miércoles, 20 de enero de 2016

Niños en sus cumpleaños














Ayer por la tarde, el autobús de las seis atropello a Miss Bobbit. No sé muy bien qué decir al respecto; a fin de cuentas, ella sólo tenía diez años y sin embargo los de este pueblo no la olvidaremos. Y es que nunca hizo algo común y corriente, al menos no desde la primera vez que la vimos, y eso fue hace un año. Miss Bobbit y su madre llegaron justamente en el autobús de las seis, el que viene de Mobile. Era el cumpleaños de mi primo Billy Bob y casi todos los chicos del pueblo estaban en casa, desparramados en el porche, tomando helados de tutti-frutti y pastel de chocolate, cuando el autobús apareció bramando por la Curva del Muerto. Era el verano aquel en que no llovía nunca; una oxidada sequía lo envolvía todo; a veces, el polvo que se levantaba al pasar un coche se sostenía inmóvil en el aire durante una hora o más. La tía El decía que si no asfaltaban pronto el camino se mudaría a la costa, pero hacía mucho tiempo que decía eso. En fin, estábamos sentados en el porche, el tutti-frutti derritiéndose en nuestros platos, y de repente, justo cuando deseábamos que sucediera algo, algo sucedió. Miss Bobbit apareció entre el polvo rojo del camino: una niñita delgada, con un vestido de fiesta almidonado de color amarillo limón, que caminaba con un insolente aire de persona adulta, una mano en la cadera y la otra en el mango de una delicada sombrilla. Su madre la seguía al fondo, cargando dos maletas de cartón y un gramófono con manivela.
Era una mujer enjuta y desaliñada, de ojos taciturnos y sonrisa ávida.
Nos quedamos tan pasmados que un enjambre de avispas empezó a zumbar sin que las niñas hicieran su habitual escándalo. Su atención estaba demasiado fija en la llegada de Miss Bobbit y su madre, que para entonces ya habían alcanzado el pórtico.
—Perdonen ustedes —gritó Miss Bobbit, con una voz a un tiempo sedosa e infantil, como un bonito lazo, una voz inmaculada, precisa, de actriz de cine o maestra de escuela—, ¿podríamos hablar con los adultos de la casa?
Evidentemente se refería a la tía El y, hasta cierto punto, a mí. De cualquier forma, Billy Bob y los demás chicos menores de catorce nos siguieron al pórtico. Por sus caras se diría que jamás habían visto a una chica. Seguramente no a una como Miss Bobbit. Como dijo la tía El, ¿dónde se había visto una niña que usara maquillaje? El pintalabios daba a su boca un brillo naranja, su pelo casi parecía una peluca de tantos rizos, el contorno de sus ojos había sido remarcado con esmero; todo lo cual no impedía que tuviera una frágil dignidad; era una dama y, más aún, te miraba a los ojos con masculina franqueza.
—Soy Miss Lily Jane Bobbit, de Memphis, Tennessee —dijo con solemnidad.
Los chicos se miraron las puntas de los pies y, desde el porche, Cora McCall, a quien Billy Bob cortejaba por entonces, inició la fanfarria de risas de las chicas.
—Niñas de pueblo —dijo Miss Bobbit; sonrió comprensivamente y giró la sombrilla, altiva—. Mi madre —por toda la presentación, aquella mujer simplona asintió con la cabeza—, mi madre y yo hemos alquilado unas habitaciones. ¿Serían tan amables de señalarnos la casa? Pertenece a una tal Mrs. Sawyer.
Sí, cómo no, dijo la tía El, es ahí enfrente.
Aquí no hay otra casa de huéspedes que esa construcción alta y oscura con dos docenas de pararrayos repartidos en el techo: las tormentas le dan pánico a Mrs. Sawyer.
Billy Bob, colorado como una manzana, dijo, ya que hace tanto calor, señora, ¿no le gustaría descansar un momentito y tomar un poco de tutti-frutti? Por supuesto, dijo la tía El. Pero Miss Bobbit negó con la cabeza.
—El tutti-frutti engorda demasiado, merci de todos modos. —Y cruzó la calle, la madre casi arrastraba los paquetes entre la polvareda. Entonces Miss Bobbit se volvió con expresión adusta; sus ojos, de un color dorado girasol, se ensombrecieron y miraron de lado, como si tratara de recordar un poema—. Mi madre tiene una enfermedad en la lengua, por eso tengo que hablar por ella —informó con rapidez, y suspiró—. Mi madre es una excelente modista, ha hecho vestidos para la alta sociedad de muchos pueblos y ciudades, incluyendo Memphis y Tallahassee. Seguramente habrán visto y admirado el vestido que llevo. Cada una de sus puntadas es obra de mi madre; puede copiar cualquier patrón, y acaba de ganar un premio de veinticinco dólares de la revista Ladies Home. También sabe tejer, hacer ganchillo y bordar. Si desean cualquier trabajo de costura, por favor acudan a mi madre. Díganselo a sus amigos y familiares. Gracias. —Y desapareció tras el suave crujir de su vestido.
Cora McCall y las chicas tiraban de sus lazos en el pelo, nerviosas, molestas: rostros colorados llenos de suspicacia. Soy Miss Bobbit, dijo Cora, torciendo la cara en una imitación alevosa, y yo la princesa Isabel, sí, ésa soy yo, ja, ja, ja. ¡Qué vestido!, dijo Cora, más cursi no podría ser; toda mi ropa es de Atlanta; además tengo un par de zapatos de Nueva York, por no hablar del anillo de plata con turquesa que me trajeron de Ciudad de México. La tía El dijo que no debían ser así con una chica como ella, que además era nueva en el pueblo, pero ellas continuaron como en un aquelarre, apoyadas por los chicos más idiotas, los que siempre estaban con las chicas, y dijeron cosas que ruborizaron tanto a la tía El que aseguró que los mandaría a casa y hablaría con sus papás, pero antes de que pudiera cumplir su amenaza, la propia Miss Bobbit intervino en el asunto: se puso a recorrer el porche de Mrs. Sawyer vestida de una manera nueva y sorprendente.
Los chicos mayores, como Billy Bob y Preacher Star, que habían estado callados mientras las chicas se burlaban de Miss Bobbit, y habían observado la casa de enfrente con rostros borrosos, ambiguos, se incorporaron y fueron al pórtico. Cora McCall suspiró y frunció los labios. Los demás nos sentamos en los escalones. De cualquier forma, Miss Bobbit nos ignoró totalmente. El jardín de Mrs. Sawyer tiene moreras que dan sombra, y está sembrado de césped y arbustos fragantes. A veces, después de llover, el olor de los arbustos llega hasta nuestra casa. En el centro del jardín hay un reloj de sol que Mrs. Sawyer colocó en 1912 en memoria de su toro Solar, que murió después de beberse un bote de pintura.
Miss Bobbit salió al jardín cargando el gramófono y lo colocó en el reloj de sol. Le dio cuerda y puso un disco; se escuchó El conde de Luxemburgo. Para entonces ya casi había oscurecido, era la hora de las luciérnagas, azul como un cristal opaco; los pájaros atravesaban el cielo en apretados arcos y se refugiaban en los pliegues de los árboles. Antes de las tormentas, las hojas y las flores parecían arder con luz y colores propios. Miss Bobbit, ataviada con una diminuta falda blanca, semejante a la borla de una polvera, y brillantes lazos de oropel dorado en el pelo, se recortó contra el fondo oscuro que parecía un decorado a propósito para resaltar su brillo. Arqueó los brazos sobre la cabeza, las manos flojas como lirios, y se puso de puntas. Estuvo así un buen rato y la tía El dijo, qué habilidad. Luego giró y giró hasta que la tía El dijo, caray, sólo de mirarla me mareo. Se detenía sólo para darle cuerda al gramófono. La luna despuntó sobre los cerros, sonó la última campana para la cena, los chicos regresaron a sus casas y Miss Bobbit siguió en la oscuridad, girando como una peonza.
Durante un tiempo no volvimos a verla. Preacher Star venía cada día a casa y se quedaba hasta la hora de cenar. Preacher es un chico escuálido, con abundante pelo rojo cortado a cepillo; son doce entre hermanos y hermanas y hasta ellos le temen, pues tiene un genio terrible y es famoso en estos lares por sus malignos ojos verdes: el cuatro de julio dejó a Ollie Overton tan maltrecho que la familia de Ollie tuvo que mandar a su hijo al hospital de Pensacola, y una vez le arrancó media oreja a una mula de un mordisco, la masticó y la escupió al suelo. También dominaba a Billy Bob antes de que éste diera el estirón; le metía plantas espinosas por el cuello, le echaba pimienta en los ojos, le rompía los deberes. Pero ahora son los mejores amigos del pueblo: hablan igual, caminan igual y a veces desaparecen juntos días enteros, Dios sabe dónde. No se apartaron de la casa, sin embargo, los días que Miss Bobbit no se dejó ver.
Rondaban cerca del jardín, disparando con tirachinas a los gorriones de los postes telefónicos. A veces Billy Bob se ponía a tocar el ukelele, y los dos cantaban con tal estruendo que el tío Billy Bob, que es juez de este condado, decía que ya los oía cantar camino de la cárcel: mándame una carta, mándamela por correo, a la cárcel de Birmingham donde estaré. Miss Bobbit no los escuchaba; al menos jamás se asomaba.
Un día que Mrs. Sawyer fue a pedir un poco de azúcar, vino hablando de sus nuevas inquilinas hasta por los codos. ¿A que no saben?, dijo, entrecerrando sus brillantes ojos de gallina, el marido era un criminal; la propia niña me lo dijo. No le da la menor vergüenza, ni pizca. Dice que su padre era el más cariñoso y el que tenía la voz más dulce de todo Tennessee… Y yo le pregunté, ¿y él dónde está, cariño?, y así de sopetón me dijo, ah, en la cárcel, no sabemos nada de él. Se le hiela a una la sangre, ¿no? Creo que su madre…, creo que su madre es medio extranjera: nunca dice una palabra, a veces se queda mirando como si no entendiera. ¿Y a que no saben? Comen todo crudo. Huevos crudos, nabos crudos, zanahorias, nada de carne. Por razones de salud, dice la niña, pero caramba, desde el martes pasado está en la cama con fiebre.
Esa misma tarde la tía El salió a regar las rosas. No encontró nada. Eran rosas especiales y tenía pensado enviarlas a la exposición floral de Mobile. Naturalmente, se puso algo histérica. Llamó al sheriff y le dijo, venga ahora mismo, sheriff, alguien se ha llevado las Lady Anne que he estado cuidando con toda mi alma desde principios de primavera. Cuando el coche del sheriff aparcó frente a la puerta, los vecinos salieron de sus porches y Mrs. Sawyer atravesó la calle a toda prisa, con la cara blanca de tantas capas de cold-cream. ¡Caray!, dijo, muy decepcionada al ver que no habían matado a nadie, ¡caray!, dijo, si nadie les ha robado las rosas. Su Billy Bob se las llevó a la pequeña Bobbit. La tía El guardó silencio; se limitó a caminar hasta el melocotonero y cortar una rama. ¡Aaah, Billy Bob!, recorrió la calle gritando su nombre hasta que lo encontró en el garaje de Speedy. Estaba con Preacher, viendo cómo Speedy desmontaba un motor. La tía El le cogió del pelo y se lo llevó arrastrando a casa, propinándole azotes, pero no le pudo obligar a pedir perdón ni le hizo llorar. Cuando terminaron con él, Billy Bob corrió al patio trasero, subió a la rama más alta de un nogal y dijo que nunca más bajaría. Entonces llegó su padre; era la hora de cenar. Su padre se asomó a la ventana y lo llamó: no estamos enfadados contigo, hijo, baja a cenar. Pero Billy Bob no se movió. La tía El salió al patio y se apoyó contra el árbol; habló en un tono tan suave como la luz que había en torno. Lo siento, hijo, no quería pegarte tanto. He hecho una cena muy rica, ensalada de patatas, jamón cocido y huevos picantes. Lárgate, dijo Billy Bob, no quiero cenar, te odio más que a nadie. Su padre dijo, ¡vaya forma de hablarle a tu madre!, y ella empezó a llorar. Se quedó bajo el árbol y siguió llorando, secándose los ojos con la falda. Yo no te odio, hijo… Si no te quisiera no te habría pegado. Las hojas del nogal empezaron a temblar; Billy Bob se deslizó despacio hasta el suelo. La tía le acarició el pelo con fuerza y lo abrazó. Ay, mamá, dijo él, ay, mamá.
Después de la cena, Billy Bob vino a verme y se tendió a los pies de mi cama. Tenía un olor agridulce, típico de adolescente, y me dio lástima, parecía tan afligido; tan preocupado estaba que casi se le cerraban los ojos. Se supone que hay que mandar flores a los enfermos, dijo con énfasis. Fue entonces cuando oímos el gramófono, un sonido distante, melodioso. Una mariposa nocturna entró por la ventana y giró en el aire, tan tenue como la música.
Estaba oscuro y no podíamos saber si Miss Bobbit bailaba. Billy Bob se dobló en la cama como una navaja, aparentemente preso de dolor. Pero su rostro se despejó de repente, sus adolescentes ojos mugrientos se encendieron como velas. Es tan bonita, murmuró, la cosa más bonita que he visto en mi vida, al carajo, voy a cortar todas las rosas de China.
También Preacher hubiera cortado todas las flores de China. Estaba tan loco por ella como Billy Bob. Pero Miss Bobbit los ignoraba. El único contacto que tuvimos con ella fue una nota dirigida a la tía El agradeciéndole las flores. Todos los días se sentaba en el porche, siempre vestida de manera impresionante, y bordaba, se hacía tirabuzones o leía el diccionario Webster. Era formal pero relativamente amigable; si le decías «buenos días» te decía «buenos días». De cualquier forma, los chicos no parecían capaces de infundirse suficiente valor para acercarse a ella. Acostumbraba mirarlos como si no existieran, incluso cuando hacían el machote por la calle para llamar su atención. Luchaban, imitaban a Tarzán, ejecutaban arriesgadas piruetas en las bicis. Daba pena verlos. Muchas chicas del pueblo pasaban por la casa de Mrs. Sawyer dos o tres veces en menos de una hora tan sólo para echarle un vistazo. Entre quienes hacían esto estaban: Cora McCall, Mary Murphy Jones, Janice Ackerman. Miss Bobbit tampoco mostraba ningún interés por ellas.
Cora ya no le hablaba a Billy Bob, y lo mismo se podía decir de Janice respecto a Preacher, pues incluso le escribió una carta con tinta roja en papel ribeteado de encaje donde le decía que su vileza estaba más allá de las palabras y de los seres humanos, que daba por roto su compromiso y que podía pasar a buscar la ardilla disecada que le había regalado.
Preacher dejó claro que deseaba comportarse como un caballero; paró a Janice cuando pasaba por nuestra casa y dijo que bueno, si quería se podía quedar con esa ardilla vieja. Luego no pudo entender por qué Janice empezó a llorar y salió corriendo de aquella manera.
Un día los chicos estaban haciendo más locuras que de costumbre. Billy Bob deambulaba con el uniforme caqui que su padre había traído de la guerra mundial y Preacher, desnudo de cintura para arriba, se había pintado una mujer desnuda en el pecho con un viejo pintalabios de la tía El. Eran dos payasos perfectos, pero Miss Bobbit se limitó a bostezar, reclinada en un columpio. Ya estaba entrada la tarde y no había nadie en la calle, a excepción de una niña de color, regordeta como un bombón, que canturreaba llevando un balde de zarzamoras. Los chicos la rodearon como mosquitos, se cogieron de las manos y dijeron que no la dejarían ir hasta que no pagara la tarifa. No tengo tarifa, dijo ella, ¿qué tarifa, señor? Una fiesta en el granero, dijo Preacher, apretando los dientes, una fantástica fiesta en el granero. Ella se estremeció y dijo que no pensaba ir a ninguna fiesta en ningún granero. En eso Billy Bob tomó el balde con las zarzamoras y ella se agachó en un inútil gesto para recuperarlo, lanzando angustiosos chillidos como un cerdo. Preacher, que puede ser malo como un demonio, la mandó de una patada en el trasero entre las zarzamoras y el polvo, donde quedó tendida como un fardo.
En eso llegó Miss Bobbit amenazadora, moviendo el dedo como un metrónomo. Como una maestra de escuela, batió palmas, dio una patada en el suelo, y luego dijo:
—Es sabido que los caballeros han sido puestos sobre la faz de la tierra para proteger a las damas. ¿Creéis acaso que los chicos se comportan así en ciudades como Memphis, Nueva York, Londres, Hollywood o París?
Los chicos retrocedieron, y se metieron las manos en los bolsillos. Miss Bobbit ayudó a levantarse a la chica de color, le sacudió el polvo, le secó los ojos, le dio un pañuelo y le dijo que se sonara.
—Muy bonito —dijo—, es increíble que una dama no pueda pasear sin peligro a la luz del día.
Luego ellas dos fueron a sentarse en el porche de Mrs. Sawyer. Durante todo el año siguiente Miss Bobbit y aquel bebé elefante, que se llamaba Rosalba Cat, jamás estuvieron lejos la una de la otra. Al principio Mrs. Sawyer armó un escándalo de que Rosalba estuviera tanto tiempo en la casa. Le dijo a la tía El que era excesivo tener a una negra repantigada en su porche, a la vista de todos. Pero Miss Bobbit tenía algo mágico; todo lo que hacía lo llevaba a cabo hasta el final, de un modo tan directo y tan solemne que no había más remedio que aceptarlo. Por ejemplo, los comerciantes del pueblo solían mofarse al decirle Miss Bobbit, pero poco a poco se convirtió en Miss Bobbit, y ahora, cuando ella pasaba haciendo girar su sombrilla, la saludaban con una ligera reverencia. Miss Bobbit dijo a todo el mundo que Rosalba era su hermana, lo cual suscitó más de una broma; pero, como la mayoría de sus ideas, paulatinamente se volvió algo natural, y cuando oíamos que se decían hermana Rosalba o hermana Bobbit ya nadie se echaba a reír. De cualquier forma, la hermana Rosalba y la hermana Bobbit hicieron varias cosas extrañas. Si no, ahí está lo de los perros. Resulta que hay muchos perros en el pueblo: terriers cazarratones, perdigueros, sabuesos que al calor de la tarde recorren las calles desiertas en jaurías adormiladas que van de seis a una docena, y sólo aguardan la luna y la oscuridad, las horas solitarias en que no dejan de aullar: alguien se muere, alguien se ha muerto.
Miss Bobbit se quejó al sheriff. Dijo que, para empezar, tenía el sueño ligero, y además un grupo de perros —siempre eran los mismos— aullaba adrede bajo su ventana. A decir verdad ni siquiera creía que fueran perros sino, como creía su hermana Rosalba, alguna clase de demonio. Obviamente el sheriff no hizo nada. Y ella tomó cartas en el asunto. Una mañana, después de una noche especialmente ruidosa, fue vista en el pueblo en compañía de Rosalba, quien llevaba un cesto de flores lleno de piedras. Cada vez que veían un perro se detenían y Miss Bobbit lo examinaba. A veces negaba con la cabeza, pero casi siempre decía:
—Sí, éste es uno de ellos, hermana Rosalba. —Y la hermana Rosalba cogía una piedra y la lanzaba con certera puntería, golpeando al perro justo entre los ojos.
Otra cosa tuvo que ver con Mr. Henderson, que vive en una habitación detrás de la casa de Mrs. Sawyer. Mr. Henderson, un hombre de unos setenta años, pequeño y rudo, fue perforador de pozos petroleros en Oklahoma. Como muchos ancianos está obsesionado por las funciones del cuerpo. Además, es un borracho perdido. En una ocasión la borrachera le duró dos semanas; cada vez que oía moverse a Miss Bobbit y la hermana Rosalba, corría escaleras arriba y gritaba a Mrs. Sawyer que había enanos en las paredes, que trataban de quitarle su provisión de papel higiénico. Ya le habían robado el equivalente a quince centavos de papel, dijo. Una tarde las chicas estaban sentadas en el jardín y Henderson se detuvo frente a ellas, vestido sin más prendas que un camisón. ¿Conque queréis robarme todo el papel?, exclamó, ya os enseñaré, enanas… ¡Socorro, estas putas enanas van a escaparse con todo el papel del pueblo! Billy Bob y Preacher contuvieron a Mr. Henderson hasta que llegaron unos adultos y empezaron a atarlo. Miss Bobbit, que había mostrado una admirable serenidad, les dijo que no sabían hacer un nudo adecuado y ella misma se encargó del asunto. Hizo tan buen trabajo que impidió la circulación en las manos y los pies de Mr. Henderson, y pasó un mes antes de que volviera a caminar.
Fue poco después de esto cuando Miss Bobbit vino a visitarnos. Llegó un domingo; yo estaba solo en casa porque la familia había ido a la iglesia.
—Los olores de la iglesia son tan desagradables —dijo, inclinándose con las manos recogidas delicadamente—. No vaya a creer que soy pagana, Mr. C., he tenido suficientes experiencias para saber que hay un Dios y que hay un diablo; pero al diablo no se le amansa yendo a la iglesia a que nos digan lo pecador, estúpido y malvado que es. No, hay que amar al diablo como se ama a Jesús; es muy poderoso y si uno confía en él te devuelve el favor. Ya me ha hecho algunos, en la escuela de baile en Memphis… siempre le pido al diablo que me consiga el primer papel en la función anual. Es puro sentido común; Jesús no se molestaría en ayudarme en un baile. Por cierto, hace poco invoqué al diablo; es el único que puede ayudarme a salir de este pueblo; no es que yo considere que vivo aquí, no exactamente, siempre pienso en otro sitio, en un sitio donde no hay más que el baile, donde toda la gente baila por la calle y todo es tan hermoso como los niños en sus cumpleaños. Mi adorable padre dijo que yo vivía en las nubes, pero si él hubiera vivido más en las nubes ya sería tan rico como quería ser. El problema de mi padre era que no amaba al diablo, dejaba que el diablo lo amara a él. Pero yo lo tengo muy claro; sé que con frecuencia la segunda opción resulta ser la mejor. Para nosotros la segunda opción era mudarnos a este pueblo, y como aquí no puedo empezar mi carrera, la segunda opción para mí es iniciar un negocio paralelo. Y eso acabo de hacer. Soy agente exclusiva de suscripción del más impresionante catálogo de revistas, incluyendo Reader’s Digest, Popular Mechanics, Dime Detective y Child’s Life. Para ser sincera, Mr. C, no he venido aquí a venderle nada. Sucede que tengo una idea; se me ha ocurrido que esos dos chicos que no salen de aquí…, después de todo son hombres, ¿no?…, ¿cree que podrían ser mis ayudantes?
Billy Bob y Preacher trabajaron de firme para Miss Bobbit, y también para la hermana Rosalba, representante de una línea de cosméticos llamada Gota de Rocío. El trabajo consistía en repartir las compras a los clientes. Por la noche Billy Bob estaba tan cansado que apenas si podía masticar la cena. La tía El decía que era una vergüenza y una lástima, y finalmente un día en que Billy Bob regresó con media insolación dijo, se acabó, Billy Bob no volverá a trabajar con Miss Bobbit. Pero Billy Bob empezó a insultarla y no paró hasta que su padre lo encerró en su cuarto y él dijo que se iba a suicidar. Una cocinera que tuvimos le había dicho que un plato de col revuelta con melaza era tan mortal como un disparo. Y eso fue lo que comió. Me muero, decía, revolviéndose a un lado y a otro de la cama, me muero y a nadie le importa.
Miss Bobbit fue a verlo y le dijo que se estuviera quieto.
—No te pasa nada, muchacho. No tienes más que dolor de estómago.
Entonces hizo algo que alarmó a la tía El: le levantó las mantas a Billy Bob y le dio una friega de alcohol de pies a cabeza. Cuando la tía El le dijo que no creía que fuera una cosa apropiada para una muchachita, respondió:
—No sé si es apropiada o no, pero sin duda es muy refrescante.
Después de esto, la tía El hizo cuanto pudo para impedir que Billy Bob volviera a trabajar. Pero su padre dijo que lo dejaran solo, tenían que dejar que el chico decidiera su vida.
Miss Bobbit era muy honrada con el dinero; pagaba a Billy Bob y a Preacher sus comisiones exactas y jamás aceptó sus continuas invitaciones a la cafetería o al cine.
—Más vale que os ahorréis el dinero —les dijo—, si es que queréis ir a la universidad; ninguno de los dos tiene seso suficiente para ganar una beca, ni siquiera una de futbolistas.
Y fue por un asunto de dinero por lo que Billy Bob y Preacher tuvieron un fuerte altercado. La verdadera causa, por supuesto, era otra: ambos estaban terriblemente celosos de Miss Bobbit. El caso es que un día Preacher —y tuvo el descaro de hacerlo delante de Billy Bob— le dijo a Miss Bobbit que más valía que revisara sus cuentas porque tenía razones para sospechar que Billy Bob no le daba todo el dinero que recaudaba. Es una mentira cochina, dijo Billy Bob, y con un limpio izquierdazo lanzó a Preacher fuera del porche de Mrs. Sawyer y le saltó encima sobre un seto de berros; pero una vez que Preacher lo tuvo cerca, Billy Bob perdió toda ventaja. Preacher hasta le metió barro en los ojos. Mientras, Mrs. Sawyer graznaba como un águila, asomada a una ventana del piso de arriba, y la hermana Rosalba, contenta como unas pascuas, gritaba ambiguamente:
—¡Mátalo, mátalo, mátalo!
Sólo Miss Bobbit parecía saber lo que hacía. Conectó la manguera de regar el césped y propinó a los chicos un chorro enérgico, en plena cara. Preacher se incorporó a duras penas, jadeando. Cariño, dijo, sacudiéndose como un perro mojado, cariño, tienes que decidirte.
—¿Decidir qué? —preguntó Miss Bobbit de inmediato con un bufido.
—No querrás que nos matemos, ¿verdad? —jadeó Preacher—. Tienes que decidir quién es tu verdadero novio.
—¡Qué novio ni qué ocho cuartos! —dijo Miss Bobbit—. Debí suponer que no podía mezclarme con chicos de pueblo. ¿Qué clase de hombres de negocios pretendéis ser? Escúchame bien, Preacher Star: no necesito un novio, y si lo quisiera no serías tú. ¡Pero si ni siquiera te pones de pie cuando una dama entra en la habitación!
Preacher escupió en el suelo, caminó hacia Billy Bob y con un ostentoso aspaviento dijo como si nada hubiera pasado:
—Vamos, al diablo con ella, lo único que quiere es causar problemas entre dos buenos amigos.
Por un momento pareció que Billy Bob se le uniría en una pacífica camaradería; sin embargo, se dio cuenta de lo que pasaba y dio un paso atrás con evidente resolución. Se encararon durante todo un minuto, su misma cercanía pareció cobrar un matiz inquietante: sólo se puede odiar tanto cuando también se ama. La cara de Preacher reflejaba todo esto, pero lo único que podía hacer era irse. Sí, Preacher, ese día, por primera vez en tu vida, te veías perdido; de verdad que me caíste bien cuando te alejaste por el camino, tan flaco, abatido y desvalido.
Preacher y Billy Bob no se reconciliaron, y no porque no quisieran, simplemente no parecía haber modo de retomar una amistad de la que tampoco podían librarse: cada uno estaba siempre pendiente de lo que hacía el otro. Cuando Preacher encontró un nuevo amigo íntimo, Billy Bob se pasó varios días caminando sin rumbo fijo, recogía cosas sólo para tirarlas o de repente hacía cosas raras, como meter el dedo en un ventilador eléctrico.
A veces Preacher se detenía en el pórtico y hablaba con la tía El. Supongo que lo hacía sólo para molestar a Billy Bob, pero seguía siendo amable con todos nosotros y por Navidad nos regaló una enorme caja de cacahuetes sin cáscara. También dejó un regalo para Billy Bob. Resultó ser un libro de Sherlock Holmes; en la primera página estaba escrito: «La amistad no crece como la hiedra en la pared.» Es lo más cursi que he oído en mi vida, dijo Billy Bob, ¡Dios mío, qué estupidez! Pero luego, y aunque era un frío día de invierno, fue al patio trasero, trepó al nogal y se acuclilló sobre las azules ramas de diciembre.
Sin embargo, la mayor parte del tiempo estaba contento, pues Miss Bobbit estaba ahí y ahora siempre era amable con él. Ella y la hermana Rosalba lo trataban como a un hombre, es decir, dejaban que él lo hiciera todo. Además, le permitían ganar en el bridge de tres manos, nunca cuestionaban sus mentiras ni lo desanimaban en sus ambiciones. Fue un intervalo feliz. Pero los problemas resurgieron con la vuelta al colegio. Miss Bobbit se negó a ir.
—Es ridículo —dijo cuando Mr. Copland, director de la escuela, fue a ver qué sucedía—, realmente ridículo; sé leer y escribir y ciertas personas de este pueblo tienen motivos de sobra para saber que sé contar dinero. No, Mr. Copland, piénselo un momento y se dará cuenta de que ninguno de los dos tenemos ni el tiempo ni la energía; a fin de cuentas sería cuestión de ver quién se rinde primero, usted o yo; por otro lado, ¿qué puede enseñarme? Si supiera algo de baile sería otra cosa, pero, en las actuales circunstancias, sugiero que nos olvidemos del asunto.
Copland estaba más que dispuesto a hacerlo, pero el resto del pueblo pensó que ella merecía unos buenos azotes. Horace Deasley escribió un artículo en el periódico titulado: «Una situación trágica.» Desde su punto de vista era una tragedia que una niña pudiera desafiar lo que por alguna razón denominaba «la Constitución de los Estados Unidos». El artículo terminaba con una pregunta: ¿Podrá salirse con la suya? Pudo, y también la hermana Rosalba (sólo que ella era negra y a nadie le importaba). Billy Bob no fue tan afortunado; para él era época de clases, aunque, dado el provecho que sacó, igual podía haberse quedado en casa. En el primer boletín de notas obtuvo tres cates, un récord en cierto modo. Billy Bob es un chico listo. Supongo que sencillamente no podía vivir tantas horas sin Miss Bobbit; lejos de ella siempre parecía medio dormido. Además, no dejaba de pelearse: cuando no tenía un ojo morado, tenía la boca partida o cojeaba al caminar. Jamás hablaba de estas peleas, pero Miss Bobbit era lo suficientemente astuta como para saber la causa.
—Eres un encanto, ya lo sé. Y te aprecio, Billy Bob, pero no te pelees por mí. Claro que dicen cosas horribles de mí, pero ¿sabes qué significa, Billy Bob? Es una especie de elogio. En el fondo creen que soy maravillosa.
Y tenía razón: si no te admiran nadie se tomará la molestia de estar en contra. Pero en realidad sólo tuvimos idea de lo maravillosa que era cuando apareció un hombre llamado Manny Fox. Esto sucedió a fines de febrero. Las primeras noticias que tuvimos de Manny Fox fueron unos alegres carteles colocados en las tiendas: Manny Fox presenta: La bailarina del abanico sin abanico, y luego, en letra más pequeña: También un sensacional concurso de aficionados entre los propios vecinos. Primer premio: una prueba de pantalla en Hollywood. Todo esto sucedería el jueves siguiente. Las entradas costaban un dólar, una verdadera fortuna por estos alrededores, pero no es común que tengamos espectáculos de carne y hueso, de modo que todo el mundo desembolsó su dinero y habló con entusiasmo de la función. A lo largo de la semana, los vaqueros de la cafetería hablaron de cosas obscenas, sobre todo de la bailarina del abanico sin el abanico, que resultó ser la esposa de Manny Fox.
Los Fox se alojaron en el camping Chucklewood de la carretera, pero pasaban el día entero recorriendo el pueblo en un viejo Packard, con el nombre completo de Manny Fox impreso en cada una de las cuatro puertas. Su esposa era una pelirroja de labios y párpados húmedos, rostro expresivo y vocabulario soez; aunque era bastante alta, se veía algo frágil comparada con Manny Fox, pues el tipo parecía un tonel.
Establecieron su cuartel general en los billares. Todas las tardes se les podía ver allí, bebiendo cerveza y bromeando con los haraganes del pueblo. Según se vería, los negocios de Manny Fox no se limitaban al teatro. También dirigía una especie de agencia de colocaciones: como quien no quiere la cosa, informó que por ciento cincuenta dólares podía conseguirle a cualquier muchacho aventurero del condado un trabajo de primera categoría en los barcos fruteros que navegaban de Nueva Orleans a Sudamérica. La oportunidad de la vida, según él. Aquí no llegan a dos chicos que han tocado alguna vez más de cinco dólares; sin embargo, una buena docena se las arregló para conseguir el dinero. Ada Willingham sacó todo lo que había ahorrado para comprarle a su marido una lápida en forma de ángel y se lo dio a su hijo, y el padre de Acey Trump vendió una parte de su cosecha de algodón.
¡Y la noche de la función! Aquella noche nos olvidamos de todo, de los velorios y de los platos en el fregadero. La tía El dijo que parecía que íbamos a la ópera, todos tan vestidos, tan sonrosados, tan fragantes. El Odeón no había estado tan lleno desde que subastaron aquel juego de plata de ley. Casi todos tenían un familiar concursante, de modo que había mucho nerviosismo en juego. Nosotros, la única concursante que conocíamos realmente bien era Miss Bobbit. Billy Bob no podía estarse quieto; no paró de decirnos que no debíamos aplaudir a nadie más que a ella. La tía El dijo que eso era una grosería, lo cual hizo que Billy Bob volviera a sulfurarse, y cuando su padre nos trajo bolsas con palomitas de maíz, se negó a comerlas porque se le engrasarían las manos, y otra cosa, por favor, no hagáis ruido ni mastiquéis durante la actuación de Miss Bobbit.
Su participación en el concurso había sido una sorpresa de última hora. Era lógico que concursara, y algunas señales debieron habernos puesto sobre aviso; por ejemplo, el hecho de que no saliera de casa de Mrs. Sawyer ¿en cuántos días?, y el gramófono encendido hasta muy entrada la noche, su sombra dando vueltas entre cortinas y la mirada maliciosa y presumida de la hermana Rosalba cada vez que le preguntaban por la salud de la hermana Bobbit. El caso es que su nombre estaba en el programa, en segundo lugar, aunque tardó mucho en aparecer. Primero salió Manny Fox, el pelo engominado y una mirada socarrona. Contó chistes bastante peculiares, acompañando sus carcajadas con un aplauso. La tía El dijo que si volvía a contar otro chiste como ése se iría en el acto: pero lo contó y ella se quedó. Salieron once concursantes antes que Miss Bobbit; entre ellos Eustacia Bernstein, que imitaba a estrellas de cine de modo que todas se parecían a Eustacia, y el extraordinario Buster Ridley, un anciano de tierra adentro, orejudo y desarrapado, que interpretó Waltzing Matilda al serrucho. Hasta ese momento era el éxito de la función, aunque no se podían distinguir las preferencias del público, pues todos aplaudían generosamente, todos menos Preacher Star, que estaba dos filas delante de nosotros y recibía cada actuación con un ¡Buuu! tan sonoro como un rebuzno. La tía El dijo que no volvería a dirigirle la palabra. Preacher sólo aplaudió a Miss Bobbit. El diablo, sin duda, estaba de parte de ella. Pero se lo merecía.
Miss Bobbit salió a escena: grandes parpadeos, un meneo de caderas y sacudiendo los rizos. Enseguida supimos que no iba a ser uno de sus números clásicos. Cruzó el escenario taconeando y levantándose con delicadeza la falda azul celeste. Es lo más hermoso que he visto nunca, dijo Billy Bob, dándose una palmada en el muslo. La tía El se vio obligada a aceptar que Miss Bobbit estaba realmente encantadora. Cuando empezó a girar, el auditorio entero irrumpió en una espontánea ovación, y ella volvió a empezar, murmurándole «más rápido» a la pobre Miss Adelaida que estaba al piano, mostrando lo mejor que había aprendido en la escuela dominical.
—Nací en China y me crié en Japón… —era la primera vez que la oíamos cantar; tenía una voz áspera, de papel secante—, aléjate de mi lata si no te gusta el melocotón, ¡o-jo, o-jo!
La tía El carraspeó. Volvió a carraspear cuando Miss Bobbit se inclinó para mostrar su ropa interior de encajes azules, con lo cual recibió la mayoría de los silbidos que los muchachos habían estado guardándose para la bailarina del abanico sin abanico, lo que no estuvo mal, según se vería, pues resultó que aquella dama se limitó a cumplir su rutina en bañador, al ritmo de Una manzana para el profesor y gritos de fuera, fuera. Pero el triunfo definitivo de Miss Bobbit no consistió en mostrar su trasero. Miss Adelaida atacó las teclas más graves, iniciando una ominosa tormenta, y entonces la hermana Rosalba irrumpió en el escenario portando un cirio romano encendido; se lo dio a Miss Bobbit, que estaba haciendo un split completo; cuando llegó al suelo, el cirio estalló en círculos rojos, blancos y azules y tuvimos que ponernos de pie porque se puso a cantar el himno nacional a pleno pulmón. La tía El diría después que era lo más extraordinario que había visto en la escena americana.
No había duda de que se merecía una prueba de pantalla en Hollywood, y puesto que ganó el concurso, parecía que la iba a obtener. Manny Fox le dijo: Cariño, tienes auténtica madera de estrella. Y se largó del pueblo al día siguiente, sin dejar otra cosa que agradables promesas. Estén pendientes del correo, amigos, tendrán noticias mías. Eso dijo a los muchachos que le habían dado dinero y lo mismo le dijo a Miss Bobbit. Aquí se hacen tres repartos diarios, de modo que aquel grupo se reunía cada vez en la oficina de correos; gente jovial cada vez menos alegre. ¡Cómo les temblaban las manos cuando caía una carta en su buzón! Pasaron los días y un silencio terrible se apoderó de ellos; todos sabían lo que pensaban los demás, pero nadie se atrevía a decirlo, ni siquiera Miss Bobbit. Sin embargo, Mrs. Patterson, la esposa del cartero, no se anduvo con rodeos: ese hombre es un estafador, dijo, ya lo sabía yo desde un principio, y si volvéis a asomar la cara por aquí un día más me pego un tiro.
Finalmente, dos semanas después, Miss Bobbit fue quien rompió el hielo. Sus ojos se veían más vacíos de lo que nadie hubiera podido imaginar, pero un día, después del último reparto de correo, volvió a mostrar su antiguo brío:
—Muy bien, muchachos, ha llegado la hora del linchamiento —dijo, y se llevó a casa a toda la tropa.
Ésa fue la primera reunión del club La Horca Para Manny Fox, organización que perdura hasta el día de hoy (con un carácter más social) a pesar de que hace mucho que cogieron a Manny Fox y, por así decir, le colgaron. A Miss Bobbit se le reconoció ampliamente el papel que jugó en el asunto. En el lapso de una semana escribió más de trescientas descripciones de Manny Fox, que envió a los sheriffs de todo el Sur; también causó gran sensación escribiendo cartas a los periódicos de las principales ciudades. A raíz de esta campaña, a cuatro de los muchachos estafados se les ofreció un buen empleo en la compañía United Fruit, y a fines de esa primavera Manny Fox fue arrestado en Uphigh, Arkansas, donde seguía con sus acostumbrados embustes. Miss Bobbit fue condecorada con el premio por «Una Buena Acción» otorgado por la asociación femenina Los Rayos del Sol de América. Por alguna razón, quiso dejar en claro que esto no la emocionaba gran cosa:
—Estoy en desacuerdo con la organización —dijo—; tanto bombo y platillo me huele un poco a chamusquina y además no es femenino. Y, a fin de cuentas, ¿qué es una buena acción? No os dejéis engañar; una buena acción es algo que se hace porque se quiere algo a cambio.
Sería reconfortante poder decir que estaba equivocada y que finalmente obtuvo una justa recompensa por afecto y amor. Sin embargo, no fue así. Hace cosa de una semana los muchachos involucrados en el fraude recibieron cheques de Manny Fox cubriendo sus pérdidas, y Miss Bobbit irrumpió resueltamente y con rudeza en una reunión del club de la Horca (que ahora sólo es un pretexto para beber cerveza y jugar al póquer los jueves por la noche).
—Mirad, chicos —dijo, en el tono de quien pone los puntos sobre las íes—, ninguno de vosotros pensaba que volvería a ver ese dinero. Ahora que lo tenéis, debéis invertirlo en algo práctico: en mí, por ejemplo.
La propuesta consistía en reunir el dinero para financiar su viaje a Hollywod; a cambio, recibirían el diez por ciento de las ganancias que tuviera en vida; serían ricos en cuanto fuera una estrella, y eso no iba a tardar mucho.
—Seréis ricos —dijo—, al menos para los criterios de este pueblo.
Nadie quería hacerlo, pero cuando Miss Bobbit te miraba, ¿qué se podía decir?
Ha llovido copiosamente desde el lunes, una lluvia de verano atravesada por el sol y de noche por la oscuridad, llena de ruidos, hojas que caen, chimeneas que chorrean agua, postigos insomnes. Billy Bob está muy alerta; aunque no ha llorado, hace todo de un modo frío y tiene la lengua más tiesa que un badajo. No le fue fácil aceptar la partida de Miss Bobbit, pues ella significaba algo más que tener trece años y estar perdidamente enamorado. Ella era su parte extraña: el árbol de nogal, el gusto por los libros, querer a alguien lo suficiente para dejarse lastimar, las cosas que tenía miedo de mostrar a los demás. En la oscuridad, la música fluía gota a gota entre la lluvia: habrá noches en que la oiremos como si realmente estuviera ahí, y por las tardes, en el momento en que las sombras se confunden, creeremos que pasa frente a nosotros, desplegándose sobre el césped como una cinta.
Ella le sonrió a Billy Bob, incluso le dio un beso.
—No me voy a morir —le dijo—. Vendrás conmigo y escalaremos una montaña, y viviremos allí, tú y yo, y la hermana Rosalba.
Pero Billy Bob sabía que las cosas nunca serían así, y cuando la música atravesaba la oscuridad se tapaba la cara con la almohada.
Pero ayer mostró una sonrisa extraña. Era el día en que ella se iba. El cielo se despejó por la tarde, impregnando el aire con toda la dulzura de las glicinas. Las flores amarillas de la tía El, sus Lady Ann, habían vuelto a florecer y ella hizo algo extraordinario: le dijo a Billy Bob que podía cortar unas y dárselas a Miss Bobbit como despedida.
Miss Bobbit estuvo toda la tarde sentada en el porche, rodeada de gente que se detenía a desearle buen viaje. Parecía que iba de primera comunión, con un vestido y una sombrilla blanca. La hermana Rosalba le había dado un pañuelo, pero se lo tuvo que pedir prestado porque no podía dejar de sollozar. Otra niña trajo un pollo al horno, supuestamente para el camino (el único problema fue que se olvidó de sacarle las entrañas antes de cocinarlo). La madre de Miss Bobbit dijo que a ella no le importaba, que el pollo era el pollo, palabras memorables, pues fue la única opinión que le oímos. Sólo hubo una nota discordante. Preacher Star había estado merodeando en la esquina durante horas; a veces en la parada del autobús, lanzando una moneda al aire, a veces escondido tras un árbol, como si no quisiera que nadie lo viera. Todos se pusieron nerviosos. Unos veinte minutos antes de que llegara el autobús se presentó en el pórtico de nuestra casa. Billy Bob seguía en el jardín cortando rosas; para entonces ya tenía suficientes para encender una hoguera, y su aroma era tan denso como el viento. Preacher se le quedó mirando hasta que el otro se volvió. En cuanto se vieron empezó de nuevo a llover; caía fina como brisa de mar, coloreada por un arco iris. Sin decir palabra, Preacher se acercó y ayudó a Billy Bob a separar las rosas en dos grandes ramos: las llevaron juntos a la parada. Del otro lado de la calle se oía un zumbido constante de conversación, pero en cuanto Miss Bobbit vio a los dos muchachos, sus rostros enmascarados por las flores como lunas amarillas, bajó corriendo los escalones, con los brazos extendidos.
Vimos lo que iba a suceder, y nuestras voces resonaron como truenos en la lluvia, pero ella no nos oía y siguió corriendo hacia aquellas lunas de rosas. Fue entonces cuando la atropelló el autobús de las seis.


Truman Capote (Nueva Orleans, 30 de septiembre de 1924 – Los Ángeles, 25 de agosto de 1984) fue un periodista y escritor estadounidense.

Nunca apuestes tu cabeza al diablo




                                                                               Edgar Allan Poe - E.U. 

                                                                                   (Cuento completo)


Con tal que las costumbres de un autor sean puras y castas —dice don Tomás de las Torres en el prefacio a sus Poemas amatorios—, importa muy poco que no sean igualmente severas sus obras. Presumimos que don Tomás ha de estar ahora en el Purgatorio a causa de su afirmación. Sería bueno tenerlo allí, desde un punto de vista de justicia poética, hasta que sus Poemas amatorios se agoten o empiecen a juntar polvo en las bibliotecas por falta de lectores. Toda ficción debería tener una consecuencia moral; y, lo que es más, los críticos han descubierto que no hay ficción que no la tenga. Hace ya tiempo, Felipe Melancthon escribió un comentario de la Batracomiomaquia, probando que lo que el poeta quería era volver odiosas las sediciones. Pierre La Seíne, dando un paso adelante, mostró que la verdadera intención consistía en recomendar a los jóvenes la temperancia en la comida y la bebida. Jacobus Hugo, por su parte, quedó convencidísimo de que, en Euenis, Homero insinuaba la persona de Calvino; que Antinoo era Martín Lutero; los Lotófagos, los protestantes en general, y las arpías, los holandeses. Nuestros escoliastas modernos son igualmente agudos. Estos señores demuestran la existencia de un sentido oculto en Los antediluvianos, de una parábola en Powhatan, de nueve ideas en Arrorró mi niño y del trascendentalismo en Pulgarcito. En resumen, se ha demostrado que ningún hombre de este mundo puede sentarse a escribir sin un profundísimo designio. Con esto, los autores se ahorran muchas preocupaciones. Un novelista, por ejemplo, no necesita preocuparse de las consecuencias morales, pues allí están —vale decir, están en alguna parte de su libro—, y tanto ellas como los críticos pueden arreglarse solos. Cuando llegue el momento oportuno, todo lo que dicho caballero se proponía y todo lo que no se proponía asomará a la luz, sea en el Dial o en el Down Easter, conjuntamente con aquello que debería haberse propuesto y aquello que claramente intentó proponerse; vale decir que todo se arreglará muy bien al final.

No hay ninguna justificación, pues, en la acusación que ciertos ignorantes han formulado contra mí; a saber: que jamás he escrito un cuento moral o, con palabras más precisas, un cuento con moraleja. Lo que pasa es que aquéllos no son los críticos predestinados a ponerme de manifiesto y a desarrollar mis moralejas; he ahí el secreto. Poco a poco, la North American Quarterly Humdrum los hará sentir avergonzados de su estupidez. Pero por el momento, con el fin de aplazar la ejecución capital y mitigar las acusaciones alzadas contra mí, ofrezco el siguiente y triste relato, cuya obvia moraleja no puede ser cuestionada de ninguna manera, ya que cualquiera puede leerla en las mayúsculas que forman el título del relato. Debería reconocerse mi mérito por esta disposición, mucho más sabia que la de La Fontaine y otros, que reservan hasta el último momento la impresión que desean producir y la meten de rondón en el final de sus fábulas.

Defuncti injuria ne officiantur, decía una ley de las doce tablas, y De mortuis nil nisi bonum es un excelente corolario, aun si los muertos en cuestión no son más que bagatelas difuntas. Lejos de mí la intención, pues, de vituperar a mi finado amigo Toby Dammit. Era un pobre perro, la verdad sea dicha, y tuvo una muerte de perros; pero no hay que reprocharle sus vicios. Nacieron de un defecto personal de su madre. Aquella señora hacía todo lo posible en materia de azotes cuando Toby era niño, ya que para su bien ordenada mente los deberes eran siempre placeres, y los niños, al igual que las chuletas duras o los olivos griegos, mejoran si se los golpea. Pero, ¡pobre mujer!, tenía el infortunio de ser zurda, y mejor es no azotar a un chico que azotarlo con la mano izquierda. El mundo gira de derecha a izquierda. Dar de latigazos a un crío de izquierda a derecha no sirve de nada. Si cada golpe en la dirección adecuada arranca de raíz una propensión maligna, se sigue que cada porrazo propinado en el sentido opuesto ahincará aún más la maldad. Muchas veces fui testigo de los castigos aplicados a Toby, y, aunque sólo fuera por la forma en que pateaba, podía percatarme de que cada día se estaba poniendo más malo. Noté, por fin, a través de las lágrimas que velaban mis ojos, que no quedaba esperanza alguna para el pequeño miserable, y cierto día en que le habían dado tantos golpes que tenía la cara completamente negra, al punto que lo hubieran tomado por un pequeño africano, sin otro efecto visible que el de hacerlo retorcerse en un ataque de ira, me fue imposible soportar aquello por más tiempo y, cayendo de rodillas, alcé mi voz para profetizar su ruina.

La precocidad de Toby para el vicio era horrorosa. A los cinco meses de edad le daban tales ataques de rabia que no podía articular palabra. A los seis meses lo pesqué mordisqueando un mazo de barajas. A los siete tenía por costumbre abrazar y besar a los bebés del sexo opuesto. A los ocho rehusó perentoriamente agregar su firma a un memorial en pro de la temperancia. Y así fue creciendo en iniquidad, mes tras mes, hasta que, al cumplir su primer año de vida, no sólo insistía en usar bigotes, sino que había adquirido una gran propensión a las palabrotas y juramentos, así como a sostener sus afirmaciones mediante apuestas.

La ruina que había vaticinado a Toby Dammit se cumplió, por fin, a causa de la poco caballeresca práctica mencionada en último término. Aquella costumbre «creció con su crecimiento y se esforzó con sus fuerzas», de modo que, cuando Toby llegó a ser hombre, apenas podía pronunciar una frase sin aderezarla con una promesa de juego. Y no apostaba en firme… nada de eso. Seré justo con mi amigo y diré que antes hubiera preferido hacerse monje. En su caso, aquello era una simple fórmula, y nada más. Sus expresiones no tenían el menor sentido positivo. Eran desahogos, simplemente —ya que no puedo decir que lo fueran inocentemente—; frases imaginativas con las cuales redondeaba sus declaraciones. Cuando decía: «Le apuesto esto y aquello», a nadie se le ocurría formalizar la apuesta, pero de todos modos yo no podía dejar de considerar que mi deber era reprenderlo. Aquella costumbre era inmoral, y así se lo decía. Era vulgar, y le rogaba que me creyera. Era desaprobada por la sociedad, y nadie me desmentiría por decirlo. Estaba prohibida por una ley del Congreso, y afirmándolo así no incurría en ninguna mentira. Le hacía reproches, sin resultado; aducía pruebas, vanamente. Si lo amenaza, se sonreía; si le suplicaba, prorrumpía en carcajadas. Si rogaba, se encogía desdeñosamente de hombros. Si lo amenazaba… se ponía a jurar. Si le daba de puntapiés… llamaba a la policía. Si le tironeaba de la nariz, se sonaba y apostaba su cabeza al diablo a que no me atrevería a repetir el experimento.

La pobreza era otro vicio que la deficiencia física de la madre de Dammit había acumulado sobre su hijo. Era detestablemente pobre, y por esa razón, sin duda, sus expresiones coléricas acerca de las apuestas tomaban raras veces un giro pecuniario. Nadie me hará decir que en alguna oportunidad le haya escuchado figuras de lenguaje tales como: «Le apuesto a usted un dólar». Por lo regular decía: «Le apuesto lo que quiera», o «Le apuesto cualquier cosa», o bien, mucho más significativamente, «Le apuesto mi cabeza al diablo».

Esta última fórmula era la que parecía agradarle más, quizá porque envolvía menos riesgo, pues Dammit se había vuelto muy parsimonioso. Si alguien le hubiera aceptado la apuesta, poco habría perdido, dado que tenía la cabeza muy pequeña; pero ésta es una observación personal y no estoy nada seguro de poder atribuírsela con justicia. De todos modos, la frase en cuestión se le pegaba más y más, a pesar de lo impropio que resultaba que un hombre apostara todo el tiempo su cerebro como si fuese un billete de banco; empero, la perversa naturaleza de mi amigo no le permitía darse cuenta de ello. Terminó por abandonar todas las restantes fórmulas, entregándose de lleno a: Le apuesto mi cabeza al diablo, con una pertinacia y una exclusividad que me desagradaban tanto como me sorprendían. Siempre me repelen aquellas circunstancias que no puedo explicarme. Los misterios obligan a un hombre a pensar, con lo cual su salud se perjudica. A decir verdad, había algo en el aire con que Mr. Dammit pronunciaba aquella ofensiva expresión, algo en su modo de enunciarla, que primero me interesó y luego me hizo sentirme muy preocupado; algo que, a falta de un término más preciso, se me permitirá calificar de raro —pero que Mr. Coleridge hubiese llamado místico, Mr. Kant panteístico, Mr. Carlyle retorcido y Mr. Emerson hiperenigmático—. Aquello empezó a no gustarme nada. El alma de Mr. Dammit estaba en peligro. Resolví emplear toda mi elocuencia a fin de salvarla. Prometí consagrarme a él como San Patricio, en la crónica irlandesa, se consagró al sapo, vale decir «despertándolo a su verdadera situación». Me puse a la tarea de inmediato. Una vez más me preparé para reprochar su lenguaje a mi amigo. Una vez más reuní mis energías para una tentativa final de reconvención.

Cuando hube terminado mi conferencia, Mr. Dammit se permitió algunas actitudes sumamente equívocas. Durante unos instantes guardó silencio, limitándose a mirarme interrogativamente a la cara. Luego ladeó la cabeza, mientras alzaba muchísimo las cejas. Tendiendo las palmas de sus manos, se encogió de hombros. Guiñó a continuación el ojo derecho, repitiendo la operación con el izquierdo. Inmediatamente cerró los dos ojos, apretando mucho los párpados. Los abrió a continuación de tal manera que me alarmé seriamente por las consecuencias. Aplicándose el pulgar a la nariz, consideró oportuno efectuar un indescriptible movimiento con el resto de los dedos. Por fin, colocando los brazos en jarras, condescendió a contestarme.

Sólo recuerdo los titulares de su discurso. Me estaría muy agradecido si me callaba la boca. No tenía ninguna necesidad de mis consejos. Despreciaba mis insinuaciones. Era lo bastante crecido como para cuidarse a sí mismo. ¿Lo creía todavía el bebé Dammit? ¿Pretendía insinuar alguna cosa sobre su carácter? ¿Me proponía insultarlo? ¿Estaba loco? ¿Estaba mi madre enterada, en una palabra, de que yo había salido de casa sin permiso? Me hacía esta última pregunta considerándome capaz de responder la verdad, y se declaraba dispuesto a creer en mi respuesta. Una vez más me preguntaba explícitamente si mi madre estaba enterada de que yo había salido solo de casa. Mi confusión —agregó— me traicionaba y, por tanto, estaba dispuesto a apostarle la cabeza al diablo a que mi buena madre no estaba enterada.
Mr. Dammit no se detuvo a esperar mi réplica. Girando sobre los talones, se alejó con precipitación muy poco digna. Y más le valió haberlo hecho así. Me sentí injuriado. Hasta colérico. Hubiera querido recoger por una vez su insultante apuesta. Hubiera ganado para el Archienemigo la mínima cabeza de Mr. Dammit; pues la verdad es que mamá estaba perfectamente enterada de mi momentánea ausencia del hogar.
Pero Khoda shefa midêhed —el cielo trae alivio—, como dicen los musulmanes cuando alguien les pisa los pies. Había sido insultado mientras cumplía con mi deber, y soporté el insulto como un hombre. Parecióme, no obstante, que había hecho todo lo que se podía pedir en el caso de aquel miserable individuo y resolví no molestarlo más con mis consejos, abandonándolo a su conciencia y a sí mismo. De todos modos, aunque no volví a hablarle del asunto, no pude privarme por completo de su compañía. Llegué incluso a tolerar algunas de sus tendencias menos reprobables y en ciertas ocasiones hasta alabé sus pésimas bromas (aunque con lágrimas en los ojos, como elogian los epicúreos la mostaza); a tal punto me dolía oír su profano lenguaje.
Un día radiante, en que habíamos salido a pasear tomados del brazo, nuestro camino nos condujo hasta un río. Había un puente y resolvimos cruzarlo. Era un puente techado, que protegía del mal tiempo y, como dentro tenía pocas ventanas, resultaba desagradablemente oscuro. Cuando penetramos, el contraste entre el brillo exterior y la penumbra influyó penosamente en mi ánimo. No así en el desdichado Dammit, quien apostó en seguida su cabeza al diablo a que yo estaba melancólico. Por su parte parecía de excelente humor. Quizá en exceso, lo cual me hacía sentir no sé qué rara sospecha. No me parecía imposible que fuera víctima de algún trascendentalismo. Pero no soy tan versado en el diagnóstico de esta enfermedad como para afirmar nada y, por desgracia, ninguno de mis amigos del Dial se hallaba presente. Sugiero la idea, no obstante, a causa de una cierta austera bufonería que parecía haber invadido a mi pobre amigo, induciéndolo a comportarse como un estúpido. Nada podía disuadirlo de deslizarse y saltar por encima o por debajo de cualquier cosa que se cruzara en su camino; todo esto gritando o susurrando palabras y palabrotas, a tiempo que su rostro conservaba una profunda gravedad. Realmente yo no sabía si tenerle lástima o emprenderla a puntapiés con él. Por fin, cuando habíamos atravesado casi todo el puente y nos acercábamos a su fin, nuestra marcha se vio impedida por un molinete. Pasé como corresponde en estos casos, es decir, que hice girar el molinete. Pero esto no convenía al capricho de Mr. Dammit. Insistió en saltar sobre el molinete, afirmando que era capaz de hacer al mismo tiempo una pirueta en el aire.
Pues bien, hablando seriamente, no me pareció que pudiera hacerlo. Las mejores piruetas, en cualquier estilo, las ha hecho mi amigo Mr. Carlyle, y sé muy bien que, así como no sería capaz de hacer ésta, tampoco podría hacerla Toby Dammit. Así se lo dije, agregando que era un fanfarrón y que hablaba por hablar. No me faltaron luego razones para lamentar haberme expresado así; pues instantáneamente Toby apostó su cabeza al diablo a que lo hacía.
Disponíame a replicarle, no obstante mi anterior resolución, con algunos reproches sobre su impiedad, cuando oí toser a mi lado. Aquella tos se parecía mucho a la exclamación «¡hola!», tanto que me sobresalté y miré en torno lleno de sorpresa. Por fin mis ojos cayeron de lleno en un nicho que había en la estructura del puente y vieron a un anciano y diminuto caballero cojo, de venerable aspecto. Nada podía ser más venerable que su apariencia, pues no sólo estaba enteramente vestido de negro sino que usaba una camisa muy limpia, cuyo cuello se plegaba esmeradamente sobre una corbata blanca, y sus cabellos aparecían partidos al medio, como los de una muchacha. Apoyaba pensativamente las manos en el estómago y tenía los ojos en blanco.
Al observarlo más de cerca percibí que llevaba puesto un delantal de seda negra sobre sus ropas, y la cosa me pareció sumamente extraña. Pero antes de que tuviera oportunidad de hacer la menor observación sobre tan singular circunstancia, me interrumpió con un segundo «¡hola!».
No me hallaba preparado para contestarle de inmediato. A decir verdad, las observaciones tan lacónicas como aquélla son de muy difícil respuesta. He conocido cierta revista trimestral que se quedó estupefacta a causa de la expresión «¡Disparates!»; se comprenderá, pues, que no me avergoncé de volverme a Mr. Dammit en busca de ayuda.
—Dammit —dije—, ¿qué estás haciendo? ¿No oyes? Este caballero dice «¡hola!»
Y lo miré severamente a tiempo que le hablaba. Porque si he de decir la verdad, me sentía especialmente perplejo, y cuando un hombre está especialmente perplejo debe fruncir el ceño y tomar un aire salvaje, pues de lo contrario es seguro que pondrá cara de estúpido
—Dammit —continué, aunque esta repetición del nombre empezaba a parecerse a un juramento, cosa que estaba muy lejos de mis intenciones—. Dammit —agregué—, este caballero ha dicho «¡hola!»
No tengo intención de sostener que mi observación era profunda, pero he notado que el efecto de nuestras palabras no siempre está de acuerdo con la importancia que tienen para nosotros. Si hubiera hecho estallar una bomba a los pies de Mr. Dammit, o le hubiese golpeado en la cabeza con los Poetas y Poesías de Norteamérica, no lo hubiera visto tan trastornado como cuando me dirigí a él con aquellas simples palabras: «¡Dammit! ¿Qué estás haciendo? ¿No oyes? Este caballero dice ¡hola!»
—¡No me digas! —jadeó por fin, después de pasar por más colores que los que enarbola sucesivamente un barco pirata cuando se ve perseguido por otro de guerra—. ¿Estás seguro de que dijo eso? En fin, de todas maneras ya estoy pronto, y lo mejor es poner al mal tiempo buena cara. Ahí va, pues… ¡Hola!
Al oír esto el diminuto caballero pareció muy complacido, Dios sabe por qué. Saliendo del hueco que había ocupado hasta entonces, avanzó cojeando con un aire muy gentil y estrechó la mano de Dammit, mientras lo miraba en la cara con el más auténtico aire de bondad que pueda imaginar un ser humano.
—Estoy absolutamente seguro de que usted ganará, Dammit —dijo con una sonrisa llena de franqueza—. Pero, de todos modos, tenemos que hacer una prueba, aunque no sea más que por mera formalidad.
—¡Hola! —repitió mi amigo, quitándose la chaqueta con un profundo suspiro, atándose un pañuelo de bolsillo a la cintura y modificando indescriptiblemente su expresión al revolver los ojos y dejar caer las comisuras de la boca—. ¡Hola! —agregó, repitiendo la palabra después de una pausa. Y desde ese instante no le oí pronunciar ninguna otra que no fuese el consabido «¡hola!».
«Pues bien —me dije—, he aquí un silencio bastante notable por parte de Toby Dammit, y sin duda es consecuencia de toda su verbosidad anterior. Un extremo induce al otro. Me pregunto si se habrá olvidado de las numerosas preguntas que me hizo con tanta fluidez el día en que le propiné mi última conferencia. De todas maneras parece que se ha curado del trascendentalismo.»
—¡Hola! —prorrumpió Toby, como si hubiera estado leyendo en mis pensamientos, y mirándome con la cara de una oveja decrépita en una pesadilla.
El anciano caballero lo tomó del brazo y lo condujo un trecho hacia el interior del puente, a cierta distancia del molinete.
—Estimado amigo —dijo—, considero mi deber concederle todo este terreno para tomar impulso. Espere aquí, mientras me instalo junto al molinete a fin de verificar si usted lo salta elegante y trascendentalmente, sin omitir ninguno de los movimientos de una buena pirueta. Pura formalidad, por supuesto. Diré «una, dos, tres… ¡vamos!». Tenga buen cuidado de no arrancar hasta oír el «vamos».
Colocóse al lado del molinete, hizo una pausa como si se sumiera en profunda reflexión, luego miró hacia arriba y, según me pareció, sonrióse ligeramente, tras lo cual se ajustó las cintas del delantal, observó largamente a Dammit y, finalmente, dio la orden convenida:
—¡Una… dos… tres… y… vamos!
Exactamente al oírse la última palabra mi pobre amigo se lanzó a la carrera. Su estilo no era tan excelente como el de Mr. Lord, pero tampoco tan malo como el de los críticos de Mr. Lord; de todos modos me sentí seguro de que saltaría el obstáculo. Después de todo, si no lo saltaba… ¿qué? ¡Ah, ésa era la cuestión! ¿Y si no lo saltaba?
—¿Qué derecho tiene este caballero de obligar a otro a dar un salto? —dije en alta voz—. ¿Quién es este personaje achacoso? ¡Si me pide a mí que salte, no lo haré, como que estoy vivo, y no me importa en absoluto quién demonios sea!
Ya he dicho que el puente aquel estaba cubierto de la manera más ridícula, por lo cual las palabras producían un eco desagradable… aunque nunca había reparado en él tan claramente como al pronunciar mis últimas tres palabras.
Pero lo que dije, o pensé, o escuché fueron cosas que sólo llenaron un instante. Menos de cinco segundos después de tomar impulso, mi pobre Toby daba su salto. Lo vi venir corriendo ágilmente y dar un grandísimo salto, a tiempo que efectuaba las evoluciones más extraordinarias con las piernas a medida que se elevaba. Lo vi en el aire, haciendo una admirable figura de danza justamente encima del molinete; y, como es natural, me pareció insólitamente singular que no siguiera su recorrido hacia adelante. Pero todo aquello fue cosa de un segundo; antes de que tuviera tiempo de hacer la menor reflexión profunda, vi a Mr. Dammit que se desplomaba de espaldas y del mismo lado del molinete de donde se había elevado. Y al mismo tiempo vi que el anciano caballero salía corriendo a toda velocidad, tras de recoger y envolver en su delantal alguna cosa que acababa de caer desde la oscuridad de la techumbre del puente, justamente sobre el molinete.
Me quedé profundamente estupefacto ante todo esto, pero no tuve tiempo de pensar, pues Mr. Dammit estaba curiosamente inmóvil, por lo cual deduje que se sentía muy agraviado y que necesitaba de mi ayuda. Me apresuré a acercarme, descubriendo que había recibido lo que cabe calificar de herida grave. En efecto, había sido privado de la cabeza, que inútilmente busqué por todas partes. Decidí entonces llevarlo a casa y mandar llamar a los homeópatas. Entretanto se me ocurrió algo y, luego de abrir una ventana que había en esa parte del puente, descubrí instantáneamente la triste verdad. A unos cinco pies sobre el nivel del molinete, atravesando la techumbre a manera de soporte, veíase una fina barra de acero, con el filo colocado horizontalmente; formaba parte de una serie de soportes análogos que reforzaban la estructura del puente. No cabía duda de que el cuello de mi infortunado amigo habíase puesto en contacto con el filo de aquella barra.
Mr. Dammit no sobrevivió a su terrible pérdida. Los homeópatas no le suministraron bastante poca medicina, y la poca que le dieron no pudo él tomarla. Al final empeoró y acabó muriéndose, dando con ello una lección a todos los seres de vida desenfrenada. Regué su tumba con mis lágrimas, agregué una barra siniestra en el escudo de armas de su familia y, a fin de cubrir los gastos generales de su funeral, envié una cuenta sumamente moderada a los trascendentalistas. Los villanos se negaron a pagarla, por lo cual hice exhumar de inmediato a Mr. Dammit y lo vendí como alimento para perros.






Edgar Allan Poe. (Boston, Estados Unidos, 19 de enero de 1809 – Baltimore, Estados Unidos, 7 de octubre de 1849) fue un escritor, poeta, crítico y periodista romántico estadounidense, generalmente reconocido como uno de los maestros universales del relato corto.

El silencio


                Autor: Leónidas Andréiev - Rusia



I
 
Una noche clara de mayo en la que cantaban los ruiseñores, en el estudio del pope1 Ignacio penetró su mujer. En su rostro se dibujaba un aire de pena, y la lamparita temblaba en su mano. Se acercó a su marido y, tocándole con la mano, le dijo con lágrimas en los ojos:
-¡Pope, vamos a ver a nuestra hijita Vera!
Sin volver siquiera la cabeza, el pope miró fija y largamente a su mujer por encima de sus lentes, y no dijo nada. Ella hizo un gesto de desesperación y se sentó sobre una otomana.
-¡Los dos son tan... impiadosos! -exclamó y su cara de buena mujer, algo inflada, se contrajo en una mueca de dolor, como si con aquella mueca quisiera dar a entender el grado de crueldad de su esposo y de su hija.
Él sonrió y se levantó. Cerró su libro, se quitó los lentes, los metió en un estuche y se sumió en profundas reflexiones. Su larga barba, de hilillos de plata, le cubría el pecho.
-Bueno; vamos allá -dijo al fin.
Olga Stepanevna se incorporó presurosa y le suplicó con voz tímida:
-Pero no hay que reñirle... Sabes que es muy sensible...
La habitación de Vera se hallaba arriba. La angosta escalera de madera se cimbreaba bajo los pasos del pope Ignacio, alto y grueso. Estaba de mal humor. Sabía que su conversación con Vera no conduciría a nada.
-¿Qué pasa? -preguntó Vera, sorprendida, al verlos entrar.
Estaba en la cama. Con una mano se cubría la frente; la otra reposaba sobre el lecho, y era tan blanca y transparente, que apenas se distinguía sobre la blanca sábana.
-¡Vera, niña mía! -murmuró el padre, tratando de dar a su voz dura y severa notas más dulces-. Dinos, ¿qué tienes?
Vera guardó silencio.
-Pero, veamos, Vera. ¿Es que tu madre y yo no somos dignos de tu confianza? ¿Es que no te amamos? No hay en el mundo quién te ame más que nosotros. Dinos por qué sufres, y se desahogará tu corazón, lo cual te hará bien. Créeme, pues conozco la vida y tengo experiencia. También a nosotros nos hará bien eso. Mira cómo sufre tu madre...
-¡Verita! -suplicó la madre.
-Y yo también -continuó el padre, con voz temblorosa, como si algo se hubiera roto en él-. ¿Crees que soy dichoso viéndote así? Sé que sufres, pero, ¿por qué? Yo, tu padre, no sé nada. ¿Crees que eso es justo?...
Vera seguía sin decir nada. Dominando la furia que le subía a la garganta, prosiguió él:
-Te fuiste a Petersburgo contra mi voluntad; pero, así y todo, no rechacé a la hija desobediente; te mandé dinero. He sido siempre un buen padre para ti. ¡Habla! ¿Por qué no dices nada? ¡He aquí tu Petersburgo!...
Se imaginaba enormes masas de piedras, llenas de peligros desconocidos, y gentes indiferentes, frías, sin corazón. Esa ciudad inhospitalaria de granito es la que ha hecho sufrir tanto a Vera, débil, aislada, solitaria, sin defensa. Es esa ciudad la que la había perdido. El pope Ignacio sentía un odio mortal por Petersburgo y una tremenda cólera contra su hija, que no quería decir nada.
-Petersburgo no tiene nada que ver aquí -dijo al fin Vera cerrando los ojos-. Además, no tengo nada. Es mejor que se acuesten; es tarde.
-¡Verita mía, mi niña querida! -gemía la madre-. ¡Ábreme tu corazón!
-Dejemos eso, mamá -replicó Vera, con impaciencia.
El pope Ignacio se sentó en una silla y soltó una risa áspera y seca.
-¿Nada, pues? -preguntó, con ironía.
-Escucha, padre -dijo con firmeza Vera, incorporándose un poco sobre el lecho-. Sabes que los amo, a ti y a mamaíta. Pero... no hay nada, lo aseguro. Me aburro, eso es todo. Ya pasará. De verdad; váyanse a acostar. También yo tengo sueño. Ya hablaremos... mañana o un día de estos...
El pope Ignacio se levantó de manera tan brusca que la silla chocó contra la pared; cogió a su mujer por la mano.
-¡Vámonos!
-¡Verita mía!
-¡Vámonos, te digo! -gritó el pope-. Si ha olvidado al Dios bueno, no somos nada para ella.
Condujo a Olga Stepanovna casi a la fuerza. Cuando estaban en la escalera, ella le gritó, iracunda:
-¡La culpa es tuya! Tiene tu carácter. ¡Tú responderás de ella ante Dios! ¡Qué desgraciada soy!
Lloraba. Las lágrimas la impedían ver los peldaños de la escalera y andaba como si ante sus pies se hubiera abierto un abismo.
A partir de aquel día, el pope Ignacio no le dirigió la palabra a su hija. Diríase que esta no lo veía; seguía guardando cama o paseándose por su cuarto, frotándose a cada instante los ojos, como si hubiera algo que se los tapara. Y la madre, que gustaba de reír y de bromear, perdía la cabeza desesperada, entre el marido y la hija, siempre taciturnos.
Vera, a veces, salía. Una semana después de la conversación que hemos referido, salió, como de costumbre, por la noche. Y ya no se le volvió a ver viva: aquella noche se arrojó bajo el tren, que la cortó en dos pedazos.
El mismo pope Ignacio presidió la ceremonia de los funerales. Su mujer no asistió porque, al recibir la noticia de la muerte de Vera, fue acometida de una parálisis. Sus brazos, sus piernas y su lengua quedaron paralizados, y permaneció inmóvil en su cuarto, medio a oscuras, mientras, muy cerca, en el campanario, las campanas tocaban a muerto.
Oía a la gente salir de la iglesia, oía cantar a los sochantres ante el ataúd, e intentaba levantar la mano para hacer la señal de la cruz. Pero la mano no le obedecía. Quería decir: "¡Adiós, Vera!" Pero tenía la lengua pesada como una masa inerte. Seguía sin moverse, tan quieta que se diría estaba reposando. Solamente sus ojos estaban abiertos.
Durante la ceremonia fúnebre, la iglesia estaba llena de gente. Todos, hasta los que no conocían a Vera, se compadecían de la suerte de aquella muchacha que había tenido muerte tan trágica. Miraban al pope Ignacio buscando en su rostro la expresión del sufrimiento y el dolor. No lo amaban porque era severo y altivo, aborrecía a los pecadores y no los perdonaba, y, porque ávido amante del dinero, se hacía pagar caro los servicios religiosos. Y querían verle sufrir, abatido, comprendiendo su doble responsabilidad en la muerte de su hija: como padre cruel, y como pope, que no supo conducir a su hija por los senderos del bien. Todos lo espiaban con la mirada, y él, advirtiendo esta curiosidad hostil, trataba de mantener erguida su ancha espalda y no mostrarse demasiado abatido. Pensaba más en esto que en la muerte de su hija. Así, erguido, con aire altivo, acompañó a Vera al cementerio y volvió a su casa. Al llegar a la puerta, su espalda se curvó un poco; pero era porque tenía la talla demasiado elevada y las puertas eran demasiado bajas para él.
Entró en el cuarto de su esposa, y no pudo ver bien su rostro; pero, después de examinarlo más de cerca, quedó sorprendido al verla completamente tranquila, sin lágrimas. Sus ojos no tenían ninguna expresión: estaban mudos, como todo el cuerpo inerte.
-¿Cómo te encuentras?
Ella no se movió. El pope Ignacio le puso la mano en la frente: estaba helada y húmeda. Los ojos de la vieja, profundos y grises, no expresaban ni dolor ni cólera.
-Me voy a mi cuarto -dijo el pope Ignacio, que sentía algún malestar.
Pasó al salón, donde todo estaba muy limpio, como siempre, y donde los sillones, cubiertos con tundas blancas, parecían muertos envueltos en sudarios. En una ventana había colgada una jaula, pero su puertecita estaba vacía y abierta.
-¡Nastasia! -gritó con voz fuerte, y al oírla, se asustó-. Nastasia -llamó más bajo-. ¿Dónde está el canario?
La cocinera que, de tanto llorar, tenia la nariz roja e hinchada, contestó gravemente:
-¡El canario ha volado!
-¿Por qué has abierto la jaula? -interrogó el pope, frunciendo las cejas.
Ella se echó a llorar de nuevo y respondió, enjugándose las lágrimas con la punta del delantal:
-Era el alma de la pobre señorita... No me atreví a detenerla.
Al pope Ignacio le pareció que el pequeño canario amarillo, que cantaba tan maravillosamente, era en verdad el alma de Vera, y que, si no hubiera volado, no podría estar seguro de la muerte de su hija.
-¡Vete! -exclamó iracundo-. ¡Qué bestia eres!...

II
En la casita reinaba el silencio. No la tranquilidad, que solo es la ausencia de cuidados y preocupaciones, sino el silencio; los que podrían hablar, no quieren decir nada.
Al entrar en el cuarto de su mujer, el pope Ignacio encontró en ella una mirada tan densa como si la atmósfera fuese de plomo y pesara enormemente sobre la cabeza y los hombros. Examinó largo tiempo los cuadernos de Música de Vera, sus libros y su retrato en color, que trajo ella de Petersburgo. Recordaba el arañazo que vio en la mejilla de su hija cuando la hallaron muerta, y cuyo origen no podía comprender: el tren que la mató, dejó intacta su cabeza; de otro modo, la hubiera destrozado por completo.
¿De dónde procedía aquel arañazo? Pero hacía un esfuerzo para no pensar en la muerte de Vera, y en el retrato escrutaba sus ojos. Eran bellos, negros, con grandes párpados que los envolvían en la sombra, como si estuvieran encerrados en un marco negro. El pintor desconocido, pero de talento, le había dado una expresión extraña: diríase que entre los ojos y los objetos hacia los cuales miraban, había un velo opaco. Aquellos ojos lo seguían con la mirada por todas partes, pero también guardaban silencio. Se diría que hasta podría oírse aquel silencio. Por lo menos, al pope Ignacio le parecía oírlo.
Todas las mañanas, después de la misa, se dirigía al salón y examinaba rápidamente la jaula vacía y toda la habitación, se sentaba en una silla, cerraba los ojos y escuchaba el silencio de la casa. La jaula guardaba un silencio dulce y tierno, lleno de dolor, de lágrimas y de una como lejana risa extinguida.
El silencio de su mujer era terco, pesado, como el plomo, y tan terrible que el pope Ignacio, a pesar del calor, sintió frío. El silencio de Vera fue interminable, glacial y misterioso como la tumba. Aguzaba los oídos con la esperanza de captar un ruido cualquiera; luego, avergonzado de su debilidad, se incorporaba bruscamente y murmuraba:
-¡Esas son tonterías!
Miraba por la ventana la plaza inundada de sol y el muro de piedra de un cobertizo sin ventanas. En un rincón estaba parado un cochero; parecía una estatua de barro, y no se comprendía por qué estaba allí todo el santo día, en un sitio donde nunca había nadie.
  III
Fuera de la casa, el pope Ignacio hablaba mucho con el clero y los feligreses; en ocasiones, con conocidos, en cuyas casas solía jugar a las cartas. Mas cuando volvía a casa, le parecía que no había pronunciado una sola palabra en todo el día. Esto era porque no podía hablar con nadie de lo que más le importaba, de lo que era objeto de sus pensamientos: ¿por qué se suicidó Vera?
No podía, ni quería, comprender que ya era tarde para conocer los motivos de aquella muerte. Todas las noches recordaba el momento en que él y su mujer, junto al lecho de Vera, le suplicaban que les dijera lo que tenía y cerraba los ojos y se le representaba a Vera incorporada en su cama, diciendo: Pero no dijo la única palabra que aclarase el misterio de su suicidio. Parecíale al pope Ignacio que, aguzando los oídos, conteniendo los latidos de su corazón, podría tal vez oír aquella palabra misteriosa. Y saltando de la cama, tendía las manos suplicante:
-¡Vera!
El silencio respondía.
Una noche entró en el cuarto de su mujer, a la que hacía una semana que no veía; se sentó a su cabecera y, evitando su densa mirada, le dijo:
-Escucha, quiero hablarte de Vera. ¿Me oyes?
Ella callaba. Entonces, levantando la voz, le habló con tono severo, como a los que venían a su casa a confesarse:
-Ya sé que tú no eres culpable de la muerte de Vera. Pero reflexiona: ¿es que yo no la quería tanto como tú? Razonas extrañamente. Sí, yo era severo; pero eso no le impedía hacer su antojo. Sacrifiqué mi amor propio de padre y accedí a que se marchara a Petersburgo. Pero ¿es que tú no le habías suplicado que se quedara, que renunciara a aquel viaje? No he sido yo quien la hizo tan impía. Siempre le inspiré el amor de Dios y las virtudes cristianas...
Miró a los ojos de su mujer y volvió la cabeza.
-¿Qué podía yo hacer cuando ella no nos quería decir lo que tenía? He ordenado, he suplicado, he implorado. ¿O acaso debí arrodillarme ante aquella chiquilla y llorar como una vieja? ¿Sabía yo lo que ella tenía en la cabeza? ¡Hija cruel, sin corazón!
Se golpeó una rodilla con el puño.
-Era el amor lo que le faltaba. Confesemos que no me podía querer, porque yo era un tirano. Pero, ¿a ti? Ella te quería. Tú, que te humillabas ante ella, le implorabas...
Rió nerviosamente.
-¡Bien claro se ve cómo te quería! Fue por ti por lo que buscó una muerte tan atroz y vergonzosa... la muerte en el lodo, como un perro.
Su voz temblaba colérica.
-¡Me da vergüenza! -continuó-. Me da vergüenza dejarme ver en la calle. Me avergüenzo ante Dios y ante los hombres. ¡Hija cruel, indigna! Mereces ser maldita en tu tumba...
Cuando el pope Ignacio miró a su mujer, esta yacía desvanecida sobre el lecho. Tardó unas horas en recobrar el conocimiento, y no se sabía si recordaba las palabras de su marido.
Aquella misma noche, una noche clara y serena de julio, el pope Ignacio subió, de puntillas, al cuarto de Vera. No habían abierto la ventana desde su muerte, y el ambiente era allí cálido y seco. La luna iluminaba el suelo, los rincones y la cama blanca, con sus dos almohadas, una grande y otra pequeña.
El pope Ignacio abrió la ventana, y en la habitación entró el aire fresco, con el olor del polvo, del río próximo y del tilo en flor. Se oía una canción; probablemente cantaban en alguna barca.
Procurando no hacer ruido, se acercó al lecho, se arrodilló y dejó caer la cabeza sobre las almohadas, apoyando los labios en el sitio donde reposaba la cabeza de Vera. Permaneció largo tiempo así. Allá, en el río, la canción se había hecho más vigorosa y sonora; luego se extinguió. Siguió arrodillado, esparcidos sus cabellos por los hombros, y por el lecho.
La luna se había ocultado y el cuarto quedó sumido en oscuridad completa, El pope Ignacio levantó la cabeza y comenzó a murmurar entre dientes, con voz conmovida por amor largo tiempo contenido, como si Vera pudiera oírle:
-¡Hija mía, querida! ¿Comprendes el significado de estas palabras: "¡hija mía!"? Tú eres mi corazón, mi sangre, mi vida. Es tu viejo padre quien te lo dice...
Sacudían sus hombros los sollozos, y prosiguió hablando, como a un niño:
-Es tu viejo padre quien te suplica, te implora, Verita mía. Él, que jamás conoció las lágrimas, ahora llora. Tu dolor es el mío, tus sufrimientos son más que míos. No son ni los sufrimientos ni la muerte lo que me asusta. Pero tú, que eras tan tierna, tan frágil, tan débil, tan mansa, tan tímida... ¿Te acuerdas, una vez que te pinchaste tu dedito, cómo llorabas a lágrima viva? ¡Nena mía querida! Bien sé que me quieres. Todas las mañanas me besas la mano. Dime por qué sufres, y yo aplastaré tu dolor con mis manos. Todavía son fuertes mis manos...
Levantó los ojos implorantes.
-¡Dilo!
Tendió los brazos como en plegaria
-¡Dilo!
Pero en la habitación reinaba un silencio profundo. Se oía, a lo lejos, el silbido prolongado de una locomotora.
El pope Ignacio se incorporó y, retrocediendo hasta la puerta, repitió, una vez más:
-¡Dilo!
Y la respuesta fue un silencio de muerte.
  IV
Al día siguiente, después del solitario desayuno, fue al cementerio por primera vez después de la muerte de Vera. Hacía calor. El cementerio estaba desierto y tranquilo, como si no fuera de día, sino de noche. El pope Ignacio caminaba erguido, y miraba serenamente en torno suyo, no queriendo comprender que no era ya el mismo, que sus piernas se habían vuelto más débiles, que su larga barba era ya completamente blanca; como nevada.
La tumba de Vera estaba en el extremo del cementerio, donde ya no había senderos de arena. El pope Ignacio se perdía casi entre las colinas verdes, que eran tumbas abandonadas, olvidadas. De vez en cuando, veía monumentos descuidados, rejas abismadas y grandes lápidas sepulcrales, hundidas hasta la mitad en la tierra.
Una de aquellas lápidas cubría la tumba de Vera. Estaba oculta por un montecillo amarillento; pero, en torno suyo, todo verdeaba. Dos árboles mezclaban su follaje en lo alto de la tumba.
Sentado sobre una tumba vecina, el pope Ignacio miró al cielo, donde, inmóvil, estaba suspenso el disco solar, y sintió el silencio profundo, incomparable, que reina en los cementerios cuando no sopla el viento. Este silencio lo inundaba todo, traspasaba los muros e invadía la ciudad.
El pope Ignacio miró la tumba de Vera, la hierba que había crecido allí, y su imaginación se negaba a creer que allí, bajo aquella hierba, a dos pasos de él, estaba su hija. Aquella proximidad parecíale inconcebible; le turbaba profundamente. La que creía desaparecida para siempre, en las profundidades misteriosas del infinito, estaba allí, muy cerca. A pesar de eso, no existía ya ni existiría nunca. Creía que si hallaba la palabra mágica, ella saldría de su tumba, bella, grande, como él la había conocido. No solo ella, sino todos los muertos saldrían de sus tumbas.
Se quitó el sombrero negro, de anchas alas, se alzó los cabellos y susurró:
-¡Vera!
Tuvo miedo de que le hubiese oído alguien y, poniéndose de pie sobre la tumba, miró en torno suyo. No había nadie. Entonces, repitió más alto:
-¡Vera!
Su voz era dura, autoritaria y le parecía extraño que no le respondiera nadie.
-¡Vera!
Llamaba cada vez con mayor insistencia y, cuando callaba, por instantes parecía que alguien, muy bajito, le contestaba. Se echó sobre la tumba, aplicando el oído a la tierra.
-¡Vera, habla!
Y notó, con pavor, que su oído se llenaba de un frío de sepulcro que le helaba el cerebro, y que Vera hablaba con su silencio mismo. Este silencio se hizo cada vez más espantoso, y, cuando el pope Ignacio alzó la cabeza, parecíale que, conturbada, vibraba toda la atmósfera, como si por encima del camposanto hubiera pasado una tempestad. El silencio lo sofocaba, lo hacía temblar, le erizaba los cabellos. Se estremeció, se levantó lentamente haciendo un esfuerzo penoso para mantenerse erecto. Sacudió el polvo de sus rodillas, se puso el sombrero, hizo la señal de la cruz tres veces sobre la tumba y se marchó con paso firme. Pero no conocía el camino en los estrechos senderos.
-¡Me he perdido! -murmuró con triste sonrisa.
Se detuvo un instante y, sin saber por qué, tomó la izquierda. No se atrevió a quedarse mucho tiempo allí. El silencio lo empujaba; el silencio que surgía de las tumbas verdes, de las cruces grises, de los poros de la tierra llena de cadáveres.
El pope Ignacio alargó el paso. No sabía ya adónde iba, volvía por los mismos senderos, saltaba por encima de las tumbas, tropezaba con las rejas y las coronas metálicas, desgarrándose las vestiduras. No tenia, ahora, más que un solo pensamiento: salir de allí. En desorden el traje y los cabellos, huyó a todo correr. Si alguien lo hubiera visto en aquel momento, se hubiera asustado más que si topara con un muerto salido de su tumba; tan crispado por el terror estaba el rostro del pope Ignacio.
Sofocado, ahogándose, ganó al fin el calvero donde estaba la iglesia del cementerio. Cerca de la puerta dormitaba un viejecito sobre un banco, y dos mendigos disputaban.
Cuando el pope Ignacio entró en su casa, en el cuarto de su mujer había luz. Vestido como estaba, cubierto de polvo, desgarradas las ropas, entró en el cuarto de su mujer y cayó de rodillas.
-Olga, Olguita... Querida mía... ¡Ten piedad de mí! ¡Me vuelvo loco!...
Y comenzó a golpearse la cabeza contra la cama y a llorar violentamente, como hombre que llora por vez primera en su vida. Después, alzó la cabeza, con la certidumbre de que esta vez el milagro iba por fin a cumplirse, y su mujer, llena de compasión, le iba a decir algo.
-¡Mi querida esposa!...
Lleno de esperanza, se inclinó sobre ella... y se encontró con la mirada de sus ojos grises. No expresaban ni cólera ni dolor. Tal vez se apiadaba de él, tal vez lo perdonaba; pero sus ojos no decían nada: guardaban silencio.
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Y el silencio reinaba en toda la casa, triste y desierta.



Leonid Nikoláievich Andréyev  escritor y dramaturgo ruso que lideró el movimiento del Expresionismo 
en la literatura de su país