada. Tarde o temprano sería colgado, siempre lo supe. Condénenme a morir. (Gesto de arrogancia.)

Confesión de una mujer que fue al templo de Kiyomizu
-Después de violarme, el hombre del kimono azul miró burlonamente a mi esposo, que estaba atado. ¡Oh, cuánto odio debió sentir mi esposo! Pero sus contorsiones no hacían más que clavar en su carne la cuerda que lo sujetaba. Instintivamente corrí, mejor dicho, quise correr hacia él. Pero el bandido no me dio tiempo, y arrojándome un puntapié me hizo caer. En ese instante, vi un extraño resplandor en los ojos de mi marido... un resplandor verdaderamente extraño... Cada vez que pienso en esa mirada, me estremezco. Imposibilitado de hablar, mi esposo expresaba por medio de sus ojos lo que sentía. Y eso que destellaba en sus ojos no era cólera ni tristeza. No era otra cosa que un frío desprecio hacia mí. Más anonadada por ese sentimiento que por el golpe del bandido, grité alguna cosa y caí desvanecida.
No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que recuperé la conciencia El bandido había desaparecido y mi marido seguía atado al pie del abeto. Incorporándome penosamente sobre las hojas secas, miré a mi esposo: su expresión era la misma de antes: una mezcla de desprecio y de odio glacial. ¿Vergüenza? ¿Tristeza? ¿Furia? ¿Cómo calificar a lo que sentía en ese momento? Terminé de incorporarme, vacilante; me aproximé a mi marido y le dije:
-Takehiro, después de lo que he sufrido y en esta situación horrible en que me encuentro, ya no podré seguir contigo. ¡No me queda otra cosa que matarme aquí mismo! ¡Pero también exijo tu muerte! Has sido testigo de mi vergüenza! ¡No puedo permitir que me sobrevivas!
Se lo dije gritando. Pero él, inmóvil, seguía mirándome como antes, despectivamente. Conteniendo los latidos de mi corazón, busqué la espada de mi esposo. El bandido debió llevársela, porque no pude encontrarla entre la maleza. El arco y las flechas tampoco estaban. Por casualidad, encontré cerca mi puñal. Lo tomé, y levantándolo sobre Takehiro, repetí:
-Te pido tu vida. Yo te seguiré.
Entonces, por fin movió los labios. Las hojas secas de bambú que le llenaban la boca le impedían hacerse escuchar. Pero un movimiento de sus labios casi imperceptible me dio a entender lo que deseaba. Sin dejar de despreciarme, me estaba diciendo: «Mátame».
Semiconsciente, hundí el puñal en su pecho, a través de su kimono.
Y volví a caer desvanecida. Cuando desperté, miré a mi alrededor. Mi marido, siempre atado, estaba muerto desde hacía tiempo. Sobre su rostro lívido, los rayos del sol poniente, atravesando los bambúes que se entremezclaban con las ramas de los abetos, acariciaban su cadáver. Después... ¿qué me pasó? No tengo fuerzas para contarlo. No logré matarme. Apliqué el cuchillo contra mi garganta, me arrojé a una laguna en el valle... ¡Todo lo probé! Pero, puesto que sigo con vida, no tengo ningún motivo para jactarme. (Triste sonrisa.) Tal vez hasta la infinitamente misericorde Bosatsu abandonaría a una mujer como yo. Pero yo, una mujer que mató a su esposo, que fue violada por un bandido... qué podía hacer. Aunque yo... yo... (Estalla en sollozos.)

Lo que narró el espíritu por labios de una bruja
-El salteador, una vez logrado su fin, se sentó junto a mi mujer y trató de consolarla por todos los medios. Naturalmente, a mí me resultaba imposible decir nada; estaba atado al pie del abeto. Pero la miraba a ella significativamente, tratando de decirle: «No lo escuches, todo lo que dice es mentira». Eso es lo que yo quería hacerle comprender. Pero ella, sentada lánguidamente sobre las hojas muertas de bambú, miraba con fijeza sus rodillas. Daba la impresión de que prestaba oídos a lo que decía el bandido. Al menos, eso es lo que me parecía a mí. El bandido, por su parte, escogía las palabras con habilidad. Me sentí torturado y enceguecido por los celos. Él le decía: «Ahora que tu cuerpo fue mancillado tu marido no querrá saber nada de ti. ¿No quieres abandonarlo y ser mi esposa? Fue a causa del amor que me inspiraste que yo actué de esta manera». Y repetía una y otra vez semejantes argumentos. Ante tal discurso, mi mujer alzó la cabeza como extasiada. Yo mismo no la había visto nunca con expresión tan bella. ¡Y qué piensan ustedes que mi tan bella mujer respondió al ladrón delante de su marido maniatado! Le dijo: «Llévame donde quieras». (Aquí, un largo silencio.)
Pero la traición de mi mujer fue aún mayor. ¡Si no fuera por esto, yo no sufriría tanto en la negrura de esta noche! Cuando, tomada de la mano del bandolero, estaba a punto de abandonar el lugar, se dirigió hacia mí con el rostro pálido, y señalándome con el dedo a mí, que estaba atado al pie del árbol, dijo: «¡Mata a ese hombre! ¡Si queda vivo no podré vivir contigo!». Y gritó una y otra vez como una loca: «¡Mátalo! ¡Acaba con él!». Estas palabras, sonando a coro, me siguen persiguiendo en la eternidad. ¡Acaso pudo salir alguna vez de labios humanos una expresión de deseos tan horrible! ¡Escuchó o ha oído alguno palabras tan malignas! Palabras que... (Se interrumpe, riendo extrañamente.)
Al escucharlas hasta el bandido empalideció. «¡Acaba con este hombre!». Repitiendo esto, mi mujer se aferraba a su brazo. El bandido, mirándola fijamente, no le contestó. Y de inmediato la arrojó de una patada sobre las hojas secas. (Estalla otra vez en carcajadas.) Y mientras se cruzaba lentamente de brazos, el bandido me preguntó: «¿Qué quieres que haga? ¿Quieres que la mate o que la perdone? No tienes que hacer otra cosa que mover la cabeza. ¿Quieres que la mate?...»
Solamente por esa actitud, yo habría perdonado a ese hombre. (Silencio.)
Mientras yo vacilaba, mi esposa gritó y se escapó, internándose en el bosque. El hombre, sin perder un segundo, se lanzó tras ella, sin poder alcanzarla. Yo contemplaba inmóvil esa pesadilla. Cuando mi mujer se escapó, el bandido se apoderó de mis armas, y cortó la cuerda que me sujetaba en un solo punto. Y mientras desaparecía en el bosque, pude escuchar que murmuraba:
«Esta vez me toca a mí». Tras su desaparición, todo volvió a la calma. Pero no. «¿Alguien llora?», me pregunté. Mientras me liberaba, presté atención: eran mis propios sollozos los que había oído. (La voz calla, por tercera vez, haciendo una larga pausa.)
Por fin, bajo el abeto, liberé completamente mi cuerpo dolorido. Delante mío relucía el puñal que mi esposa había dejado caer. Asiéndolo, lo clavé de un golpe en mi pecho. Sentí un borbotón acre y tibio subir por mi garganta, pero nada me dolió. A medida que mi pecho se entumecía, el silencio se profundizaba. ¡Ah, ese silencio! Ni siquiera cantaba un pájaro en el cielo de aquel bosque. Sólo caía, a través de los bambúes y los abetos, un último rayo de sol que desaparecía... Luego ya no vi bambúes ni abetos. Tendido en tierra, fui envuelto por un denso silencio. En aquel momento, unos pasos furtivos se me acercaron. Traté de volver la cabeza, pero ya me envolvía una difusa oscuridad. Una mano invisible retiraba dulcemente el puñal de mi pecho. La sangre volvió a llenarme la boca. Ese fue el fin. Me hundí en la noche eterna para no regresar...
                                                                       FIN

Ryūnosuke Akutagawa escritor japonés perteneciente a la generación neorrealista que surgió a finales de la Primera Guerra Mundial. Su obra, en su mayoría son cuentos,(1 de marzo de 1892  - 24 de julio de 1927, Tokio, Japón)

domingo, 21 de diciembre de 2014

Restauración de la bóveda celeste


Autor: Lu Sin - China


I
Nü-wa1 se ha despertado sobresaltada. Acaba de tener un sueño espantoso, que no recuerda con mayor exactitud; llena de pena, tiene el sentimiento de algo que falta, pero también de algo que sobra. La excitante brisa lleva indolentemente la energía de Nü-wa para repartirla en el universo.
Se frota los ojos.
En el cielo rosa flotan banderolas de nubes verde roca; más allá parpadean las estrellas. En el horizonte, entre las nubes sangrientas, resplandece el sol, semejante a un globo de oro que gira en un flujo de lava; al frente, la luna fría y blanca parece una masa de hierro. Pero Nü-wa no mira cuál de los astros sube ni cuál desciende.
La tierra está vestida de verde tierno; hasta los pinos y los abetos de hojas perennes tienen un atavío fresco. Enormes flores rosa pálido o blanco azulado se funden en la lejanía en una bruma coloreada.
-¡Caramba! ¡Nunca he estado tan ociosa!
En medio de sus reflexiones, se levanta bruscamente: estira los redondos brazos, desbordantes de fuerza, y bosteza hacia el cielo, que de inmediato cambia de tono, coloreándose de un misterioso tinte rosa carne; ya no se distingue dónde se encuentra Nü-wa.
Entre el cielo y la tierra, igualmente rosa carne, ella avanza hacia el mar. Las curvas del cuerpo se pierden en el océano luminoso teñido de rosa; sólo en el medio de su vientre se matiza un reguero de blancura inmaculada. Las olas asombradas suben y bajan a un ritmo regular, mientras la espuma la salpica. El reflejo brillante que se mueve en el agua parece dispersarse en todas partes sin que ella note nada. Maquinalmente dobla una rodilla, extiende el brazo, coge un puñado de barro y lo modela: un pequeño ser que se le parece adquiere forma entre su dedos.
-¡Ah! ¡Ah!
Es ella quien acaba de formarlo. Sin embargo, se pregunta si esa figurita no estaba enterrada en el suelo, como las batatas, y no puede retener un grito de asombro.
Por lo demás, es un asombro gozoso. Con ardor y alegría como no ha sentido jamás, prosigue su obra de modelado, mezclando a ella su sudor...
-¡Nga! ¡Nga!
Los pequeños seres se ponen a gritar.
-¡Oh!
Asustada, tiene la impresión de que por todos sus poros se escapa no sabe qué. La tierra se cubre de un vapor blanco como la leche. Nü-wa se ha recobrado; los pequeños seres se callan también.
Algunos comienzan a parlotear:
-¡Akon! ¡Agon!
-¡Ah, tesoros míos!
Sin quitarles los ojos de encima, golpea dulcemente con sus dedos untados de barro los rostros blancos y gordos.
-¡Uva! ¡Ahahá!
Ríen.
Es la primera vez que oye reír en el universo. Por primera vez también ella ríe hasta no poder cerrar los labios.
Mientras los acaricia, continúa modelando otros. Las pequeñas criaturas dan vueltas a su alrededor alejándose y hablando volublemente. Ella deja de comprenderlos. A sus oídos no llegan sino gritos confusos que la ensordecen.
Su prolongada alegría se transforma en lasitud; ha agotado casi por completo su aliento y su transpiración. La cabeza le da vueltas, sus ojos se oscurecen, sus mejillas arden; el juego ya no la divierte y se impacienta. Sin embargo, sigue modelando maquinalmente.
Por fin, con las piernas y los riñones doloridos, se pone de pie. Apoyada contra una montaña bastante lisa, con el rostro levantado, mira. En el cielo flotan nubes blancas, parecidas a escamas de peces. Abajo, el verde tierno se ha convertido en negro. Sin razón, la alegría se ha marchado. Presa de angustia, tiende la mano y de la cima de la montaña arranca al azar una planta de glicina, cargada de enormes racimos morados y que sube hasta el cielo. La deposita en el suelo, donde hay esparcidos pétalos medio blancos, medio violetas.
Con un ademán, agita la glicina dentro del agua barrosa y deja caer trozos de lodo desmigajado, que se transforman en otros tantos seres pequeñitos parecidos a los que ya ha modelado. Pero la mayor parte de ellos tienen una fisonomía estúpida, el aspecto aburrido, rostro de gamo, ojos de rata; ella no tiene tiempo de ocuparse de semejantes detalles y, con deleite e impaciencia, como en un juego, agita más y más rápido el tallo de glicina que se retuerce en el suelo dejando un reguero de barro, como una serpiente coral alcanzada por un chorro de agua hirviente. Los trozos de tierra caen de las hojas como chaparrón, y ya en el aire toman la forma de pequeños seres plañideros que se dispersan arrastrándose hacia todos lados.
Casi sin conocimiento, retuerce la glicina más y más fuerte. Desde las piernas y la espalda, el dolor sube hacia sus brazos. Se pone en cuclillas y apoya la cabeza contra la montaña. Sus cabellos negros como laca se esparcen sobre la cima, recupera el aliento, deja escapar un suspiro y cierra los ojos. La glicina cae de su mano y, agotada, se tiende desmayadamente en tierra.
II
Un ruido terrible, producido por el derrumbamiento del cielo y la tierra, despierta sobresaltada a Nü-wa. Se desliza en línea recta hacia el sureste.2
Estira un pie para sujetarse, sin lograrlo. De inmediato extiende un brazo y se coge de la cima de la montaña, lo que detiene su caída.
Agua, arena y piedras ruedan por encima de la cabeza y por detrás de la espalda. Se vuelve ligeramente. El agua le penetra por la boca y las orejas. Inclina la cabeza y ve que la superficie del suelo está agitada por una especie de temblor. El temblor parece apaciguarse. Después de retroceder, se instala en un lugar seguro y puede soltar presa, para limpiarse el agua que ha llenado sus sienes y sus ojos, a fin de examinar lo que ocurre.
La situación es confusa. Toda la tierra está llena de corrientes de agua que parecen cascadas. Gigantescas olas agudas surgen de algunos sitios, probablemente del mar. Alelada, espera.
Al fin la gran calma se restablece. Las olas más elevadas ahora no sobrepasan la altura de los viejos picachos; allá donde se halla tal vez el continente, surgen osamentas rocosas. Mientras contempla el mar, ve varias montañas que, llevadas por el océano, avanzan hacia ella girando en inmensos remolinos. Temerosa de que choquen contra sus pies, Nü-wa tiende la mano para detenerlas y distingue, agazapados en cavernas, a una cantidad de seres cuya existencia no sospechaba.
Atrae hacia sí las montañas para observar a gusto. Junto a esos pequeños seres, la tierra está manchada de vómitos semejantes a polvo de oro y jade, mezclados con agujas de abetos y pinos y con carne de pescado, todo masticado junto. Lentamente levantan la cabeza, uno tras otro. Los ojos de Nü-wa se dilatan; le cuesta comprender que son los que ella modeló antes; de manera cómica, se han envuelto los cuerpos y algunos tienen la parte inferior del rostro disimulada por una barba blanca como la nieve, pegada por el agua del mar en forma semejante a las hojas puntiagudas del álamo.
-¡Oh! -exclama asombrada y asustada, como al contacto de una oruga.
-¡Diosa Suprema, sálvanos!...-dice con la voz entrecortada uno de los seres con la parte inferior del rostro cubierta de barba blanca con la cabeza en alto, mientras vomita-: ¡Sálvanos!... Tus humildes súbditos... buscan la inmortalidad. Nadie podía prever el derrumbe del cielo y la tierra... ¡Felizmente... te hemos encontrado, Diosa Soberana!... Te rogamos que nos salves de la muerte... y nos des el remedio que... que procura la inmortalidad...
Baja y sube la cabeza curiosamente, en un movimiento perpetuo.
-¿Cómo? -pregunta ella sin comprender.
Otros abren la boca y del mismo modo vomitan al mismo tiempo que exclaman: "¡Diosa Soberana! ¡Diosa Soberana!"; luego se entregan a extrañas contorsiones hasta el punto de que ella, irritada, lamenta el gesto que le provoca molestias incomprensibles. Recorre los alrededores con la mirada: ve un grupo de tortugas gigantes que se divierten en el mar. Exultante de alegría, deposita las montañas sobre sus caparazones y ordena:
-Llévenme esto a un sitio más tranquilo.
Las tortugas gigantes parecen asentir con un movimiento de cabeza y se alejan; pero Nü-wa ha hecho un ademán demasiado brusco: de una montaña cae un pequeño ser con la cara adornada de barba blanca. ¡Helo ahí, separado de los otros! Y como no sabe nadar, se prosterna a la orilla del agua, golpeándose el rostro. Un impulso de piedad cruza el corazón de la diosa, pero no se retrasa: no tiene tiempo que dedicar a semejantes bagatelas.
Suspira; el corazón se le aligera. A su alrededor, el nivel del agua ha bajado notablemente. Por todas partes surgen vastos terrenos cubiertos de limo o de piedras en cuyas hendiduras se hacina una multitud de pequeños seres, unos inmóviles, otros moviéndose todavía. Se fija en uno de ellos que la mira estúpidamente con ojos blancos. El cuerpo entero está cubierto de placas de hierro; en su rostro se pintan la desesperación y el miedo.
-¿Qué te ha ocurrido? -le pregunta en tono indiferente.
-¡Caramba! La desgracia nos ha caído del Cielo -responde con voz triste y lamentable-. Violando el derecho, Chuan Sü se ha rebelado contra nuestro rey; nuestro rey ha querido combatirlo de acuerdo con las leyes del Cielo. La batalla tuvo lugar en el campo; y como el Cielo no nos otorgó su protección, nuestro ejército tuvo que retirarse...
-¿Cómo?
Nü-wa no ha oído jamás nada de tal cosa y su sorpresa se deja ver.
-Nuestro ejército ha tenido que retirarse; nuestro rey ha estrellado la cabeza contra el Monte Hendido, ha quebrado la columna de la bóveda celeste y roto los cables de la tierra. ¡Ha muerto! ¡Caramba! ¡Esta es la verdad que...!
-¡Basta! ¡Basta! ¡No comprendo lo que me cuentas!
Al volverse, ve a otro pequeño ser, cubierto también de placas de hierro, pero con rostro orgulloso y alegre.
-¿Qué ha pasado?
Ella sabe ahora que esas minúsculas criaturas pueden mostrar cien rostros diferentes, por eso quisiera conseguir una respuesta comprensible.
-El espíritu humano rompe con la antigüedad. En realidad, Kang Jui tiene un corazón de cerdo; ha tratado de usurpar el trono celestial; nuestro rey mandó una expedición contra él, conforme con los deseos del Cielo. La batalla tuvo lugar en el campo. Como el Cielo nos diera su protección, nuestras tropas se han mostrado invencibles y han desterrado a Kang Jui al Monte Hendido.
-¿Cómo?
Probablemente Nü-wa no ha comprendido una palabra.
-El espíritu humano rompe con la antigüedad...
-¡Basta! ¡Basta! ¡Siempre la misma historia!
Está furiosa. Sus mejillas enrojecen hasta las orejas. Se vuelve a otro lado y descubre con dificultad a un tercer ser, que no lleva placas de hierro. Su cuerpo desnudo está cubierto de heridas que todavía sangran. Se cubre con rapidez los riñones con un paño desgarrado que acaba de sacar a un compañero ahora inerte. Sus rasgos muestran calma.
Ella se imagina que éste no pertenece a la misma raza que los otros y que acaso él podrá informarla.
-¿Qué ha pasado? -pregunta.
-¿Qué ha pasado? -repite él levantando ligeramente la cabeza.
-¿Qué es este accidente que acaba de producirse?...
-¿El accidente que acaba de producirse?
Ella arriesga una suposición:
-¿Es la guerra?
-¿La guerra?
A su vez, él va repitiendo las preguntas.
Nü-wa aspira una bocanada de aire frío. Con la frente en alto, contempla el cielo que presenta una fisura larga, muy profunda y ancha. Ella se levanta y lo golpea con las uñas: la resonancia no es pura; es más o menos como la de un tazón resquebrajado. Con las cejas fruncidas, escruta hacia las cuatro direcciones. Después de reflexionar, se estruja los cabellos para dejar escurrir el agua, los divide en dos mechones que se echa sobre los hombros y llena de energía se dedica a arrancar cañas: ha decidido "reparar antes que nada la bóveda celeste".
Desde entonces, de día y de noche, amontona las cañas; a medida que el hacinamiento aumenta, ella se debilita, porque las condiciones no son las mismas que otras veces. Arriba está el cielo oblicuo y hendido; abajo, la tierra llena de lodo y grietas. Ya no hay nada que le regocije los ojos y el corazón.
Cuando el montón de cañas llega a la hendidura, va en busca de piedras azules. 'Quiere emplear únicamente piedras azul cielo del mismo tono que el firmamento, pero no hay bastantes en la tierra. Como no quiere usar las grandes montañas, a veces va a las regiones pobladas en busca de los fragmentos que le convienen. Es objeto de burlas y maldiciones. Algunos pequeños seres le quitan lo que ha recogido; otros llegan al extremo de morderle las manos. Tiene que recoger algunas piedras blancas: tampoco ésas son suficientes. Agrega piedras rojas, amarillas, hasta grisáceas. Al fin consigue tapar la hendidura. No le queda sino encender fuego y hacer que los materiales se fundan: su tarea va a terminar. Pero está de tal modo agotada que sus ojos lanzan centellas y los oídos le zumban. Está a punto de que la abandonen las fuerzas.
-¡Caramba! ¡Nunca he sentido tal cansancio! -dice, perdiendo el aliento.
Se sienta en la cima de una montaña y apoya la cabeza en las manos.
En ese instante aún no se extingue el inmenso incendio de los viejos bosques sobre el monte Kunlún. Al oeste, el horizonte está rojo. Echa una mirada hacia allí y decide coger un gran árbol ardiendo para encender la masa de cañas. Cuando va a tender la mano, siente una picadura en el dedo gordo del pie.
Mira hacia abajo: es uno de esos pequeños seres que ella modeló antes, pero éste ha tomado un aspecto aun más curioso que los otros. Pedazos de tela, complicados y molestos, le cuelgan del cuerpo; una docena de cintas flota alrededor de su cintura; la cabeza está velada con quién sabe qué; en la parte más alta del cráneo lleva sujeta una plancha negra rectangular; en la mano tiene una tablilla con la que pica el pie de la diosa.
El ser tocado con la plancha rectangular, de pie junto a Nü-wa, mira hacia lo alto. Al encontrar los ojos de la diosa, se apresura a presentar la tablilla; ella la toma. Es una tablilla de bambú verde, muy pulida, en la cual hay dos columnas de minúsculos puntos negros mucho más pequeños que los que se ven en las hojas de encima. Nü-wa admira la delicadeza del trabajo.
-¿Qué es eso? -pregunta con curiosidad.
El pequeño ser tocado con la plancha rectangular recita con el tono de una lección bien aprendida:
-Al ir completamente desnuda, te entregas al libertinaje, ofendes la virtud, desprecias los ritos y quebrantas las conveniencias; tal conducta es la de un animal. La ley del Estado está firmemente establecida: eso está prohibido.
Nü-wa mira la tablilla y ríe secretamente, pensando que ha sido una tontería formular esa pregunta. Sabe que la conversación con semejantes seres es imposible, de modo que se atrinchera en el silencio. Coloca la tablilla de bambú sobre la plancha que cubre el cráneo del pequeño ser y luego, extendiendo el brazo, arranca del bosque en llamas un gran árbol ardiendo y se prepara para encender el montón de cañas.
De pronto oye sollozos, un ruido nuevo para ella. Al bajar la vista descubre que bajo la plancha, los pequeños ojos retienen dos lágrimas más pequeñas que granos de mostaza. ¡Qué diferencia con los lamentos "nga, nga" que está habituada a escuchar! No entiende lo que sucede.
Enciende el fuego en varios puntos.
Al comienzo éste no es muy vivo, porque las cañas no están completamente secas; crepita, sin embargo. Al cabo de un momento, innumerables llamas se propagan, avanzan, retroceden, se alzan lamiendo las ramas por todos lados y se juntan para formar una flor de corola doble y luego una columna luminosa, cuyo resplandor sobrepasa en intensidad al del incendio del monte Kunlún. Un viento salvaje se levanta. La columna de fuego ruge mientras gira, las piedras azules y de otros tonos toman un color rojo uniforme. Como un torrente de caramelo, las rocas en fusión se deslizan en la brecha como un relámpago inextinguible.
El viento y el soplido de la hoguera desbaratan en cascadas. El resplandor del fuego le ilumina el cuerpo. En el universo aparece por última vez el tono rosa carne.
La columna de fuego continúa subiendo, hasta que no queda de ella más que un montón de cenizas. Cuando el cielo se ha vuelto otra vez enteramente azul, Nü-wa estira la mano para palpar la bóveda, en la cual sus dedos descubren muchas asperezas.
"Ya veré, cuando haya descansado...", piensa.
Se inclina para recoger la ceniza de las cañas, llena con ella el hueco de sus manos juntas y la deja caer sobre el diluvio que cubre la tierra. La ceniza aún caliente provoca la ebullición de las aguas; la ola mezclada de ceniza baña el cuerpo entero de la diosa; el viento que sopla tempestuosamente arroja sobre ella las cenizas.
-¡Oh!...
Exhala un último suspiro.
En el horizonte, entre las nubes sangrientas, el sol resplandeciente, semejante a un globo de oro, gira en un flujo de vieja lava. Al frente, la luna fría y blanca parece una masa de hierro. No se sabe cuál de los astros sube, cuál desciende. Agotada, Nü-wa se tiende; su respiración se detiene.
De arriba abajo reina en las cuatro direcciones un silencio más fuerte que la muerte.
III
En un día frío resuenan los clamores. Las tropas reales llegan al fin. Han esperado que cesaran el resplandor del fuego, el humo y el polvo, por eso han tardado tanto. A la izquierda, un hacha amarilla. A la derecha, un hacha negra. Detrás, un viejo y gigantesco estandarte.
Los hombres avanzan con precaución hasta donde yace el cadáver de Nü-wa. Ningún movimiento. Levantan entonces su campamento en la piel de su vientre, porque es el sitio más blando: son muy hábiles para escoger. Alterando bruscamente el tono de sus fórmulas, se proclaman los únicos herederos de la diosa y cambian la inscripción de los jeroglíficos en forma de renacuajo de su gran estandarte en "Entrañas de Nü-wa".
El viejo taoísta que había caído a orillas del mar tuvo generaciones y generaciones de discípulos. Sólo en el momento de morir reveló a ellos la importancia histórica de las Montañas de los Inmortales, llevadas a alta mar por las tortugas gigantes. Los discípulos transmitieron a los suyos esta tradición. Para terminar, un mago a la caza de favores la comunicó al primer emperador de la dinastía Chin, quien le ordenó partir en busca de ellas.
El mago no encontró nada.
El emperador murió.
Más tarde, el emperador Wu, de la dinastía Jan, hizo que se emprendiera de nuevo la búsqueda, sin obtener resultado alguno.
Las tortugas gigantes probablemente no habían comprendido bien las palabras de Nü-wa. Su aprobación con la cabeza no fue tal vez otra cosa que una coincidencia. Nadaron por aquí y por allá durante cierto tiempo, luego se fueron a dormir y las montañas se derrumbaron. Por eso es que hasta ahora nadie ha podido ver jamás ni la sombra de una de las Montañas de los Inmortales. Cuando mucho se descubre cierto número de islas salvajes.




  1. Lu Xun, escritor chino, está considerado el padre de la literatura moderna en China. (25 de septiembre de 1881, Shaoxing, República Popular China -  19 de octubre de 1936, Shanghái, República Popular China)
1. Emperatriz legendaria china. Según una leyenda china acerca del origen de la humanidad, Nü-wa creó al primer hombre con tierra amarilla. (N. de los T.)
2. Trata de la leyenda acerca del golpe asestado sobre el Monte Hendido por el enfurecido Kung Kung. En Juainantsi se dice: "En tiempos muy antiguos, Kung Kung, enfurecido, dio un golpe al Monte Hendido por haber guerreado con Chuan Sü por el trono, lo que ocasionó el rompimiento del pilar celeste y la ruptura de un rincón de la tierra. El cielo se inclinó hacia el noroeste y los astros cambiaron de lugar; la tierra se hundió en el sureste, hacia donde fluyeron las aguas y la polvareda". Según se dice, Chuan Sü fue nieto del Emperador Amarillo y uno de los cinco emperadores en la historia antigua de China. Kung Kung, llamado también Kang Jui, fue duque en aquella época. (N. de los T.)

jueves, 18 de diciembre de 2014

Métase mi prieta entre el durmiente y el silbatazo. El Inventario



                 Autor:Elena Poniatowska - Francia

El tubo de la luz perfora la noche y la máquina se
abre paso entre muros de árboles, paredes tupidas
de una vegetación inextricable: “Soy yo el que
avanzo o son los árboles los que caminan hacia mí”
se pregunta el maquinista rodeado de la densidad
nocturna y del olor azucarado del trópico. Los pájaros
vuelan dentro de la luz, se dirigen al fanal y se
estrellan. Un minuto antes de morir tienen los ojos
rojos. Toda la noche, el maquinista ve morir los pájaros.
El fanal también enceguece las plantas, las
vuelve blancas y sólo cuando ha pasado recobran su
opulencia y más arriba se dibujan de nuevo las
masas sombrías de los montes. A Pancho le gusta
asomarse afuera de la locomotora y ver cómo hacia
atrás todo regresa a la vida; los arbustos de vegetación
cerrada resucitan, transfigurados, fantasmales,
se persignan deslumbrados ante la luz. Después, la
noche los traga, inmensa y hosca como ese ejército
de árboles que se despliega sobre centenares de kilómetros
a la redonda con quién sabe qué secreta
estrategia de guerra. Entre tanto, los vuelos entrecruzados
demil insectos luminosos atraviesan la oscuridad
del cielo; hasta se oye el estertor de algún
animal cogido en una trampa y uno que otro grito de
pájaro herido. Pancho piensa fascinado en los miles
de pájaros que caen sobre los rieles; de ellos no han
de quedar ni los huesitos, huesitos de pájaro, palillos,
ramitas, lo más frágil. El reflector eléctrico pesa
media tonelada e ilumina a dos kilómetros de distancia;
dentro de esa luz blanca los insectos bailan
hasta que amanece. (Camilo les dice“inseptos”). A
27
medida que despeja, va acallándose el rumor de la
noche: las chicharras, los gritos extrañamente humanos
de los pájaros, los movimientos oscuros del
suelo vegetal y pesado, las aguas secretas, sinuosas,
que terminan por ahogarse en el pantano. Pancho
entonces se recarga y cierra los ojos, suspira, se echa
para atrás en el banquillo de hierro; pasa su mano
fuerte sobre su cara como si quisiera zafársela; lo
único que logra es quitarse la cachucha, alisa sus cabellos,
ha llegado su hora de dormir; dentro de un
instante bajará de la locomotora a tirarse a cualquier
camastro, el primero que encuentre hasta que vuelva
la noche. Después del sueño, montará de nuevo en
su máquina, su amor despierto, el río de acero que
corre por sus venas, su vapor, su aire, su razón de
estar sobre la tierra, su único puente con la realidad.
Lo más bonito de Teresa además de su gordura
era su prudencia,mejor dicho, su absoluta incapacidad
para la intriga o la malevolencia. Él regresaba
echando pestes contra el jefe del patio general; que
por algo había un sindicato, que… y Teresa con sus
ojos fijos de vaca buena respondía con voz tranquila:
−Pues a ver.
Nunca un juicio, nunca una palabra demás.Desplazaba
lentamente su gran pasividad de la cocina a
la recámara, a la azotehuela, y parecía abarcarlo
todo. Nada le hacía mella, nada alteraba su humor
parejo, y sin embargo cómo le gustaba a Pancho que
Teresa se sentara encima de él a la hora del amor; él
de espaldas a la cama y ella en cuclillas,montada en
su pecho, sus piernas acinturándolo; tan enorme,
que Pancho no alcanzaba a verle el rostro, asfixiado
como estaba por su vientre, sus muslos fortísimos,
pero qué dulce, qué reconfortante asfixia. Pancho se
28
sentía entonces tan satisfecho como frente a los controles
de su máquina; una espesa felicidad le resbalaba
por dentro; bullía el metal líquido que sale del
horno de la fundidora con el color puro y blanco de
la luz del sol. Pancho pasaba de la plenitud nocturna
sobre los rieles de la ruta del sureste, erecto frente a
la ventanilla de la locomotora, a la plenitud de la
siesta de las tres de la tarde cuando estiraba lamano
para sentir el grueso, el cálido abrazo de Teresa, y
atraerla hacia sí, abrazar esa mole tierna y blanda, y
hundirse en ella una y otra vez como los pájaros
azotándose contra el faro de luz, una y otra vez sus
ojos rojos. Siempre hacía el amor, a eso del medio
día, Teresa con una diadema de sudor en la frente.
De la cocina venía el crepitar de la carne de puerco
friéndose bajo la tapadera para que no fuera a resecarse
y en Pancho se duplicaba la gula; cogía morosamente
y pasaba de una mesa a otra apenas, con el
pantalón de la pijama. Se sentaba frente al caldo de
médula servido por Teresa a quien un tirante del
fondo le resbalaba sobre el brazo, ella también comía
viéndolo a la caramientras volteaba, con el brazo estirado,
las tortillas en el comal; sopeaban, tomaban
su tiempo, sorbían acumulando en su lengua caliente
y agitada nuevas sensaciones, como si continuaran
el acto amoroso y lo perpetuaran. Muchas
veces, al terminar de limpiarse la boca con la mano,
Pancho jalaría de nuevo a Teresa hacia un lecho revuelto
y grasiento. Permanecían después el uno en
los brazos del otro, la nuca sudada deTeresa sobre el
hombro de Pancho, el miembro mojado de Pancho
caído encima de la pierna de Teresa quien sentía
cómo aún escurría el semen. Así se hundían en el
sueño. Pero a veces Teresa se agarraba del cuello de
29
Pancho como si fuera a ahogarse, a punto de caer a
lo más hondo del océano, de su océano, su propia
agua; Pancho entonces la deseaba con furia por la
dependencia en su abrazo y por esa expresión extraviada
en sus ojos redondos.A las seis cuarenta en
punto se despedía de ella desde la puerta, en el tardíomomento
en queTeresa se ponía a lavar los trastes,
a lavar su cocina. Cuando Pancho regresaba de
su corrida a las seis de lamañana dos díasmás tarde,
la encontraba dormida, se colocaba entre las sábanas
junto a ella y ella lo recibía con un murmullo de
aquiescencia. En el curso de lamañanaTeresa abandonaba
el lecho, trajinaba, se ponía a escombrar
como decía ella, a planchar ropa.Ya cerca de las dos
de la tarde volvía a acostarse junto a él, así vestida,
para hallarse al alcance de su deseo a la hora en que
él despertara.
−No Pancho, si ésta no se lubrica.
−¿No le voy a lubricar las chumaceras?
−No, en la máquina diesel todo este trabajo es
automático.
−Y los pernos de conexión ¿tampoco los voy a lubricar?
−No, haz de cuenta que todo está hecho.
−Pero ¿quién mantiene la máquina?
−Sola, se mantiene sola; un lubricador hidrostático
a base de vapor, de presión, de agua y de aceite,
lubrica los cilindros. Esta diesel se hizo pensando en
cómo facilitarles el trabajo a los operadores. Lo único
que debes hacer es conducir.
Pancho mira a la máquina con desazón, no la reconoce,
no sabe por dónde agarrarla. Por primera
vez se siente fuera de lugar dentro de una locomotora.
Todo está escondido; los controles se integran
30
dentro de una superficie de acero que repele de tan
brillante.También el patio de arriba brilla; los ventanales
hacen que la estación parezca vidriería:“Nada
es como antes −piensa−, nada”. En otros tiempos la
mole negruzca de la locomotora despuntaba a lo
lejos seguida por su penacho de humo y, en menos
de que cantara un gallo, allí estaba estacionada, tapando
con su negrura la claridad de la mañana. Entraba
resoplando fatigas, echando los bofes y en
forma desafiante se asentaba sobre los rieles con un
rechinido demuelles.Todavía resonaban sus bufidos
triunfales.De ella descendían los ferrocarrileros y se
despedían o se saludaban a gritos con el regocijo de
haber llegado a casa; al bajar, palmeaban su máquina,
le daban en el lomo como a un buen animal
viejo, la acariciaban con la mano abierta, unas caricias
anchas, a querer abarcarla toda. Pancho se quedaba
con la Prieta en el patio de carga, enfriándola,
y le gustaba escuchar los martillazos que provenían
del taller de carros y de ejes y de ruedas, uno, dos,
uno, dos, sobre los yunques y que en sus oídos resonara
el ronroneo de los tornos como antes habían
resonado los silbidos de la locomotora. Cuando los
peones enderezaban la vía reumática con barretas
para nivelarla, se quejaban y gritaban en medio de
su esfuerzo por levantarla:“¡Eeeeeeeeeh! ¡Oooooooooo!
¡Eeeeeeeeey!”Como que resentían en su propio
cuerpo los achaques de los rieles y se
solidarizaban.Y todo esto enmedio de la respiración
uniforme de las calderas y del continuo tracatraca de
las pistolas de aire. Pancho le advertía al mecánico
mientras se alejaba contento, dueño del terreno:
“¡Allí te la encargo, al rato vengo a darle su vueltecita!”
Los trenistas pasaban entre los botes de cha-
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popote, los montones de estopa, saltaban el balasto
con la alegría retozona del que reconoce su casa;
sorteaban los envases vacíos, las cajas desvencijadas,
los fierros torcidos, el cochambre.Cierto que no todo
era limpio, el balasto yacía cubierto de porquerías,
de cosas vivientes ahora carbonizadas, de trozos
sueltos de carroña, de herramientas relegadas, toda
esta basura que dentro de diez mil años se distinguiría
de los desechos orgánicos e inorgánicos que el
tiempo o quizá el mar pulveriza hasta convertir en
arena.Una linterna escarbaba la tierra de cabeza; un
armón abandonado mostraba sus tripas, la basura
ya iba para la montaña, pero la actual nitidez de los
carriles sacaba de quicio a Pancho.
—Entonces ¿ésta no se lubrica?
—No pancho, ya te dije que no.
—Bueno ¿y la Prieta?
—La mandamos a Apizaco. Allá la correrán en
algunos tramos cortos.
—Pero ¿por qué carajos no me avisaron que se la
iban a llevar.
—A nadie se le avisó Pancho, llegaron las diesel
de 3000 caballos y quisimos ponerlas en servicio de
inmediato.
—Ayer me tocaba descanso, por eso se aprovecharon.
Igual que laTeresa.A traición, amansalva.Un día
no amaneció. Después le dijo un peón de vía que la
había visto subir a un carro izada por una mano de
hombre, que el hombre no lo había podido semblantear
pero bien que se fijó cómo la Teresa daba el
paso rápido sin mirar para ningún lado. En la casa
faltaba el viejo veliz panza de buey que siempre
acompañó almaquinista.Durantemuchos días Pan-
32
cho siguió estirando la mano para tomar el grueso
brazo de la Teresa y atraerla hacia sí, hasta que optó
por ir a la estación y aventarse dentro de la cámara
sombría de su otra mujer, guarecerse en su vientre
que aun en tierra parecía estarmeciéndose, y dormir
hecho un ovillo en contra de la lámina diciéndole lo
que nunca le había dicho a Teresa:“Prieta, prietita
linda,mi amor adorado,mamacita chula, prieta, rielerita,
eres mi querer, prieta coqueta”hasta que sus
labios quedaran en forma de a, la a de la Prieta, ese
nombre pronunciado como encantamiento en contra
del dolor y el abandono.Y ahora le salían con eso:
con que tampoco estaba la Prieta:
—¿Cuándo se la llevaron?
—Anoche
Pancho había estado en una junta de sección, en
elmomentomismo en que la Prieta, lenta, solapadamente,
se deslizaba sobre los rieles, conducida por
otro maquinista.
—¿Quién la sacó?
El superintendente se impacienta.
—Ve a preguntar al secretariado.
—Yo con los cagatintas no me meto. Ésos ni ferrocarrileros
son.
—Hombre, no se trata de eso, las cosas están
cambiando para bien, es el nuevo reglamento, tiene
que aumentar la fuerza tractiva de Ferrocarriles, nos
va a beneficiar a todos. Además date de santos que
tu locomotora no se va a vender como chatarra a Estados
Unidos. Se van a vender casi tres mil carros
que están en pésimas condiciones.
—Chingue a su madre.
Pancho da la media vuelta antes de que el superintendente
pueda responder. Se larga, al cabo siem-
33
pre ha sido tragalenguas, y piensa:“Si me alcanza,
aquí nos damos en la madre”. Casi lo desea, pero el
otro no viene, nadie lo sigue. Camina entre el ardor
de los rieles que le relampaguean en los ojos, acerándoselos,
rebanándolos; pisa el balasto para que
no se le enchapopoten los zapatos y al hacerlo recuerda
con qué gusto barría la tierra la Teresa, y eso
que lo hacía con una escoba tronada; intenta retener
la imagen, que barre frente a él, pero el calor parece
fundirlo todo;ménsulas de señales, rieles, durmientes,
muelles, remaches, en una gelatina gris y espesa,
el acero se desintegra, ahora son puros terrones, sí,
es tierra común y corriente,“si viene un tren ni madres,
no me muevo”. En una barda recién pintada
con chapopote relumbra el letrero:“Viva Demetrio
Vallejo”.Camina sin parar, el sol en la nuca taladrándole
los hombros. Hace rato que salió de Balbuena
y pasó bajo el puente de Nonoalco; hace rato que
entró a los llanos, ya ni guardacruceros hay, ni un
solo hombre sentado en algún muelle, ni uno que
patee encorvado la grava con los pies, ni uno que
juegue con la arena, con las piedritas que luego se
les caen a las góndolas, sólo por allí un zapato desfondado,
vencido como él y más allá un cabús pudriéndose
al sol.Ya ni torres de vigilancia, ni grúas.
Le parece escuchar un llorido de zapatas,“híjole ya
estoy oyendo voces”, ni un solo convoy con sus carros
cargados de azufre del Istmo de Tehuantepec,
ni un solo de sal, hay que seguirle, poner un pie
frente al otro durante quién sabe cuántas horas
hasta el atardecer, la garganta seca, al cabo ya está
acostumbrado, aguanta eso y más, aguanta un
chingo.“Tengo que llegar a alguna estación para no
quedarme aquí en despoblado”pero como ninguna
34
casa reverbera en la distancia, Pancho se sale de los
rieles y se tira a un lado de la vía y allí duerme como
bendito, como piedra en pozo, como hombre
muerto.
—Sabes, los precios están por las nubes.
Cuando Teresa hablaba era para quejarse de la
carestía. Si no, mientras iba de un quehacer a otro,
guardaba silencio. Sólo cuando hacía el amor articulaba
palabras que empezaban con m,“mucho”,
“más”,“mmm”, lenta, suavemente, en un ronco gorjeo
de paloma, sí, eso era , un zurco de paloma, que
a Pancho siempre le resultó gratificante. Sólo por ese
gemido, de pronto, a media comida, a media mañana,
a media corrida, Pancho sentía un lacerante,
un infinito afán de posesión. Él era quien provocaba
ese quejido en la mujer, y encima de ella, abrazado
a su vientre, esperaba elmomento en que comenzaría
a producirse, así como acechaba el instante en
que la Prieta empezaba a pespuntear las llanuras
con el traqueteo de sus ruedas sobre las junturas de
los rieles. Entonces cuando corría suavecito, en
medio del silencio, sentía el mismo deseo quemontado
en laTeresa; era dueño del tiempo, de toda esta
oscuridad, esta negrura que su faro iba perforando;
esas sombras que él atravesaba eran terreno ganado,
tierras por él poseídas; su conquista, él las había extraído
de la noche, gorjeaban como la Teresa, se le
venían encima con sus moles blanquísimas y luminosas,
blancas como la leche, muslos, senos de la
noche, frutos almendrados, piel que lo envolvía
suave, tiernamente. Al principio, Teresa era más comunicativa,
hablaba de su hermana Berta, de cómo
le pegaba, de cómo al no poder desampiojarla, una
vez la había rapado: de vez en cuando le reclamaba
35
a Pancho: “Oye tú, ¿por qué no hablas? Y Pancho
musitaba:“Nosotros los rieleros, nos hacemos compañeros
del silencio”. Por eso Teresa se hizo callada.
Al no recibir sino monosílabos, dejó poco a poco de
abrir la boca, Sólo lomás indispensable, sólo aquello
que le salía a pesar de símisma, sin control, ese gorjeo
y ese continuo ritornelo acerca de los precios escalando
al cielo.
—Pancho, levántate no seas buey.
—¡Pancho!
Dos rostros le hacen sombra. Pancho se talla los
ojos.—
Llevamos horas tras de ti, anda, ven.
El Chufas y el Gringo lo jalan, el Chufas ya le ha
metido las dos manos bajo las axilas y lo jala hacia
arriba:
—Cómo vas a quedarte aquí, vámonos.
El Gringo se enoja:
—Yo estoy de guardia mañana, cabrón. Anda
vente, ya no estés chingando.
—Oye tú, y ¿quién te mandó llamar? El que está
chingando eres tú.
Ahora sí el que se enoja es Pancho y del coraje se
levanta.
—¿A poco yo los ando buscando? ¡Ustedes son
los que vienen a joderme aquí donde estoy tranquilo!
El Chufas no le ha quitado las manos de bajo las
axilas como si temiera una imposible huida. Pancho
se zafa de mala manera aunque todo su coraje se lo
dirija al Gringo.
—¡Váyanse mucho al carajo!
—Órales Pancho, no te mandes.
—¿Quién les dijo que vinieran? A ver ¿quién?Yo
no los mandé traer.
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—El Chufas te empezó a buscar.
—Y al Chufas ¿qué? Al Chufas le vale madres.
—El Chufas te vio irte por toda la vía, apendejado
y por más que te llamó nunca volteaste. Por eso se
preocupó.Ya ni la amuelas. Estábamos en el patio de
carga…Anda, vámonos de aquí.
Sin sentirlo, Pancho ha comenzado a caminar al
lado de sus cuates. Hace mucho que no anda con
ellos.No los buscó siquiera cuando laTeresa se largó
ni se asomó tampoco a la cantina.Al cabo tenía a la
Prieta y allá se fue a dormir, acunado en sus entrañas
temblorosas que lo estrechaban cálidas, en el refuego
de su propia sangre que lo hacía reconocerla
amedida que avanzaba la noche, prever sus reacciones,
adivinar sus sonidos más recónditos, sus tintineos,
señales y suspiros. Trenzaba sus piernas en
torno a sus ardores así como la Teresa aprisionaba
las suyas de suerte que al despertar sólo les quedaba
volverse el uno contra el otro. Podía predecir hasta
su mínima convulsión: “Ahora se va a estremecer
porque llegarán los del taller y los martillazos en el
yunque resuenan en toda la lámina; yo mismo los
voy a sentir aquí adentro, dentro de ella. En un momentomás
entrarán los paileros y con ellos el superintendente,
y ella se va a aflojar, complacida.”Antes,
Pancho tenía la costumbre de irse con los cuates a la
cantina y al grito de “el el vino para los hombres y
el agua para los güeyes”se acodaba en la barra a empujarse
sus calantanes, después iba a la casa del foco
rojo, a bailar con las viejas que huelen a maíz podrido.
Pero cuando le cayó Teresa ya no hubo necesidad
de nada, ni de chínguere, ni de viejas rogonas
de lupanar. ¡Adiós al Canica, al Camilo, al Babalú, al
Gringo, al Chufas, a Luciano! También el Luciano le
37
había puesto nombre a su máquina:“La Coqueta”y
la traía acicaladita con sus colguijes y sus espejuelos,
su Virgen de Guadalupe y hasta una foto de él
mismo asomándose por la ventanilla de la locomotora.
Ahora, pensándolo bien, sentía que un buen
calorcito le subía por dentro al venir junto a sus amigos,
sus cuates pues, sus ñeros, sus carnales ¿no?
que lo habían ido a buscar hasta allá, olvidándose
que hacía mucho que él se les había rajado.
—Súbete al cabús.Vamos a echarnos un tanguarniz.
De veras que estos cuates son buenas gentes,
muy buenas gentes.
—Pancho, bien que te vendrían unas cheves.
Pancho no dijo ni sí ni no.
—Ya han de haber cerrado, concluye el Gringo.
—Pues vámonos con Martita.
Martita es bien jaladora, cuando los ferrocarrileros
andan por allí gritando en esa cachondez especial
de la parranda y ya todos en la piquera les
ordenan: “¡Ya locotes, lárguense, esto ya se acabó,
lárguense a dormir!”, y no hay ni dónde echarse un
buen café, una polla, o de perdida la del estribo, ella
tiene siempre abierta la puerta de su casa y no le
molesta levantarse de su hamaca y atenderlos con
una sonrisa hermosotota, amplia, en sus ojos un
lento oleaje de luz como madre para sus hijos sin
predilecciones ni discriminación. Por más jodidos
que estén, idos de plano, abrazados los unos a los
otros cuando antes se abrazaron a los postes de luz,
comomástiles, sintiendo que el barco se iba a pique,
con sólo verla se les levanta el ánimo. Saca luego,
luego el mezcal o prepara el café bien caliente, con
piquete y leche condensada que sale de la lata de a
chorrito: el“chorreado”, y si tienen para pagarle, a
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todo dar, y si no, ahímás tarde le pasarán los fierros.
De Juchitán ha traído la hamaca, nunca se acostumbró
a dormir en cama. “Es la mecidita la que extraño”,
“es esa mecidita la que la tiene de buen
humor”corean los rieleros. Siempre se sienten a toda
madre en casa de Martita; el estómago revuelto se
les asienta y aunque estén cayéndose de borrachos,
ella les quita lo del cuerpo cortado mediante sus
hojas con piquete, sus chorreados, tan buenos para
calentar la panza.Y nada de joderlos con regaños ni
vaticinios negros, nada, hermosotota laMartita, hermosototes
sus ojos con ese lento oleaje de luz, uno
quémás quiere en esta canija vida que sentirse bienvenido,
amparado por los ojos de una mujer que lo
recibe a uno de buen modo, uno qué más puede
pedir, a ver ¿qué más ¿ También a ella dejó de frecuentarla
Pancho cuando llegó la Teresa.
—Mañana quiere verte el superintendente— le
dice el Gringo al segundo“chorreado”.
—Ya le menté la madre.
—Dice que quiere verte.
Para el superintendente Alejandro Díaz, Pancho
es un personaje. Hasta le gusta verlo pasar con su
cabello gris y sus hombros que empiezan a encorvarse
rumbo al local de la sección y advertir gravemente:
“Mañana a las doce empieza la huelga, el
paro de dos horas porque ya se venció el plazo que
le dimos a la gerencia…”Y eso queAlejandro Díaz es
empleado de confianza. Ante Pancho, preferiría no
serlo para oírlo pelear en la asamblea, a ver su mirada
retadora, fuerte, su mirada de hombre libre,
cuando son tantas las miradas rastreras que lo persiguen
durante el día. ¡Y eso que sólo es superintendente!
¡Cuántas miradas viles no verá el presidente
39
de la república! dicen, pero nadie lo sabe a ciencia
cierta, que Pancho habló una vez en la sección 19 de
Monterrey frente a una asamblea de mil ferrocarrileros
que creían en el Charro Díaz de León: los tres
primeros oradores apoyaron al Charro, y cuando
subió PanchoValverde, supusieron que se trataba de
un líder corrupto, al servicio de la empresa, del gobierno
y sobre todo de sí mismo, de sus propios y
mezquinos intereses. Toda aquella gente sabía que
PanchoValverde era derecho, y sin embargo la asamblea
quedó dividida. Ése fue uno de los grandes golpes
en la vida sindical de Pancho pero nunca lo
había comentado.A veces en la cantina rememoraba
la asamblea y murmuraba:“No se vale, no se vale”.
Por ello los viejos respetan a Pancho y los jóvenes
quieren ser vistos por él; hacer méritos frente a él.
Igual le sucede al superintendente. Alejandro Díaz
sabe que él no cuenta para Pancho, que el maquinista
daría la vida por Timoteo, por Venancio, por
Chon, por Baldomero, por el Gringo, por Camilo,
por el Babalú, pero no por él. Por ellos sí. Alejandro
Díaz ha visto cómo reclama indemnizaciones, lucha
por los jubilados, se queda hasta avanzada la noche
a revisar contratos de trabajo, amemorizar cláusulas
casi todas a favor de la empresa para rebatirlas en la
junta. Sus“cállense cabrones”en la asamblea resultan
más eficaces que cualquier alegato, el golpe de
su puño en la mesa de debates quemada de cigarros
es definitivo, y en el presidium lo primero que
se ve es su rostro por la intensidad de su expresión.
Y no es siquiera que aspire al poder, es que Pancho
es amigo del garroteroTimoteo, quien ahora lomira,
sumuñón sobre lamesa porque el antebrazo lo dejó
prensado entre dos carros en una de tantas maniobras,
y también es cuate de Venancio, jubilado que
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se muere de hambre dentro del furgón que habita a
pesar de que su mujer ha colgado geranios en las
ventanillas, y quiere a Lencho el fogonero que ya no
palea carbón sino rencores y le cae bien Concepción,
Chonito que se la vive en el Templo del Mediodía,
abajo del Puente de Nonoalco, en la calle de la Luna,
esperando a que Roque Rojas, ¡olvídense de Jesucristo!,
se posesione de su envoltura humana y lo libere
de la artritis, la vejez, el aliento a agua
enlamada, que le advierte que se le están pudriendo
las entrañas.
PanchoValverde nunca se ha dejado bocabajear:
“Hablo porque quiero y porque puedo y porque aquí
me he chingadomuchos años”. Salpica sus alegatos
de dichos:“Entremenos burrosmás olotes”,“Camarón
que se duerme se lo lleva la corriente”,“El que es
buey hasta la coyunda lambe”y paraAlejandro Díaz
resulta curioso asociar los dichos de Pancho a expresiones
como“producto nacional bruto”(los brutos
somos nosotros),“Días festivos”(el que nace tepalcate
ni a comal tiznado llega),“contractuales”(ya no
hay ferrocarrileros de reloj y kepí), y otros terminajos
que Pancho se ha aprendido dememoria en susmuchas
veladas de machetero.“Órale, órale, no te me
engolondrines.”Pancho fue el de la iniciativa en contra
de los empleados de confianza, que pa’qué tantos,
que de qué servía ese bute de contadores muy
prendiditos, de secretarias que caminaban como pollos
espinados, que de los quinientos empleados de
confianza del Ferrocarril del Pacífico no se hacían
cincuenta, y pidió el cese de por lo menos veintitrés
que a él le constaba personalmente, que no hacían
nada, dio pelos y señales y entre ellos se encontraban
dos hijos de BenjamínMéndez, el gerente.Que
los ocho mil trabajadores del riel, esos sí mal comi-
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dos y mal pagados, estaban hartos de la burocracia,
de tanto papeleo desabrido, y claro, la empresa no
cedió, hubo muchos destituidos, pero qué bonita
lucha la de Pancho, bonita hasta paraAlejandro Díaz
que intervino a favor de Pancho para que no lo destituyeran
y éste no lo supo jamás, bonita la lucha con
una chingada, porque si Pancho impulsa las huelgas
siempre se ha manifestado en contra de los sabotajes.
Ama demasiado a los trenes para tolerar una
máquina loca, una colisión; si una sola abolladura
en su locomotora lo hace agacharse como si el golpe
cayera en su cuerpo, un ataque a las vías del tren le
duele en carne propia como aquella vez en que un
canalla bloqueó el pedal de seguridad de la 6093 poniendo
una planchuela de acero sobre el acelerador,
tiró de la palanca y lamáquina salió disparada, amás
de ochenta kilómetros por hora en contra de la 8954,
la Coqueta, la de Luciano que hacíamovimientos de
pato y por poco muere Luciano quien después de
quitarle los frenos a una locomotora se aventó hacia
afuera. Salvó su vida pero no la de su Coqueta que
quedó transformada en una escalofriante montaña
de hierros retorcidos. Meses más tarde, Luciano
murió, de la tristeza. Con Luciano, Pancho había vivido
huelgas y otras aventuras; Luciano una vez
quedó prendido al árbol del garrote tratando de detener
cinco carros locos y desbocados y sólo se tiró
en el último instante, cuando vio que era inminente
el siniestro; Pancho solía cantar sentado sobre un
durmiente:“Por donde quiera que ando/ y a donde
quiera que llego/ la polla que no me llevo/ la dejo
cacaraqueando”y los dos reían porque de muy jóvenes
ambos tuvieron la comisión de pintas y entre
los“abajo la empresa”y“los ferrocarrileros con Vallejo”,
escribían con chapopote negro sobre los cos-
tados de los furgones, picándose las costillas y tirando
los botes,“Vóitelas mi riel”,“Tracatraca pero
en serio”,“No le importe la oscuridad del túnel, después
en la riel nos resbalamos”,“Dénme una buena
máquina y le jalo todos los furgones”,“Chingue su
madre Díaz de León”,“Entre los rieles y entre sus
piernas, de pueblo en pueblo casi la hacemos”,“Métase
mi Prieta entre el durmiente y el silbatazo”,“En
un buen cabús se engancha lo que usted quiera”y
otros dichos sabrosos que dibujaban con esmero,
humedeciéndose los labios, porque acababan de
descubrir a la mujer y al riel. ¡Ah qué Luciano, ah
qué ese mi carnal, ese sí carnal de a deveras, hermano,
hermanito del alma!
Para el superintendente Alejandro Díaz, mirar a
Pancho resulta penoso; la expresión de su rostro es
de desolación absoluta, parece perro sin amo. En el
fondo de símismo,Alejandro Díaz quisiera decirle a
Pancho que si tanto le importa su locomotora de
vapor va a gestionar su traslado a una de las vías
menores para que siga conduciéndola, pero Pancho
Valverde es uno de los mejores maquinistas del sistema,
y ahora cuando ya blanquean sus sienes y se
ha arrugado su rostro, que en realidad siempre pareció
un patio de arribo, la empresa le quita su máquina
para darle una diesel, lamisma que acaban de
comprar en los Estados Unidos. En vez de enorgullecerse,
PanchoValverde desconfía.A la Prieta la cameló
¡ah que mi Prieta!, porque siempre fue
quisquillosa y había que agarrarle el modo, la
adornó, le puso su silbato de bronce, élmismo escogió
el sonido grave: “Déme un silbato pero que
suene bien bonito para mi Prieta, porque tengo una
Prieta muy tres piedras”. El día en que le tocaba
hacer el recorrido llegaba con la aceitera, el cojín
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para evitarle lo caliente al asiento cuando la máquina
queda del lado del sol, el suéter grueso para en
la noche, la valijita, el espejo de mano, la linterna.
Los otros rieleros reían:
—Allí viene Pancho con su ajuar de novia para su
primera noche.
En verdad, todos los recorridos son la primera
noche, la de bodas. Pancho se instala en el asiento,
agarra la palanca y al hacerlo la acaricia mientras le
transmite una orden. Cuando la máquina suelta el
vapor con un ruido de agua que sale a gran presión,
Pancho también se relaja, y se tensa como cable al
meter los frenos, al comprobar que en la pendiente
las cejas responden y frenan también, todas ellas
concentradas en retener los furgones. Es bonito oír
el ruido del choque de las máquinas al engancharse
¡le es tan familiar como el cierre de una puerta ¡Ya
fuera de la estación, Pancho abre todo el regulador y
le habla a su montura, a su yegua de hierro, su animal
de fuego ancho y poderoso; la halaga con la
mano, la reconoce:“Ya, ya Prietita, tranquila Prieta,
quietecita, quietecita, ¡calmada la muchacha!”Camilo
y Sixto o Cupertino o Juan el ayudante de maquinista
en turno están tan acostumbrados a la voz
de Pancho que ya ni lo escuchan.Más bien los adormece
y la pasanmondo lirondo porque a Pancho no
le gusta compartir a la Prieta. La lleva sobre la vía
casi como si la bailara, la mano en su cintura, las
yemas de los dedos en sus costillas, ambos ondean,
a la derecha, a la izquierda, pasito tun tun como el
del que corre por los surcos, en las tierras ocres, las
tierras cafés, las tierras profundamente negras que
surgen de un lecho pantanoso y se acercan a la vía
sin respetar los quince metros de cada lado: el dere-
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cho de vía. La tierra rueda bajando de la montaña
para venir a acurrucarse aquí en la vía y penetrar
entre los durmientes. Empuja las piedras del balasto,
se mete en todas partes, burlándose,marrullera, del
tren que corre por la ancha vía pita y pita y caminando.
Antes del mediodía, el sol empieza a calentar,
se azota en la lámina, arremete en contra de la
chimenea, se estrella contra el vidrio irisándolo, calor
contra calor, combustible contra combustible. Pancho
se acomoda el cojín bajo las nalgas; hasta la
aceitera hierve, hilos de sudor grasiento escurren de
la gorra ferrocarrilera de Camilo el ayudante, quien
duerme asándose en su propio jugo, la boca abierta
como la chimenea del tren, un horno de vapor que
también se pierde en el aire.A partir de las doce del
día, los pueblos rumbo aVeracruz ya no son pueblos
sino rincones del infierno. Al detenerse en las estaciones
Pancho ve los atajos de burros, las mesas en
el exterior y la longaniza ennegrecida por las moscas,
la manteca bajo la mesa derritiéndose y la viejecita
que se protege del calor tapando su cabeza y
abanicándose con las puntas del rebozo como si eso
pudiera servir de algo. Los que se acercan al tren lo
miran en silencio; sólo gritan las vendedoras que en
los últimos vagones ofrecen sus tortas de queso de
puerco, sus muéganos, sus charamuscas, su agua
fresca que ya el sol ha entibiado. Dentro de poco
arrancarán de subida:“Anda Prieta, dale duro, no te
me rajes que es el último jalón”. Cerca de la máquina,
un pasajero de traje ajado le dice a otro acabadito
de despertar:
—Esto ni se siente que camine.
—Es que no camina, va a vuelta de rueda.
Pancho está por responderle al catrín ése; por un
momento piensa en tocar el silbido de alarma sólo
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para darle un buen susto pero la disciplina se impone.
Él sabe correr su máquina para que le rinda el
vapor y el agua; es un buen maquinista y así lo han
clasificado por dos razones: una, su buen manejo,
otra porque sabe dosificar el combustible y sacarle
el mayor provecho. Lo que digan los pasajeros le
tienemuy sin cuidado, ellos no están al tanto de que
la Prieta tienemás de veinte años y que es una de las
máquinas mejor cuidadas de Ferrocarriles. No en
balde, en su día de descanso, don Panchito, como lo
llaman los ferrocarrileros más jóvenes, la acompaña
al taller para supervisar sus cuidados.
Los mecánicos la conocen y ponen especial esmero
en examinar todas las partes de la Prieta. El
mismo Pancho la pinta, la recorre de cabo a rabo,
que no se maltrate, que no se enmohezca, que ningún
gozne permanezca olvidado, que cada una de
sus piezas esté aceitada. Cuando un muchachito
entró de ayudante, de chícharo, exclamó al ver los
montones de grasa negra:“¡Qué trabajo tan puerco!”
Pancho le respondió:“¡Sácate de aquí, roto, hijo de la
chingada!”y no lo bajó de maricón. Los demás rieleros
le hicieron eco, entre risas, burlas y otras mentadas
de madre; ellos mismos tienen grasa hasta el
cogote, una grasa pesada, negra, visceral, porque con
esa van cubriendo todo el interior de la máquina,
frotándola, acomodándola en los menores intersticios,
dispuestos a chirriar ríspidamente, redondeando
los ángulos con una capa mullida, gruesa;
forrando los intestinos de la locomotora con este
nuevo líquido amniótico que la suaviza y la vuelve
dócil. La grasa nunca se ha visto como cosa sucia en
el taller, al contrario, es una bendición, y sin embargo
ahora el superintendente Alejandro Díaz se
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pone a explicarle como si no hubiera sido nunca ferrocarrilero.
—Con lamáquina diesel el trabajo esmás limpio,
más técnico, ya no te vas a ensuciar, además te vas
ahorrar quién sabe cuántas jornadas de andar furgoniándole
a lamáquina, lubricándole hasta el alma.
Pancho lomira sin comprenderlo. Para él lubricar
manualmente las chumaceras, sacarlas de sus ejes,
frotarlas una y otra vez para volver a acomodarlas es
un gusto, una necesidad física.
—Vas a ver cómo al rato te hallas, Pancho; todo es
cuestión de costumbre.
Pancho menea la cabeza. Habemos unas que no
a todo nos acostumbramos.
—Vas a ver que te sientes bien.Mañana vamos a
correr la máquina aVeracruz. Tú te la vas a llevar…
Llevas cemento.
—¿AVeracruz?
Con esta nueva locomotora anaranjada y tiesa,
Pancho no habla. En las estaciones nada ha cambiado;
son las mismas bancas piojosas y desvencijadas,
los mismos puestos de cecina que se tuesta, las
mismasmesas cojas, losmismos enjambres demoscas,
losmismos burros de lomos cubiertos de cicatrices.
Sin embargo, como que Pancho en su cabina de
controles está más alto, menos a la mano. No alcanza
a oír lo que dicen los pasajeros de trajes arrugados
por una noche de viaje ni le llegan los gritos
de los viandantes que izan sus canastas de ventanilla
en ventanilla. En la noche tampoco subió el calor, no
necesitó el cojín ni la aceitera y tampoco le chorrearon
hilos de sudor negro al segundo maquinista
quien durmió muy tranquilo, acostumbrado a las
maneras de Pancho. Y sin embargo, Pancho, inquieto,
lo despertó en varias ocasiones: “Órale que
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yo a ésta no le sé el modo”. Con ésta habrá que
botar el ajuar de novia, nada de eso es necesario, ni
siquiera la valijita porque allí esquinado se abre un
locker para colgar la chamarra, se puede regular el
aire acondicionado así que ni suéter ni espejo porque
toda la carlinga está cubierta de espejos retrovisores.
Pancho guarda silencio desconfiado y sin
embargo la diesel es tan poderosa, tan noble en las
subidas, de tan buena alzada, que al día siguiente se
pone contento ante la idea de acompañarla al taller
para su revisión después del viaje:“Así me voy familiarizando
con ella”, como un nuevo amor de tres
mil caballos al que uno le va agarrando admiración,
luego cariño y después eso que hace olvidar lo de
antes, las Prietas, las Teresas. Quién sabe si así sea,
pero puede…
A la mañana siguiente, antes de entrar al taller,
el jefe de patio le dice:
—Ya la máquina está llamada.
—Muy bien, la voy a acompañar.
—No. Ahora viene un maquinista por ella.
—¿Cómo?
—Sí, tú aquí la dejas y otro operador se la lleva.
—Pero es que yo quiero ver qué le hacen para el
próximo viaje.
—En la próxima corrida no te va a tocar esta 5409
sino otra.
—¿Cómo que otra?
Sí, cualquiera de las ochomáquinas diesel que se
compraron en Estados Unidos. Así es el nuevo reglamento.
Tú aquí la dejas y en el taller se encargan
de ella. Esta máquina saldrá con otro. Ahora así es,
como en la industria automovilística; las máquinas
se someten a un proceso en el que intervienen muchos.
Se trata de agilizar el servicio.
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Pancho se hunde la gorra ferrocarrilera sobre los
ojos. ¡Hasta eso le están quitando! Mirar, sentir
cómo la máquina se hace a uno, cómo se va aprendiendo
de memoria el camino, cómo habla a su
modo para pedir lo que le falta. ¡Hasta eso!Ver cómo
las manos van dejando sus huellas en la palanca, en
el regulador, oír cómo el ruido de la respiración va
contagiando día a día las láminas hasta transmitirles
el calor de uno. ¡Hasta eso, carajo!
—Son las técnicasmodernas; así lo han planeado
los ingenieros para ganar tiempo.
A laTeresa también le complacía que él fuera acariciándola
poco a poco, suavizándola, tallándole,
metiéndole la mano en los menores intersticios
hasta sacarle su aceitito, sus juguitos blandos. Entonces
laTeresa se abría, las gruesas piernas bien separadas,
olvidada de todo, y ondulaba bajo su
abrazo, sus grandes pechos erectos apuntando hacia
él, su sexo encarrujado, líquido, fruta demar, deshecho
entre sus manos, batido en espuma, a punto de
venirse. A él le gustaba esperar hasta el último momento
para verla bien, escuchar todos sus ritmos
cambiantes, mirar su boca de caldera abierta, ensalivada,
sus párpados caídos, susmanos sueltas sobre
la sábana, entregadas las palmas hacia arriba, los
dedos tan abiertos como sus muslos aceitados que
se levantaban hacia él buscando su mano.Así la lubricaba
con su propio flujo, sus propios humores,
hasta volverla dócil, hasta tener la mano empapada
y el brazo también mojado bajo su cuello, mientras
la cabeza se bamboleaba a la derecha, a la izquierda,
y las espesas nalgas sudadas también iban y venían
en un oleaje que llenaba la cama de agua. Sólo
cuando el grueso vientre era sacudido por espasmos,
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sólo cuando empezaba el zureo de paloma, sólo entonces
Pancho penetraba a la Teresa, vente chiquita,
vente y no estaba dentro de ella cinco minutos
cuando ya la mujer se había venido en una avalancha
de estertores, de sollozos, arqueándose una y
otra vez hasta quedar colmada.
Pancho acechaba en ella el rostro de satisfacción
que nunca le había visto sino en el momento del
amor y por eso no dejaba demirarla con los ojos fijos
hasta que veía aflojarse todos los rasgos de su cara,
su boca chupetear como recién nacido, succionar
para después dejarse ir derramada en todas sus facciones.
¡Qué gloria entonces para él ver a esta gorda
jadeante, los ojos en blanco, impúdicamente suelta,
el monte abultado y ancho, ahora quieto, el estómago
enorme, esta mujer que había gorjeado ciega,
ciega, y que poco a poco volvía a la vida, ya sin
fuerza, habiendo dado uno a uno todos sus frutos!A
la hora, Teresa salía de la cama, y así, sin más, sin
pasar siquiera al baño, se iba a la cocina a encender
la lumbre. Comían para poder regresar luego a la
cama llena de murmullos líquidos y él la montaba
con prisa porque tenía que irse al trabajo y ella se
ofrendaba otra vezmaciza, entera, seca, buenota, qué
buenamujer laTeresa, qué buena, se resarcía pronto,
y él se lanzaba de nuevo, su mano tentoneaba, buscaba
reconociéndola hasta aguardarla con sus caricias.
¿Aquí? ¿Más abajo? Dímelo chiquita, ¿aquí?
—Quiero mi traslado a Apizaco.
—No seas pendejo, ¿cómo te vas a salir? Pancho,
no vas a perder tu antigüedad, así nomás porque sí.
El gringo se enoja. Le dicen el Gringo por los ojos
claros pero es de la sierra de Puebla.
—Voy a hablar con el superintendente de Fuerza
Motriz.
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El Gringo es un hombre bien fogueado, empezó
a trabajar en Ferrocarriles como peón de vía; luego
lo ascendieron de limpiador a fogonero. Tan rápido
fue su escalafón que los otros se enojaron:“¡Ahora
nomás falta que lasmoscas sean conductores!”, pero
el Gringo había sido pasacarbón y también garrotero.
Hizo la carrera completa: garrotero de patio,
mayordomo, jefe de patio, ayudante del jefe de patio
general y allí se le acabó el terraplén porque el siguiente
paso o sea el de jefe de patio general, el que
manda en la Terminal, es de confianza y prefirió,
como Luciano Cedillo Vázquez, quedarse de este
lado de la cortina…de billetes. Se las sabía de todas,
todas.Hacía escasos cuatromeses había pedido que
les dieran la reglamentación de la fuerza diesel, porque
las locomotorasmuchomás potentes que las de
vapor salían con cuarenta y hasta cincuenta carros y
utilizaban elmismo personal ymuchos rieleros quedaron
entonces sin trabajo. El Gringo luchó porque
también los auxiliares de locomotora tuvieran contrato
pero perdió. Lo que nunca perdía, incluso en
el bote, era la esperanza.
—Tú puedes sacarle 30 mil pesos a la empresa
cuando te jubiles.
—No mames, ¿qué te pasa? ¿Cuántos jubilados
conoces que no se estén muriendo de hambre?
El Gringo golpea su vaso contra la mesa.
—Puedes sacarle hasta 40 mil.
Si no fuera el Gringo, Pancho lo largaría, pero se
trata de un viejo preparado. El Chufas yamedio trole
ríe quedito. El Gringo vuelve a golpear su vaso y le
grita al de la cantina:“¿Qué pasa con las otras? ¡Te
vamos a acusar de tortuguismo!”El cantinero malhumoriento
al ver el vaso en el aire está por responder:“
Si lo rompes lo pagas”pero se arrepiente.
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—A mí me quitaron a mi negra consentida —se
acercaVenancio— y no por eso le he hecho el feo a
las nuevas.
—Sácate de aquí.
A Pancho le gusta el sabor de la primera cerveza
cuando pasa un tantito agria, un tantito rasposa por
su garganta. El Chufas con el dorso de la mano limpia
sus bigotes de espuma. Sólo el Gringo se la empina
de un jalón y pa’ luego es tarde, pide las otras
que corren por su cuenta; de suerte que los cuates
no han terminado cuando ya están frente a ellos las
nuevas botellas.
—Por esas sierras, la vía es pura brecha.
—Por esas partes, los recorridos —insiste el
Chufas— no se cuentan por horas sino por días.
—¿Y a mí qué?
—Esa ya no es máquina —vuelve a la carga Venancio—
ésa es un huacal pollero.
—Lárgate—grita de nuevo Pancho.
Y esta vezVenancio se levanta, al cabo ya terminó
su cheve.
—Lárgate tú con tu máquina.
Caritino se sienta en el lugar que dejó libre Venancio,
pide su cerbatana, echa su silla para atrás y
se tapa la cara con la gorra. Siempre hace eso.“Yo
vengo a descansar”, aclara. Sólo se despereza a la
hora de los trancazos porque eso sí le gusta entrarle.
En el ambiente cálido de la cantina, Pancho echa
a rodar sus recuerdos ymás ahora que está amedios
chiles. Cuenta de la Hermandad de Caldereros, de
la Fraternidad de Trenistas, de la lucha de 1946 que
resultó sangrienta, del mayordomo Reza que cayó
herido de muerte por un tiro en el cuello, en la mismita
estación de Ferrocarriles, de sus compañeros
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patieros; habla de las huelgas pasadas y siempre
perdidas, del Comité de Vigilancia que alguna vez
encabezó, y finalmente, ya en las últimas, de lo bonito
que es asomarse a la ventanilla de la Prieta para
sentir las bocanadas de aire.Y en voz baja, avisa:
—Mañana me largo a Apizaco.
El Gringo interviene:
—Ni que te fuéramos a dejar.
Caritino se descubre el rostro, su gorra ferrocarrilera
echada para atrás y toma un largo, un lento
trago de cerveza.
—Yo que él también me largaba.
—Ustedes están en contra del progreso.
—Qué progreso ni qué ojo de hacha.
Al día siguiente Pancho no vino a trabajar. Los
rieleros pensaron que se había ido a Apizaco, que
dentro de algunos días sabrían de él; el superintendente
Alejandro Díaz le pidió personalmente al telegrafista
que le avisaran en cuanto lo vieran, aunque
en la sierra los telegrafistas tienen la maldita costumbre,
sobre todo en las estaciones perdidas, de
aislar los aparatos y dejar de transmitir las órdenes.
De allí tantos rielazos. A los pocos días, Alejandro
Díaz supo que tampoco la Prieta estaba en el andén
de la estación ferroviaria de Apizaco. Como era una
máquina vieja, no la reportó de inmediato, la empresa
no haría mucho escándalo y se ganaban unos
cuantos días para proteger a Pancho, localizarlos,
mandarle decir que se dejara de pendejadas.“En esa
cafetera no va a aguantar y si aguanta, que no crea
que vamos a dejar de arrestarlo”.“¿Cuál arrestarlo?
Ésa es una desgraciada carcacha que se le va a chorrear
en la primera bajada. ¿No le has visto las
cejas?”. En la cantina volaban las conjeturas:“¡Pobre
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Pancho. Así suele sucederles a los viejos rieleros, se
les bota la chaveta”.“¡Si Pancho sigue agarrado de
su palanca, se va a matar!”Ferrocarriles empezó a
enviar despachos para que en la primera estación en
la que se detuviera le avisaran a Pancho que estaba
bajo arresto, que ponía en peligro la vida de otros
que recorrían como él los tramos menores, pero ni
un telegrafista reportó jamás el arribo de la Prieta.
En Buenavista, sólo el Gringo pretendió organizar
cuadrillas para recorrer la vía deApizaco a Huauchinango;
incluso se fue en cabús pero no vio máquina
alguna; ninguna locomotora de esas señas había
cargado combustible, ningún maquinista de pelo
blanco había bajado a proveerse de bastimento. O
lo estaban protegiendo o se lo había llevado la
madre de todos los diablos. En Ferrocarriles dedujeron:“
Se ha de haber desbarrancado en la primera
corrida y ni sus luces”.Ha de estar en lo más hondo
del resumidero.“¡Pero no puede perderse una máquina
con un hombre así como así!”“¡Más se perdió
en Roma y ni quién se acuerde!”Lo curioso es que
en muchos tramos había murciélagos carbonizados
en la vía y en el balasto como si de veras un tren hubiera
pasado y ellos, los ojones, se hubieran estrellado
contra su gran faro. Sin embargo, ninguna
estación reportó máquina alguna; nada, ningún sonido
en los rieles. Después de unos meses, los despachadores
no recibieron entre sus órdenes la clave
de la Prieta; sus señales, tamaño y abolladuras para
poder reconocerla.Y los que la reconocieron, si es
que llegaron a verla, se hicieron ojo de hormiga porque
nadie mandó el parte a Buenavista.
De Apizaco a Huauchinango y también entre las
poblaciones que se adentran en la sierra, por el
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rumbo de Teziutlán se esparce el rumor de una máquina
loca que hace corridas fantasmas y en la
noche se escucha cómo elmaquinista abre la válvula
de vapor y la montaña resuena entonces con un lamento
largo, como el grito de un animal herido, un
grito hondo y dolido que parte la sierra de Puebla
en dos.Nadie la ha visto (aunque todos los hombres
delmundo se han ido un poco con el tren que pasa),
pero una vez, un despachador que se iniciaba en una
estación perdida de la Huasteca, de esas donde no
cae un alma viviente y en las que suelen mandar a
entrenarse, en medio de los abismos oscuros, a los
nuevos para que se despabilen, envió un telegrama
que leyeron en Buenavista:“Métase mi Prieta, entre
el durmiente y el silbatazo”. El Gringo que andaba
en“la chancla”de la estación se enteró y fue el único
en sonreír. Pero como ya no le gustaba platicar no
dio explicación alguna. Tampoco la dio a Alejandro
Díaz, empleado de confianza. 
                                                            
                                                                         FIN




El Inventario

—Esta mesa es Chippendale.
—¡A ver, muchachos, al camión!
Vocea: “¡Una mesa con las patas flojas, una!”
—Un cuadro de la escuela de Greuze.
—¡Una tela grande rayada, una!
—Una consola Louis Philippe.
—Oiga, yo creo que estos muebles son del tiempo
de don Porfirio, porque mire nomás el polillero.
—Dos vitrinas de Wedgewood.
—¿Cómo dice usted?
—Wedgewood…Voy a deletreárselo.
—¡Salen dos vitrinas! ¡Mira ésta no cierra…!
¡Dos sillones con la tapicería percudida, dos!
—No está percudida, así es, estilo Regency.
—Es que nosotros tenemos la obligación de
poner cómo están, si no luego nos reclaman. Y todas
esas mesitas redondas, ¿también nos las llevamos?
—Sí, también son para la bodega.
—Y si no es indiscreción, ¿por qué mejor no las
vende?
—Son de mis tías, son de mi familia, cosas de familia.
¿Cómo las voy a vender? Nosotros no vendemos,
mandamos restaurar.
—Pues también se le van a apolillar. Mire este
cajón, ¡ya está todo agujereado! Y está chistoso el cajoncito.
Mire nomás cuánto tiempo gastaban los antiguos
en estas ocurrencias… Todo de puros
cachitos.
—Una mañana subió Ausencia. Se arrodilló junto
a la cama, a la altura de mi cabeza sobre la almohada
y desperté con el rostro de la cocinera esperándome,
ese rostro gris, viejo, grueso.
—¡Ya me voy señorita!
—¿Qué te pasa Ausencia?
—Es que me voy antes de que se me haga tarde.
—No entiendo.
—¿No quiere usted revisar lo que me llevo? Allá
abajo está la camioneta.
—Por Dios, Ausencia, ¿qué haces?
—Es que las cosas ya no son como antes… Me
llevo el ajuarcito de bejuco. Ése me lo regaló su
abuelita.
(En la calle estaba la camioneta muy pequeña
con todos los pobres muebles apilados, patas para
arriba. Allí amarraron al perro.)
En el principio fueron los muebles. Siempre hubo
muebles.
—Oye ¿a quién le tocó el esquinero de marquetería
poblana?
—A tía Pilar, pero en compensación le daremos a
Inés las dos sillas de pera y manzana.
Era bueno hablar de los muebles; parecían confesionarios
en donde nos vaciábamos de piedritas el
alma. Hablar de ellos era ya poseerlos. En el fondo
de cada uno de nosotros había una taza rencorosa,
un plato codiciado de Meissen, un pastorcito de Niderwiller
“que yo quería y estaba en otro lote”. A
pesar de que todos éramos herederos, y herederos
de a poquito, a pesar de que nos espiábamos con envidia,
el aire estaba lleno de residuos que nos unían
y había la posibilidad de que el día menos pensado
nos dijéramos: “Oye, el arbolito chino ¿no me lo
cambiarías por aquella bicoca de Chelsea que tanto
me gusta?...Vale más el arbolito, sales ganando…”
—Una luna sin espejo
—¿Cómo que sin espejo?
—Es que está empañado.
—Así son esas lunas venecianas. No son para
verse. Son de adorno. Son para borrar los recuerdos.
—Como usted mande. ¡Sale una luna rajada,
marco dorado, una!
(Me están despojando de algo. Toda mi vida he
estado prendida en estos muebles. ¡Cómo me
miran! Invadieron mi alma como antes invadieron
la de mi abuela y la de mis tías, la de mis siete tías infinitamente
distraídas y desplazadas, siempre extranjeras,
siempre en las lunas del espejo; y la de mis
nueve primas a la deriva…Se están llevando la primera
capa de mi piel, caen las escamas.)

—Por favor, pongan más cuidado…
—Es que el mal ya está en los muebles, señorita,
ya no sanan. No es cosa nuestra. Mire, no podemos
ni tocarlos. Parecen momias y se nos desbaratan en
las manos. ¿Cómo le hacemos, pues?
Ausencia con su suéter y su chal cruzado sobre
los hombros, su chal para taparla del frío de todos
estos años no vividos, el frío de toda esa vida con
nosotros, la nariz amoratada en la mañana fría, las
mejillas azules por ese vello negro, monjil como el
plumón de los pollitos, Ausencia con su boca muy
cerca:
—Me voy para San Martín Texmelucan. Me llevo
a la Dickie, a la Blanquita, al Rigoletto, al Chocolate
y, a mi ajuarcito de bejuco….
Allí está Ausencia implacable, tan implacable
como los muebles.
—Qué quiere usted, así es la vida, las cosas se van
deteriorando; también con los años se va agrietando
el carácter. Véalo todo bien para que luego no diga…
A esa silla le clavaron el brazo; mire qué clavote tan
burdo. Se la fastidiaron de plano. Bueno, no es silla,
es como sillón ¿verdad? Más bien parece mecedora,
¿o será un banquito al que le añadieron el respaldo?
Pero le rompieron el brazo y allí mal que bien se lo
pegaron con resistol. ¿Qué no se dio cuenta? ¿O es
que usted no está al pendiente? Se la voy a embodegar
pero fíjese bien que todo está chimuelo, todo
cojo todo medio dado al cuas.
Ausencia, plomiza, secreta, arrodillada. Otro
mueble viejo que sacamos a empujones.
—Levántate Ausencia, por favor. ¡No te hinques,
Dios mío! (Lo ha hecho a propósito. Esto parece telenovela
con lanzamiento.“¡Por favor no me saquen
de aquí!”Pero ella se va porque ya acabó de estar. Se
me hinca encima para que yo sienta toda la vida el
peso de sus rodillas de mujer que trapea el piso.
Vamos a llorar. Pero no, ella nunca llora. Al contrario,
cuando mi abuelita estaba para morir, subió a
verla una sola vez, plañidera muda, con todo el pelo
gris destrenzado sobre los hombros, porque le dijeron
que ya no había tiempo, que la señora la mandaba
llamar.)
—Ausencia, le encargo a mis perros, a la Violeta,
a la Blanquita, al Seco, a todos mis buenos perros
callejeros, a todos mis pobres animalitos. ¡Que no se
vayan a meter a la basura! ¡Que no les vuelva a dar
roña!
Ausencia asintió con su nariz esponjosa de poros
muy abiertos, con las puntas de sus pies vueltas
hacia dentro y su viejo pelo canoso cayéndole como
cortina sobre la cara y los hombros. No lloró, al
menos no hizo aspavientos como las otras. Maximina
se tiró en la escalera y se acostó a lo largo de
seis peldaños. Moqueaba, sorbía sus lágrimas, volvía
a moquear, empapaba la alfombra con lágrimas que
le salían de todas partes, de quién sabe dónde. Impedía
el paso.Ninguno podía subir a ver a mi abuelita
a su recámara, a ver lo bella que había quedado
acostada sobre su blanca cama. La tía Veronique no
quiso que la metieran en la caja y la velamos en su
cama toda una noche y media mañana. Hasta abrimos
las cortinas en la madrugada porque a ella le
gusta ver el sabino. Ella sonreía, sus hermosas
manos cruzadas sobre el camisón bordado y amplio
que había sido de su madre; los que entraban a verla
hacían el mismo comentario:“Parece que está dormida.
¡Qué tranquilidad! ¡Qué paz!”Yo le hablaba
bajito:“Abuelita: ¿corremos a esta visita que no te
cae bien? Es la que te copió tu par de silloncitos Directorio
¿te acuerdas? Tomó las medidas mientras le
servías el té y el pastel de mil hojas. Ni te diste
cuenta…Después te dio mucho coraje ver los sillones
en su casa igualitos a los tuyos. Lo contaste durante
más de una semana. ¿La corro abuelita? Trae
su cinta metro…” Maximina se pasó toda la noche
en la escalera zangoloteándose porque Ausencia le
había ordenado:“Hágase a un lado, mujer. Hágase a
un lado que todo esto no es para usted”.
Cuando el censo le preguntaron a Ausencia:
—¿Casada señora?
—¡No he conocido hombre!
Y no quiso contestar ya nada, como la virgen.
Cueva cerrada. Hubo que inventarlo todo, hasta el
nombre de sus padres.
—Abuelita, contéstame, todo ha quedado igual
como tú lo querías. Todo está en su lugar y nosotros
posamos como en una fotografía antigua. Tus retratos
amarillentos de Wagner y de Goethe se encuentran
en el librero de siempre. No falta una sola pieza
en los inventarios; ni una cucharita de sal. Los libros
tienen tus flores prendidas; edelweis de los Alpes,
creo. Y hay lavanda entre las sábanas. A cada uno
nos tocaron dos pares, bordadas a mano, con encajes.
Pero como sonmuy antiguas y no resisten las lavadas,
sólo las ponemos cuando nacen niños,
nuestros hijos. Sólo entonces… Miento abuelita,
miento. Las cosas no siguen igual, Ausencia se
fue…Y yo también me estoy yendo, no sé a dónde,
quizá a la tiznada.
Siempre se habló de los muebles. Eran una constante,
lo son aún, de nuestra conversación, volvían
como la marea a humedecernos los ojos. Todos discurrían
acerca de ellos con ahínco, muebles cuello
 de cisne, teteras de plata firmadas por el orfebre escocés William Aytoun,
encajes de Brujas para brujas
desencajadas, encaje de a medio metro,“es bonito el
encaje pero no tan ancho” reía Maximina, porcelanas
de Sajonia y deWorcester, estatuillas de Bow análogas
a las que pueden verse en el “Victoria and Albert
Museum”, relojes de Audemars Piguet, grabados de
rosas de Redouté, y cuadros, cuadros, cuadros, entre
más negros y menos se veían decían que eran mejores.
Sucios parecían de Rembrant, túneles de sombra,
etapas superpuestas de oscuridad. Si los
hubiéramos limpiado, en ese momento, aparecería
la firma de la más tenebrosa escuela holandesa del
señor Van Gouda, el de los quesos. Repasábamos los
muebles una vez al día. Nos hacíamos recomendaciones.“
Cierra bien las persianas. Que no les dé el
sol. La penumbra con estas caras de conspiradores,
de ronda nocturna, de callejón del crimen… Quítales
el polvo con el plumero, nada más con el plumero
¿entiendes? Hasta una franela resulta
demasiado tosca. Podría herirlos.“Hablábamos de
los muebles y, hay que reconocerlo, también de la
salud, bastidor de nuestras entretelas: “Estás ojerosa…
Pareces un Greco. ¿Cómo amaneciste? Te veo
mala cara. Estás pálida, chiquita, como una menina
verdaderamente descongraciada. Podrías volver a
acostarte; nada pierdes con pasarte el día en la
cama…¿En qué estás pensando? Siempre pones esa
cara de distracción cuando te estoy hablando. ¡No te
mezas en la silla! La vas a romper. ¿O de veras
quieres romperla? Tal parece que sí. Los jóvenes de
ahora son tan irrespetuosos. Son unos vándalos.”
Dos sillas, una frente a otra, eran mis preferidas
por su alto respaldo. Me volteaba hacia el bastidor;
hacia el tejido de paja y espiaba a través de los agu-
jeritos. El cuarto se veía entonces fragmentado, hexágonos
de panal que podía mover a mi antojo. Los
hacía danzar y todo lo descomponía; la cara de mi
abuelita, la consola; nada tenía dueño, nada era de
nadie; todo era mil pedacitos; astillas de muebles, astillas
de luz, astillas de abuelita; astillas de piel blanca.
Las cosas perdían peso; no tenían depositario.
—Detrás de este enrejado se ven puros cristales
rotos… Por la ventana entran unas estrellas que se
equivocaron de puerta… Me gusta que todo se divida
en dos; que haya dos de cada uno, abuelita, que
nada sea único e irremplazable.
La detentadora de los inventarios era la tía Veronique.
Los revisaba con su lápiz en la mano, corrigiendo
las faltas de ortografía, poniendo crucecitas,
tachando y añadiendo, reconstruyendo en la memoria
viejos muebles inexistentes. “¿Te acuerdas de
aquel biombo de dieciocho hojas de la época de
Kien-Long” De su boca surgían las palabras como
un collar de perlas amarillas, que se desparramaban
y se iban rodando por todos los rincones y que nosotros
recogíamos con prontitud y reverencia para
que las criadas no fueran a barrerlas por la mañana.
Ella bautizó los muebles, ella los repartió, buena conocedora
podía distinguirlos, estilo por estilo y
época por época.“Esta polilla es del siglo XVII, Renacimiento
en plena decadencia.” Con las palabras
ganó; las domó; sabía ordenarlas, siempre supo ensartarlas
en el hilo lógico e irrompible. Todos callaban
cuando ella hablaba; sus veredictos eran
inapelables. La tía Veronique expresaba tan bien sus
exigencias, su dominio era tan evidente, que le conferíamos
todos los derechos.
—Sabe usted, todo entra en descomposición,
aunque el proceso sea lento y apenas perceptible.
Estos muebles debió usted lubricarlos; sus cuadros,
también, con aceite Singer, sí, sí, el de las máquinas
de coser. Con eso no se oscurecen. Claro, algunas
amas de casa prefieren limpiarlos con una papa partida
por la mitad y luego, luego la papa se ennegrece
de la pura mugre… Después se fríen a la hora de
comer y quedan muy ricas, ¡papas a la francesa! Hay
que tallar toda la tela hasta el más recóndito rincón.
Entonces surgen detalles que hacen batir palmas. ¿O
es que a usted no le gustan las antigüedades?
Cuando se cuidan las cosas el tiempo no transcurre,
sabe usted. Su abuelita, la señora grande, su tía, ¡ah!,
cómo cuidaban sus cosas. ¡Cómo venían a verme
apenas había alguna congoja en un mueble, apenas
se despostillaba alguna de sus pertenencias!“Maestro,
usted que es un experto…”Ah, cómo amaban
los muebles; a usted ¿no le gustan los muebles?
Y el restaurador se ponía y se quitaba un monóculo
invisible.
—Sí. Pero nos han durado mucho tiempo. Tres
generaciones. Aquí todo dura demasiado. Además,
no puedo estar encerrada con ellos toda la vida.
—Y eso qué tiene. Una cosa es la vida, otra son
los muebles…
—Es que yo no puedo con tantos cachivaches…
En esta casa no pasa nada, nada, ni siquiera un ratón
del comedor a la cocina.
—¡Uy, yo en su lugar qué más quisiera que estar
aquí viendo estas piezas de época! ¿Qué va usted a
hacer afuera? Lo único que va a sacar es que algún
día le den un mal golpe. Y entonces verá el consuelo
que le proporcionan estas sillas, esta cómoda aunque
no tenga jaladeras. Hacen mucha compañía.
Además si tanto le gusta salir ¿por qué no cabalga
en el brazo de este sillón? ¿Acaso no sabe usted que
uno siempre regresa a lo mismo, a lo de antes? ¿No
sabe que uno siempre llama a su mamá a la hora de
la muerte? ¿No sabe usted que los círculos se cierran
en el punto mismo en el que se iniciaron? Se da toda
la vuelta y se regresa al punto de partida. Ojala y
siempre pueda encontrar a su regreso esta preciosa
mesita, junto a su cama con una taza de infusión
tiempo perdido…
Y el anticuario restaurador se puso por última vez
su monóculo y se me quedó viendo con la ceja levantada
para siempre, como un inmortal, un fatal
agorero.
Cuando acompañé a la tía Veronique a ver al
señor Pinto en su taller oloroso a aguarrás, a todas
las maderas, a todos los bosques del mundo, uní por
primera vez los muebles con los árboles. El señor
Pinto, en su banquito, con sus lentes de arillo redondo,
la vista baja, parecía envuelto en esa emanación
de olores y su cara y sus manos tenían la textura
de sus tablones. Pero él no se daba cuenta. En cambio
la tía Veronique dejaba de dar órdenes, hasta creo
que olvidaba a lo que había ido. Husmeaba agitada
y se escondía tras el rumor del serrucho. Recorría las
esquinas de una mesa despacio, despacito, metía sus
dedos muy finos en algún intersticio y abandonaba
uno de ellos allí con indefinible placer. El dedo y la
hendidura se correspondían suavemente, se sumergían
el uno en el otro, y sin saber cómo ni por qué,
la tía me comunicaba su propia excitación. Percibía
por vez primera algo desconocido y misterioso. La
tía Veronique respiraba fuerte como si su cuerpo rozara
algo vivo y demandante, algo que nunca se iba
a consumir y que subía con ella a medida que su res-
piración se hacía más anhelante. Entonces daba indicaciones
con una morbidez vaga, con los ojos saciados
y de ella salía no sé qué, algo que no eran sus
palabras habituales, delatada por sus labios hinchados.
Entonces me di cuenta de que los muebles están
hechos para recibir nuestros cuerpos o para que los
toquemos amorosamente. No en balde tenían regazo,
lomos y brazos acojinados para hacer caballito;
no en balde eran tan anchos los respaldos, tan mullidos
los asientos; no eran muebles vírgenes o primerizos,
al contrario, pesaban sobre la conciencia.
Todos estaban cubiertos de miradas, de comisuras
resbaladizas, de resquicios, de costados esculpidos;
había rincones llenos de una luz secreta y una fuerza
animal surgía inconfundible de la madera.
Los muebles eran la materialización de todos sus
recuerdos:“Este taburetito, sabes, lo tuvimos en el
departamento de la Rue de Presbourg…”Yo no quería
concretar sus memorias ni vivir de esas cosas a
las que se aferraban en su naufragio, los muebles,
como tablas de salvación, tablas de perdición. ¡Que
no me llegaran todos sus recuerdos! ¡Que no me pasaran
su costal de palabras muertas, sus actos fallidos,
sus vidas inconclusas, sus jardines sin gente, sus
ansias, sus agujas sin hilo, sus bordados que llevan
de una pieza a otra, sus letanías inhábiles! Que no
me hicieran voltear las hojas de álbumes de fotos ya
viejas, manchadas de humedad, esas fotos café con
leche de sus tíos y sus tías yodados, tránsfugas, también
añorantes, guardados en formol, enfermos de
esperanza, hambrientos de amor, prensados para
siempre con su amor, amor-olor a ácido fénico. ¡Que
no me hicieran entrar al amo ató matarile rile ro de
los que juegan a no irse!
Más tarde a la tía Veronique le dio por examinarme
genealógicamente:
—Oye y ¿cómo se llamaba la mamá de tu bisabuela
rusa?
—No sé, no sé, no sé. Lo único que sé es que
ellos están muertos y yo estoy viva.
Pero volteaba las hojas de los álbumes porque soy
morbosa y me detenía en algún rostro, y a cada hoja
le dejé algo de mi sangre y ahora la tengo espesa,
llena de barnices corrosivos, de pétalos marchitos,
de remotos abolengos, de cristales apagados, de ancestros
que jamás conocí y llevo a todas partes con
tierna cautela a pesar de mí misma.
Una tarde le dije: “tía…”a la hora del té. Una luz
difusa entraba, se derretía blanda por la recámara.
Era una hora propicia. La tía Veronique tenía su mirada
perdida, borrosa, como que regresaba de quién
sabe dónde y su voz era la voz de todos los regresos.
—Tía, me quiero casar.
(Le expliqué, insegura y nerviosa. Nunca he tenido
la certeza de nada.)
—Bueno, tú sabrás. Lo único que puedo decirte es
que ese señor no hace juego con nuestros muebles.
—A esta niña le haría bien un viaje a Europa.
(Mi familia ha resuelto siempre los problemas
con viajes a Europa; conocer otro ambiente, ver otras
caras, cambiar de aire, ir a la montaña para la tuberculosis
del espíritu y de la voluntad, oxigenar el
alma, el aire puro de las alturas.)
—Un viaje a Europa, eso es. Le sentaría…
—No quiero. Europa es como un pullman viejo.
—¿Qué dices?
—Sí, un pullman viejo con sus cortinas polvosas,
sus asientos de peluche color vino, sus cordeles raí-
dos, sus flecos desdentados, sus perillas de bronce,
su deshilacherío. Huele feo.
—Podrías ver el cambio de guardia ante el Palacio
de Buckingham. Podrías entrar a Buckingham, dejarle
una tarjeta con la esquina doblada a la Duquesa
Marina de Kent.
—No quiero ver a esos imbéciles de plomo con
sus borregos en la cabeza rellena de tradición. No
quiero ver viejas pelucas rizadas de viejos jueces, la
cara enharinada sobre la mugre. No quiero ver viejas
señoritas con sombreros atravesados con un alfiler
de oreja a oreja para que no se les vuele. ¡No quiero!
Prefiero África. Mil veces África con sus gorilas evangélicos.
Eso es, irme a evangelizar gorilas.
—¡Déjala! Eso no es ella. En realidad, sus amistades
la han trastornado… ¡Ya se le pasará! ¡Ya no regresará!
Ya decía yo que no debía salir tanto de la casa.
Hoy a las diez de la mañana vinieron por los
muebles. Se estacionaron frente a la puerta dos camiones
de mudanza “Madrigal” con sus colchonetas,
sus cuerdas y sus hombres que se tapan la cabeza
con un costal abierto a la mitad, como árabes sin turbante.
Llegaron tarde. Los mexicanos nunca son
puntuales. Yo no sabía que habíamos acumulado
tanto trique pero fueron necesarios dos camiones.
“Rápido muchachos, hay que aprovechar el tiempo”
y en la puerta se paró el señor Madrigal con su tablero
para apoyar el papel en que iba aumentando la
lista y el lápiz para apuntar que se llevaba a la boca
y se la pintaba de violeta. De pronto sentí que estaba
arriesgando mucho más de lo que había supuesto.
Siempre he tenido miedo a equivocarme. Hubiera
querido que se rompiera la realidad pero la realidad
jamás se rompe. Quise gritar: “¡No, no, deténganse,
no se los lleven! ¡No toquen nada!...” De pronto ya
no eran muebles sino seres cálidos y vivientes y
agradecidos y yo los estaba apuñalando por el respaldo.
Los cargadores los vejaban al empujarlos en
esa forma irreverente. Los habían sorprendido de
pronto en las posturas más infortunadas y dislocadas;
los hacían grotescos, los ofendían, los culimpinaban.
Recordé aquel asilo de ancianos: Tepexpan,
en que se sometía a los inválidos a toda clase de vejaciones
a las que no podían oponerse. Se dejaban.
¿Ya qué más daba? Ya ni vergüenza. No podían ni
con su alma. Allá fue a dar el señor Pinto. A los pies
de su cama de fierro pusieron una palquita: “José
Pinto, Ebanista” y de su cuello colgaba la misma etiqueta.
Nunca agradeció nuestras visitas ni levantó
la vista, sus ojos ya velados. Ahí acabó el pobre. Recuerdo
que a su lado un viejecito se tapaba con las
cobijas todo equivocado y dejaba tristemente al descubierto
sus ijares resecos y enjutos. Una enfermera
me explicó enojada.“Lo hace a propósito. A diario
hace lo mismo. Siempre enseñando su carajadita.
Siempre a propósito”. También ahora los muebles lo
hacían a propósito, para mortificarme, como una
forma de protesta, para pegárseme como lapas,
como se le pegaron a mi abuelita, a mis tías.“¡Tontos!
¡Inútiles! Ya perdieron. No quieran asaltarme.
¡Tontos! ¡Ridículos! Éste es sólo un desfallecimiento
pasajero. ¡No protesten contra lo irreversible! Me
dejé impresionar sólo un momento, siempre he sido
precipitada, nunca prudente. Ahora ustedes se van ¡y
muy bien, idos!”
Los subieron penosamente al camión. Ellos no se
dejaban, todavía se debatieron con sus patas sueltas.
Yo ya no sentí nada. Puse mi nombre con firmeza en
cada uno de los recibos extendidos sobre el tablero.
Después arrancaron como dos paquidermos. ¡Qué
torpes son los camiones de mudanza, Dios mío. En
su interior asomaban los objetos. Les vi la cara, hice
mal (las consecuencias vendrán más tarde), y me
quedé parada en la acera un largo rato, muy largo,

cansada, hueca, completamente vacía.

Elena Poniatowska Amor. Nació en París, Francia, el 19 de mayo de 1932. Es una escritora, activista y periodista mexicana, cuya obra literaria ha sido distinguida con numerosos premios, entre ellos el Cervantes.