martes, 2 de junio de 2015

Hombres animales enredaderas



                      Autor: 
Silvina Ocampo - Argentina

Al caer perdí sin duda el conocimiento. Sólo recuerdo dos ojos que me
miraban y el último vaivén del avión, como si una enorme nodriza me acunara
en sus brazos. Así agradará a un niño que lo acunen. Cerré los párpados, vagué
por mundos desconocidos. Después un ruido ensordecedor y luego un golpe seco
me devolvieron a la realidad: el encuentro duro de la tierra. Después nada me
comunicaba con esa tierra, salvo la sensación de una hoguera que se apaga y
deja la ceniza gris parecida al silencio. No comprendo en qué forma sucedió el
accidente: que yo esté solo en esta selva con los víveres y que no quede ningún
rastro a la vista de la máquina donde viajé, me desconcierta. Alguien vendrá a
buscarme, confío en la astucia de los aviadores que, más que buscarme a mí y a
los demás tripulantes y pasajeros, buscarán la máquina. Me encontrarán por
casualidad; la casualidad existe y a veces conviene. Estas provisiones,
cuidándolas, alcanzarán para veinte días. Mi cálculo podría ser inexacto.
Además algún roedor, algún pájaro o una bestia cualquiera podrían devorar
los víveres que no están adecuadamente envasados; entonces, mi dieta se
reduciría considerablemente. Me quedarían, asimismo, las conservas y las
galletitas con gusto a cartón que están en latas, el lomito ahumado, las
lengüitas, los dátiles y las ciruelas, las repugnantes castañas de Cajú, el maní.
Pero aquellos ojos, ¿dónde estarán?.
Veinte días es mucho, es casi un mes. Víveres para veinte días, ¿qué más
puedo pedir?. Compartirlos. ¿me será dada esa felicidad?. No sé dónde leí que
algunos monjes se alimentaban durante mucho tiempo de dos o tres dátiles por
día. Las botellas de vino también me ayudarán a mantenerme sano y fuerte.
Pero aquellos ojos que me miraban, ¿qué beberán?.
A ningún animal le interesa tomar vino, ¿por qué será?. Y hablando de
animales, pienso en la posible existencia de fieras.
Oigo a veces crujir las ramas y me parece que hay olor a fiera, pero
entiendo que si doy curso a mis cavilaciones me volveré loco, y entonces me
echo de bruces en la tierra, la beso y trato de imaginar un mundo de corderos,
como en las estampas de primera comunión, y de mariposas, como en los libros
de lectura infantil. Mi cama es tan cómoda que después de haber dormido ocho
horas, me despierto plácidamente creyendo que estoy en casa. Extiendo el brazo
y con mano segura, trato de encender la lámpara de mi mesa de luz; me demoro
un rato en esa ilusión. Si la noche está muy oscura, me apresa una gran
angustia, pero si hay luna, contemplo la luz que brilla en las hojas de los árboles
y en los troncos cubiertos de musgo y me imagino que estoy en un jardín bien
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cuidado. Me tranquiliza esta imagen tan tonta en realidad, ya que siempre preferí
la selva a un jardín civilizado. Por eso mismo andaba siempre despeinado, me
dejaba crecer la barba y, a veces, el aseo de mi ropa no era impecable. Ahora
que estoy rodeado de una vegetación que se expande al azar, ¿preferiría estar
rodeado de las más disciplinadas plantas? No, de ningún modo. Todos mis
pensamientos me llevan a la ciudad que odié; a los alrededores de la ciudad que
desprecié. Recuerdo con rencor su olor a nafta, a naftalina, a farmacia, a sudor,
a vómito, a pies, a sótano, a viejo, a insecticida, a mingitorio, a recién nacido, a
escupitajo, a excrementos, a cocina. No cometo la equivocación de redimir la
imagen de la ciudad con la imagen de las personas queridas. Trato de no echar
de menos ni la letrina ni el lavatorio. Me acostumbro a esta vida. Uno se
acostumbra a todo, me decía mamá y tenía razón.
No conozco el clima de este sitio; eso sí, me molesta un poco mi ignorancia.
Sería difícil conocerlo sin nada que me oriente: ni barómetro, ni indicación
geográfica, ni estudios botánicos ni climáticos. Por culpa de una tormenta el
avión tuvo que cambiar de rumbo, de modo que no sé ni siquiera
aproximadamente dónde cayó. Podría consultar el cielo, pero tampoco entiendo
mucho de estrellas, temo equivocarme. Creo que este lugar es húmedo porque
hay ciertas lianas y cierta variedad de madreselvas que crecen en lugares
húmedos. No sé si el calor que siento es del trópico o simplemente del verano.
Hay bajo los árboles ciertos helechos que se amontonan entre el musgo.
¿De qué color eran aquellos ojos?. Del color de las bolitas de vidrio que yo
elegía, cuando era chico, en la juguetería.
De noche hay luciérnagas y grillos ensordecedores. Un perfume suave y
penetrante me seduce, ¿de dónde proviene?. Aún no lo sé. Creo que me hace
bien. Se desprende de obres o de árboles o de hierbas o de raíces o de todo a la
vez (¿no será de un fantasma?); es un perfume que no aspiré en ninguna otra
parte del mundo, un perfume embriagador y a la vez sedante. Husmeando como
un perro ¿me volveré perro?, estrujo las hojas, las hierbas, las flores silvestres
que encuentro. Estudio las hojas para averiguar si ese perfume emana de ellas.
Arranco y pruebo la corteza de los árboles. Finalmente he descubierto lo que
perfuma el aire con tanta vehemencia: es una enredadera, tal vez de flores
insignificantes. Nada en su aspecto la distingue de las otras, salvo su impetuoso
follaje. Mientras la miro me parece que crece. Me alimento metódicamente de
acuerdo con el cálculo de cantidades diarias que me he propuesto comer para
que los alimentos me alcancen hasta la llegada del avión o del helicóptero que
espero de los hombres y de Dios. Como varias veces por día pequeñas dosis de
alimentos. Hay algunas frutas silvestres que enriquecen mi dieta. Soy una
porquería. ¿Por qué me cuido tanto?. No hace ni un mes que pensaba
suicidarme; ahora metódicamente me alimento, trato de descansar, como si
cuidara a un niño. Hay personas que tardan mucho en saber quiénes son. El
canto de los pájaros a mediodía (lo que yo calculo que es el mediodía) se vuelve
ensordecedor. Hubiera podido fabricar una honda con elásticos que tengo en la
cintura de mi anorak y dos ramas que he recortado. ¿Para qué cazar un pájaro?,
me pregunto. Lo natural sería matarlo y comerlo. No podría. Mi voluntad se
debilita, tal vez. Duermo mucho. Cuando me despierto, saco fotografías de los
árboles, de mi mano, de mi pie, del follaje, pues ¿qué otras fotografías podría
sacar?. No tengo disparador automático para fotografiarme. Además no sé si mi
cámara fotográfica funciona, porque ha recibido un golpe. En algunos momentos
pronuncio mi nombre varias veces, dando a mi voz tonalidades diferentes.
¿Tendré miedo de olvidarlo?. Descubro que hay un eco en el bosque. Nada me
da tanto miedo. A veces oigo, o creo oír, el motor de un avión: entonces miro el
cielo desesperadamente.
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¿Dónde estarán aquellos ojos que me miraban tanto?. ¿De qué
conversarán?. ¿Habrán caído al mar atraídos por su propio color?. ¿Si llegaran de
improviso?.
Poco a poco me acostumbro a esta vida. Prefiero dormir, es lo que hago
mejor, a veces demasiado. Si una fiera me atacara durante mi sueño no podría
defenderme y cometo todos los días la imprudencia de dormir profundamente a
la hora de la siesta; es claro que no sé a ciencia cierta cuándo es la hora de la
siesta, porque mi reloj se ha parado y por primera vez he perdido la noción del
tiempo. A través de tantos árboles la luz del sol me llega indirectamente.
Después de perder el hilo de la hora, si así puede decirse, difícil sería orientarme
de acuerdo con esa luz. No sé si es otoño, invierno, primavera o verano. ¿Cómo
podría saberlo si no sé en qué sitio estoy?. Creo que los árboles que me rodean
son de hojas perennes. No me atrevo a aventurarme por el bosque: podría
perder mis provisiones. Ésta ya es mi casa. Las ramas son mis perchas. Extraño
mucho el jabón y el espejo, las tijeras y el peine. Empieza a preocuparme la
cuestión del sueño, me parece que duermo casi todo el tiempo y creo que las
culpables son estas flores que perfuman tanto el aire. El aspecto anodino que
tienen, engaña: forman una glorieta que observándola bien es diabólica.
Vanamente las arranco de la tierra: vuelven a crecer con más ímpetu. Traté de
destruir algunas enterrándolas, pero no tengo herramientas para cavar la tierra y
me serví de un trozo de madera chato, cuyo manejo me resultó engorroso. Pobre
Robinson Crusoe, o más bien dicho, feliz Robinson Crusoe que sabía
desempeñarse en las tareas que impone la soledad. Yo no sirvo para una
situación como ésta. Vanamente traté de destruir las flores, como estaba
diciendo, pues muchas de ellas se trepan a los árboles y se pierden en la altura
tapándome el cielo. No podría destruir con nada su perfume, ya que este lugar
es como un cuarto cerrado. A veces me he dormido observando una rama con
dos o tres flores; al despertar he advertido que la misma rama ya tenía nueve
flores más. ¿Cuánto tiempo yo habría dormido?. No lo sé. Nunca sé el tiempo
que duermo, pero supongo que duermo como en los días en que llevo una vida
normal. ¿Cómo en ese tiempo tan corto han podido florecer tantas flores? Si
pienso en estas cosas me volveré loco. Observo la flor culpable de mi sueño: es
como una campanilla, y es dulce (la he probado). Las ramas en que brota van
tejiendo extrañas canastitas. Nunca observé una enredadera tan de cerca. Se
enrosca en troncos y en ramas, con un tejido tan apretado que a veces resulta
imposible arrancarla. Es como un forro, como una cascada, como una serpiente.
Sedienta de agua, busca mis ojos, se aproxima. Ahora tengo miedo de dormir.
Tengo pesadillas. Ya van varias noches que sueño lo mismo: la madreselva me
confunde con un árbol y comienza a tejer alrededor de mis piernas una red que
me aprisiona. No creo que estoy mal de salud. Creo, por lo contrario, que estoy
perfectamente bien. Sin embargo, este estado de somnolencia no parece tan
normal. A veces me pregunto: ¿no habré perdido totalmente la noción del
tiempo?. ¿Duermo más de lo que es habitual para un ser humano, o creo que
duermo más?. ¿Es el perfume que me da sueño?. A la hora en que más se
expande, empiezo a parpadear, se me cierran los ojos, y caigo en un letargo que
al despertar me asusta. El progreso que hace la enredadera sobre el árbol fue
durante unos días mi reloj. Como una tejedora iba tejiendo sus puntos alrededor
de cada rama. Al despertar, por los nudos que había hecho yo podía calcular el
tiempo de mi sueño, pero ahora, últimamente, se apresura. ¿Soy yo o el
tiempo?. Pasar de una idea a la otra sin orden alguno, es una de mis
características actuales, pero la verdad es que nunca dispuse de tanto tiempo ni
de tanta inactividad física. Jamás creí que me encontraría en una situación
semejante. La abstinencia, además, me causó siempre horror. Ayer ¿sería ayer
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ayer? bebí dos botellas de vino para desquitarme, y después de vagar por el
bosque, embriagado, caí dormido no sé por cuánto tiempo.
Soñé que decía: ¿Dónde estarán aquellos ojos que tanto me miraban?.
¿Qué beberán?. Hay personas que son manos; otras, bocas; otras, cabellera;
otras, pecho donde uno se recuesta; otras, cuello; otras, ojos, nada más que
ojos. Como ella. Trataba de explicárselo cuando íbamos en el avión, pero ella no
entendía. Entendía sólo con los ojos y preguntaba: "¿Cómo? ¿Cómo dice?".
Desperté lejos de los víveres creyendo que jamás volvería a encontrarlos.
Me amonesté cruelmente. Tuve discusiones conmigo mismo. Volví guiado por
una gracia divina, sin duda, al lugar de salvación: mis alimentos. ¡Qué ironía de
la suerte!. ¡Depender de alimentos cuando me jactaba entre los hombres de
poder pasar veinte días ayunando y me reía de las huelgas de hambre!. Ahora,
por un dátil o por una repugnante castaña de Cajú, vendería mi alma. Sin duda
todos los hombres son iguales y reaccionarían del mismo modo. No me muevo,
estoy encerrado como en una celda. No supuse que celda y selva se parecieran
tanto, que sociedad y soledad tuvieran tantos puntos de contacto. Dentro de mi
oreja un millón de voces discuten, se enemistan, se dedican a destruirme. Tra ra
ra ra ra estoy harto.
Dios mío, que me sea dado no olvidarme de aquellos ojos. Que el iris viva
en mi corazón como si mi corazón fuese de tierra y el iris una planta.
Esas voces contradictorias (volviendo a las voces que siento dentro de mi
oreja) se dedican a destruirme.
Amaos los unos a los otros. Nunca me resultó tan difícil seguir ese precepto.
Asimismo no hay que despreciar la soledad. Un día el mundo se poblará tanto,
que mi actual guarida no será solitaria. Pensar en transformaciones me da
vértigo. Con los ojos cerrados pienso todos esos disparates y es una
imprudencia: la enredadera aprovecha mi descuido para treparse por mi pierna
izquierda, teje una red minuciosa en cada dedo de mi pie. El dedo más chiquito
me hace reír. Con qué artimaña lo envuelve. No hablemos del dedo gordo que
parece un hisopo. La enredadera avanza rápidamente en su trabajo con distintos
métodos: para los dedos chicos de mi pie utiliza simplemente un punto que se
parece mucho a los barrotes de las sillas de mimbre modernas, para superficies
grandes utiliza una amalgama extraña de arabescos que imitan los asientos
plásticos de los automóviles. Arranco de mi pie la trenza con cierta dificultad.
Recuerdo una enredadera de mi casa que se llama enamorada del muro, y que
tiene patitas con garras que se adhieren a los muros. Recuerdo haber arrancado,
de niño, algunas ramas y haber sentido la resistencia de la planta en cada una
de las hojas como gatitos que no quieren soltar su presa. Esta enredadera no
tiene patitas como la enamorada del muro. Mayor es su mérito. Infatigablemente
va tejiendo y tejiendo lazos. ¡Pobres árboles, pobres plantas que caen bajo sus
garras!. Dichoso el árbol que es apenas sensitivo. Se lo decía a alguien (por
quien ya no siento ningún amor) para conmoverla. Me quedó el verso. No estoy
tan seguro de ese apenas sensitivo. De noche me parece que oí a los árboles
quejarse, abrazarse, rechazarse o suspirar, arrodillarse frente a otros de su
familia o de otros que habían sucumbido bajo la enredadera. Ingresé en este
mundo vegetal desconociéndolo totalmente. El único árbol que conocí, fuera del
sauce, se entiende, fue la tipa. Una vez mamá dijo al cruzar la plaza San Martín:
—¡Qué lindas tipas! —pasaban en ese momento dos mujeres horribles y me
reí.
—¿De qué te reís? —protestó mamá mirando el follaje de las tipas y
añadió—: ¿Acaso ahora no se puede admirar ni los árboles? —¿Qué árboles? —
interrogué.
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—Las tipas, ignorante. Todavía no sabés lo que son las tipas. —¡Ah!, las
tipas —respondí con debido asombro—, "yo creí que hablabas de las tipas".
—Ya no sabés ni hablar. Tendrías que irte a la selva para hablar con los
monos.
Pobre mamá, cómo se habrá arrepentido del insulto. A veces me desvela
ese recuerdo pero no puedo evitarlo. Miro en la oscuridad las tipas. Tenían flores
amarillas: el vestido de mamá parecía más celeste. ¿Y yo tendré siempre mi cara
gris de Buenos Aires?.
¿Qué mirarán aquellos ojos?.
Cara de pan crudo, decía la modista que venía a coser para mis hermanas
en casa y que siempre pensaba que yo tenía doce años cuando ya había
cumplido los veinte. ¡Qué opio tener veinte años!. No extraño mi casa; eso sí que
no, pero un espejo es una compañía, mala o buena, como todas las compañías, y
allí tenía mi espejo redondo como una luna. He dormido esta vez más que todas
las otras veces, más que el día de la borrachera; es claro que no puedo estar
seguro de no equivocarme.
¿Dónde estarán aquellos ojos?. ¿Los estaré olvidando?. No recuerdo muy
bien la forma del lagrimal.
A veces uno duerme cinco minutos y parecería que ha dormido toda una
noche. Me dormí al atardecer, me desperté con una luz de atardecer. ¿Habría
dormido cinco minutos?. Pero tengo una prueba contundente de que no fue así:
la enredadera tuvo tiempo de tejer su trenza alrededor de mi pierna izquierda y
de llegar hasta el muslo; ¡la tiene con mi pierna izquierda!. Como si no fuera
bastante hizo otro tanto con mi brazo izquierdo. Esta vez la arranqué con mayor
dificultad pero con menos urgencia que la vez anterior, diciéndole animal, como
a una de mis amigas que siempre me embroma. He resuelto cambiar de guarida.
Cargo mis víveres y me mudo en busca de un sitio sin enredaderas pero no lo
encuentro y la caminata me cansa. A veces pienso que han pasado varios años y
que soy viejo; pero si fuera así no me quedarían provisiones. Ahora me quedé en
un lugar tal vez peor, pero no tengo ánimo para volver sobre mis pasos. Toda
esta selva es una enredadera. ¿Para qué preocuparme?. Hay que preocuparse
sólo por lo que tiene solución. El perfume seguirá embriagándome, dándome
sueño. La enredadera seguirá haciendo sus trenzas. Ahora raras veces me
despierto sin que haya tejido alguna trenza alrededor de mi brazo o de mi
pierna. Ayer no más, se trepó a mi cuello. Me fastidió un poco. No es que me
diera miedo, ni siquiera cuando se me enroscó alrededor de la lengua. Recuerdo
que al soñar grité y abrí imprudentemente la boca. Es extraño. Nunca pensé que
una enredadera podía introducirse tan fácilmente adentro de mi boca.
—Anormal. ¿Qué te has creído?. Uno no se puede fiar de nadie —le dije—.
Me hace gracia porque pienso en la risa que les va a dar a mis amigos esta
anécdota. No me creerán. Tampoco creerán que no puedo estar ociosa.
Últimamente trato de tejer trenzas como la enredadera alrededor de las ramas:
es un experimento bastante interesante, pero difícil. ¿Quién puede competir con
una enredadera?. Estoy tan ocupada que me olvido de aquellos ojos que me
miraban; con mayor razón me olvido hasta de beber y de comer. ¡Variable
género humano!. Envolví la lapicera en mis tallos verdes, como las lapiceras
tejidas con seda y lana por los presos.


  1. Silvina Inocencia Ocampo fue una escritora, cuentista y poeta argentina. 
  2. 28 de julio de 1903, Buenos Aires, Argentina
  3.  14 de diciembre de 1993, Buenos Aires, Argentina)

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