sábado, 11 de julio de 2015

Mañana difunta y otros-




                             Autor: Ciro Alegría . Perú

Tal vez llegarían mejores tiempos. Porque todo tiene su hora justa y nadie debe quedarse sin su ración de bienandanza. Los momentos buenos llegan de pronto, llegan algún día. Nítido cielo azul arriba. Esplendían los techos rojos y pardos de las casas. Un pájaro cruzó raudamente, con su antigua sabiduría de avión edénico, volando hacia las zonas de la dicha. Por la ventana entraba un aire diáfano. De la de una vecina, colgaban ropas de niño puestas a secar. Amarillas, verdes, violetas, blancas. Un niño se llamaba Charlito. Había llorado la noche pasada pero ahora todo estaba en silencio. Y la paz tenía esa tranquilidad germinal de las mujeres grávidas. Algo anunciaba la propicia donación que, en un lugar impreciso, preparaba la vida. Esa antena de radio, fina y gallarda, debía saber. Tenían un gesto atento sus oídos metálicos. Lo callado se hacía en ellos voz. Porque el hombre conoce únicamente cierta parte de la vida de la materia. Debe estar llena de energías y voces ocultas, latentes, que no se esquivan y sólo esperan que el índice presione el botón exacto, que la mano acierte con el nítido pulso de sus venas y el oído descubra el ritmo de su maravilloso corazón. Mientras tanto, ella sabe y da. Conjugando todas sus fuerzas, las aprehensibles e inaprehensibles, en alguna latitud, quizá a la vuelta de la esquina, estaría gestando su bello presente. Para el cuerpo y para el alma. Para el cuerpo y el alma de Nicolás Rivera. Para él. Sin duda para él mismo, como para tantos. En verdad, siempre había esperado vagamente eso y sin duda ahora iba a llegar. Lo sentía en el ambiente, en el hálito luminoso y potente de los anchos espacios y en el fácil ritmo de su sangre. También en la hebilla del cinturón y en los botones del chaleco y en el nudo de la corbata. (Se encontraba vistiéndose.) Su buen humor obedecía seguramente a una razón. El corazón tiene, a veces, adivinaciones inexplicables. Y además estuvo silbando alegremente. Silbando alegremente un aire viejo y nuevo siempre y siempre renovado como el oxígeno del aire. No podía recordar si fue acaso el Preludio VIII de Bach. La brisa llevaba un grato olor a jabón. Toda la vida se había levantado y estaba limpia y apta. Iniciábase un magnífico día. Adelante, Nicolás Rivera. Salió. En la esquina, el mismo diario le dijo que el mundo continuaba siendo el mismo. Por las calles trotaban los mismos tranvías ahítos y desvencijados. En la oficina, el mismo libro de cuentas le mostró los mismos números insospechablemente rígidos. ¿Qué fue de lo sorprendente, lo bueno y lo hermoso? Nicolás Rivera vaciló. Sus ojos aún buscaron sobre la mesa. Después, con el gesto de quien se rinde, cogió la pluma y se puso a alinear cifras mudas. Así murió una promisora mañana.


                        Cuento quiromántico 

Yo me dejaba ir a la deriva. (Paréntesis para los sabios: que haya luz artificial o natural no hace al caso. ¿Os habéis sobresaltado como cuando, mientras dormís plácidamente, el vecino del piso de arriba deja caer violentamente los zapatos? En realidad, no se trata sino de eso: de un molesto ruido de zapatos.) Entonces quedamos en que me dejaba ir... Mis pensamientos habían soltado las amarras. Estaba en uno de esos momentos en que es inútil tomar rumbo porque perderlo a los pocos minutos es cosa cierta. No he de explicarles por qué llegué a tal situación. Una situación así suele presentarse a raíz de grandes catástrofes o solamente porque olvidamos la tarea de oficiar de punteros de reloj en la hora justa —¡hay tantas horas!— o cosas así... Bueno: si se inquietan ustedes por mi falta de precisión, les diré: Yo estaba tratando de matar el tiempo —de esta paradoja dicharachera se venga el muy taimado ya sabemos cómo— en un acuario de peces de colores. Habíamos planeado con Lucy ir a un dancing, pero ella no acudió a la esquina de la cita. ¡Esa Lucy! Siempre con sus senos parleros contando las “mil y una noches”. Y en la espera fui como una barcaza que roe sus amarras y al fin se deja ir. La ciudad me hacía el efecto de haberse despoblado. Los transeúntes con quienes tropezaba me parecían seres caídos de otro planeta. Bien. Ir por una ciudad sin rumbo cierto y llegar a sitios propicios, al cariz novelesco es cosa que sucede, si no en la vida, por lo menos en las historias a las que se juzga dignas de contar. Me duelen los oídos de tener que incidir en un lugar común, pero he de hacerlo. Ya se verá. Llegué precisamente a un suburbio destartalado en el cual el ritmo de avance parecía haberse detenido hacía muchos años. Todo estaba a medio hacer o semi destruido. No sé qué es peor. Las casas se caían a pedazos o eran solamente meras intenciones de tales, en forma de paredes inconclusas. Largas distancias de paredones agrietados las separaban y las callejas oscilaban entre la recta y la curva con una vacilación ebria. Otra cosa que merece apuntarse es que las paredes no tenían una neta voluntad vertical y es de imaginarse el disgusto del sol al fallarle su plomada de las doce del día. ¿Decía? Sí: entré a un pequeño bar y tomé asiento ante una mesa que estaba, como todas, lustrosa de mugre y tenía una apariencia neurótica. Frente a mí, un hombre bebía cerveza. El bar estaba atendido por una mujer semi destruida, lo que no me llamó la atención, pues tendría más de cincuenta años. No había más gente allí hasta que entró un niño. Estaba a medio hacer pero, como es natural, el hecho se explica. Salió advirtiéndomelo con sus ojos juguetones. Cuando he aquí que, al voltear, me encuentro con que el hombre aquel sí se encontraba raramente a medio hacer. Tendría unos sesenta años. Es casi inimaginable que un hombre a tal edad se encuentre a medio hacer, pero era evidentemente así. Por la indumentaria no podía colegirse nada, puesto que no vestía en forma especial. Acaso por un pasador, formado de un cordel pequeño rematado en botones que le ajustaba, pasando bajo la corbata, las puntas del cuello, podía deducirse que se había estacionado en alguna esquina vital. Pero sucede que el hombre me pregunta mi nombre y mi profesión y mi salud y, como yo le contesto, se decide a entablar charla. Se echa a hablar seguidamente sobre el estado del tiempo. Hasta aquí no hay nada extraño, pues toda la gente, en situaciones símiles, hace exactamente lo mismo. No son las palabras. Sus manos semejan garfios que buscan en el aire algo de qué apropiarse. Quizá está tratando subconscientemente, de completarse y la intención se le resuelve en un gesto baldío de mano. El hombre coge su vaso, con la mano en prestancia de zarpa, y bebe como si el líquido tuviera suma importancia para su factura personal y atravesara, al mismo tiempo, inminente riesgo de perderse. Le invito un sandwich y tengo la impresión de que no piensa estar ingiriendo carne y pan. No sé cómo palpar sus aristas romas e inacabadas y llegar a su íntima palpitación inquieta. —¿Tiene usted hambre? —le pregunto al fin. —No, en lo absoluto, he estado un poco resfriado. —¿Pero así es usted siempre? —¿Así qué? —Nada, una manera de ver. —¡Ah! Y el hombre se mueve, azorado en su silla. Busca en mí algo. Quiere penetrarme por los ojos y llevarse de mí lo que le falta para ser sin angustia. Evidentemente no encuentra qué llevarse y se pone a escudriñar la pared en el lugar en que hay un anuncio de football. Luego se vuelve a mí y me dice, al mismo tiempo que pide más cerveza: —Es usted un hombre completo. Pienso que tiene razón y siento, cada vez más, su angustia de incompleto. Ahora pasan los minutos en silencio. Bebemos más cerveza, pero de ninguna manera estamos ebrios. —¿Usted es de aquí? —me pregunta. —No. Ya le dije que soy de otra parte. —¡Ah, yo también quisiera ser de otra parte! Y luego mueve los pies, taconea, se agita todo él sobre un camino que no existe. Yo estoy queriendo marcharme, pero e! hombre me detiene con una imploración de oídos atentos. Posiblemente está queriendo oír mis voces silenciosas. Lo que le digo a mi corazón, que se ha empeñado en afirmar tonterías sobre ese hombre y hasta se encuentra en trance de llorar. —Charlemos de algo... ¡Ah, ahora quiere francamente que yo le diga algo redondo y concluido y yo no encuentro cómo hacerlo! ¿Qué le faltará a este hombre torturado? Termino: —No sé conversar y creo que ya hemos dicho mucho. —Es evidente: ya hemos dicho mucho. Y vuelve a poner frente a mí —lo hizo ya antes— su lívida oreja izquierda surcada de venillas rojas en tanto que con su zarpa se oprime el cuello, allí donde la nuez se revuelve como una rana presa. Pero a! fin termina por levantarse y marcharse en busca de no sabría decir qué. No ha de encontrarlo jamás. Ese hombre se quedará a medio hacer y cuando lo entierren, enterrarán a medio hombre. Yo también me marcho. Y llego al azar a un dancing y encuentro que le falta una puerta más amplia. No me sorprende que Lucy está allí. Viene a hablarme, pero ya no me interesa. Mis pupilas se han aguzado. Me doy cuenta de que le faltan senos y de que, en cambio, le sobra la nariz. Tal mi aventura. ¿Estuve loco? Yo siempre he sido un hombre cuerdo. Además, mi última percepción me califica como hombre que estaba en sus cabales. Y ¡o sigo estando porque a Lucy siempre la veo así. Sólo que desde ese día me he aplicado más ahincadamente a esta malhadada ocupación de escribir. Ahora pienso que el mundo está al revés. Si hay Dios, él sabrá.



                 
 El brillante 

El claro sol tropical, que al bajar del avión les pareció un estallido de luz, untaba ahora las estrechas calles de San Juan. Las gentes deambulaban con lentitud. Las puertas de las tiendas solas, simulaban un bostezo en la modorra cálida del mediodía. Desde alguna, salían las notas cadenciosas de un bolero. Y desde más allá de los acantilados, ayudado por ráfagas de viento, llegaba el son del mar. Unas palmeras, en el recinto ardiente de una plaza, se erguían a otear el cielo nítido. Levantando su silueta angulosa sobre las casas bajas, un incipiente rascacielos era una incrustación de la historia. Habían ido de compras y estaban en el placido momento en que éstas terminan. En realidad, la placidez era disfrutada por él. A las mujeres siempre les queda la impresión de que algo dejaron por comprar. La de Clemente no era en este caso una excepción, pese a que tenía algunas cosas raras que la hacían diferente, comenzando por su nombre: Nydia. —¿De qué me habré olvidado? ¿No necesitaremos nada más? —preguntaba. Se hubiera dicho que deseaba comprar el mundo. —Nada —afirmaba con cierta humorística seguridad Clemente, pese a que nunca estaba seguro de lo que quería o no quería comprar su mujer. En otros tiempos se había opuesto, con poco éxito, a que su casa fuera transformada en un museo. Menos mal que ahora habían salido, como quien dice, en pos de caza mayor, o sea de muebles, y él no estaba cargado de paquetes. Así es que placenteramente se dedicó a observar la ciudad, nueva para sus ojos y cuanto surgía al paso, según era su costumbre, la que por cierto Se había proporcionado algunos materiales para ejercitar su oficio de novelista. De pronto, le pareció que un hombre de solapada actitud los seguía. Luego tuvo la certidumbre de que los seguía realmente y creyó que se trataba de un ratero. Sonrióse pensando que llevaba sólo dos dólares en la cartera y que no había tanta gente como para provocar el encontronazo propicio a la maniobra que seguramente haría el sujeto, Clemente había estado, si bien por razones políticas, en la cárcel y allí aprendió la técnica de muchas malas artes. El hombre aquel acecharía el momento en que se produjera una aglomeración y fingiría tropezar con el forastero, al mismo tiempo que con la zurda le extraería la cartera presumiblemente repleta. Clemente pensaba sorprender a Nydia desbaratando el juego de! ladino. Para sorpresa del Sherlock Holmes por cuenta propia, el perseguidor apresuró el paso y por fin se le acercó en un lugar bastante descampado de la vereda. Decir que se acercó no sería del todo exacto. Evidenciando el propósito de hacerse notar, le rozó el hombro, arqueando un cuerpo magro que terminaba en una cabeza angulosa. Llevó rápidamente la mano al bolsillo del pantalón y extrajo un estuche de carey que abrió más rápidamente todavía, con un diestro empujón del pulgar, dejando ver un anillo coronado por un brillante luminoso. “Mire”, dijo. Cerró el estuche con toda la mano, lo metió de nuevo al bolsillo y siguió adelante, a paso rápido. Su solapada actitud era la del perseguido. —¿Qué tenía? —preguntó Nydia. —Un brillante —contestó Clemente, sin darle importancia. El extraño sujeto se detuvo a media cuadra y esperó a la pareja, fuera de la vereda, tras un auto. Vestía una vieja camisa ocre y pantalón amarillento, por no decir gris de puro raído. Sus zapatos estaban gastados. El cabello peinado hacia atrás, abundante y nigérrimo, hacía resaltar las protuberancias de su frente. Los ojos le brillaban en el fondo de cuencas muy hondas y la nariz roma se alzaba de mala gana sobre una boca ancha, de labios fláccidos. Pómulos y quijadas, cubiertos ajustadamente por la piel cetrina, daban la impresión del hueso descarnado. El cuello sobresalía del cuerpo magro levantado por notorios tendones. La pareja avanzó, vereda adelante, y el extraño se acercó de nuevo. Con la misma sospechosa actitud y el mismo rápido movimiento, extrajo otra vez el estuche, que traqueteó claramente ahora, atrayendo las miradas de Nydia. El hombre de la piedra preciosa, dirigiéndose a Clemente, con inquieta premura, terminó por mascullar: —Tiene un quilate, pero se lo dejo en treinta dólares... —No —respondió el aludido. El tipo hizo desaparecer el estuche en el bolsillo y siguió caminando de prisa, para detenerse más allá. Miró hacia adelante y atrás, con rápidos movimientos de cabeza, mientras la pareja proseguía. Estaba visto que necesitaba vender su brillante. Por segunda vez ofreció: —Se lo dejo en veinte dólares. Su voz temblaba un poco. —No, no pierda su tiempo —contestó Clemente—. No compro cosas en la calle. El frustrado vendedor permaneció inmóvil y estuvo mirándolos hasta que doblaron la esquina. Aparentemente, se quedaba en espera de otro posible comprador. —¿Crees que no vale los veinte dólares? —preguntó Nydia. —Eso —afirmó Clemente—. Y si los vale, debe ser una cosa robada. ¿Viste qué facha?... —En tal caso, costará más —apuntó Nydia. —Nos ha visto caras de extranjeros —sentenció Clemente, con la entonación de quien da por terminado un asunto. No lo daba por terminado, sin embargo, el hombre de la joya, quien ya estaba allí de nuevo, pisándoles los talones. Clemente sonrió pensando que, acaso, habría oído la conversación. El extraño pasó delante de ellos luego y fue a detenerse frente a la vitrina de una tienda. Tenía sólo el anillo en la mano cuando la pareja se acercó. Esta vez dirigióse a Nydia: —Mire —dijo con resolución. Rayó el vidrio del escaparate con la punta del brillante. Un leve rumor. Una leve huella. Ya tenía guardado el brillante. La sutil línea ondulaba sobre la superficie lisa del cristal. Era bastante. Nydia abrió tamaños ojos y dijo con una voz en la que se mezclaban la sorpresa de la revelación y el acicate del deseo: —¡Corta vidrio! La eterna historia de la tentación, aunque se pierda el Paraíso. La manzana era esta vez un brillante y la sierpe, pues, esa línea que se alargaba en ondas tensas sobre la luna nítida. Clemente sabía que hay cristales duros que rayan a los que son menos y advirtió a Nydia: —Cristal de roca, tal vez... Ella no le contestó y, tomando el asunto en sus manos, dijo al vendedor: —Vamos a una joyería para que lo examinen... La cara angulosa se crispó y los ojos reflejaron una temerosa indecisión. Los labios fláccidos barbotaron: —No... no me comprometan... Para hacer la historia entera, Nydia se las echaba de sicóloga y esa manifestación de temor ante la posibilidad de un reconocimiento, terminó por convencerla. Volviéndose a Clemente, demandó: —¿Tienes dinero? —No. Se me ha terminado —le dijo éste secamente. Nydia hizo un gesto de contrariedad. Clemente añadió rotundamente, como quien presenta la más poderosa de las razones: —Me quedan sólo dos dólares… Pero Nydia no estaba para razones de tal clase. —¡Aquí tengo los cheques! —exclamó abriendo su cartera y extrayendo un fajo. El hombre de la piedra preciosa vaciló de nuevo: —No puedo recibir el cheque. Los acompañaré hasta el banco, si... —El banco está en Río Piedras... una sucursal y... es hora de almorzar... —arguyó Nydia vacilando y, al parecer, buscando una salida mejor. —Entonces... —musitó el hombre de la piedra preciosa con un gesto de desencanto y un tono de partida. —Venga por la tarde a casa —apuntó Nydia— le daremos nuestra dirección... Pero el hombre de la piedra preciosa no estaba para dilaciones. —Tengo que salir para Mayagüez —musitó, mirando de reojo a un policía pachorriento que pasaba haciendo bambolear su bastón. Nydia entonces, presa de una idea súbita, reconoció la calle con la mirada. Ahí estaba, casualmente, la mueblería donde habían comprado. Hacia allá se dirigió, seguida de Clemente, después de ordenar casi: —Espere. La cajera dijo que en ese momento habían hecho un pago fuerte y no podía cambiar el cheque. Lo sentía mucho, realmente. Ante la insistencia de Nydia, tuvo que abrir la caja y mostrar en el fondo un solitario billete de cinco dólares. Clemente estaba íntimamente complacido del percance, pero su satisfacción duró poco. Nydia no estaba para abandonar la partida y salió diciendo: —En La Bombonera me lo cambiarán. Clemente entendió que nada la podría detener ya y echó a andar junte» a rila, si cabe la expresión, pues la prisa que llevaba Nydia lo hacía quedarse un tanto atrás, tratando de tomar el asunto filosóficamente, cosa que se hace frente a situaciones en las que ya no queda ninguna filosofía por aplicar. En cierto momento, reaccionó y haciendo un último esfuerzo, pensó detener a Nydia en su carrera adquisitiva, pero la idea de que en el futuro ella le reprocharía mil veces no haberle dejado comprar siquiera ese brillante de ocasión, lo disuadió. Porque el brillante que Nydia estaba capturando, tenía una larga historia emocional. Era “el brillante” o “mi brillante” según los casos. Ahora reaparecía. La cosa empezó cuando ambos, parados frente al escaparate de una joyería de Nueva York, miraban una buena colección de gemas. Él le había dicho, medio en serio y medio en broma: —Cuando escriba mi libro, te regalaré un brillante, ¡el que tú quieras! La mejor del asunto estuvo en que una señora que entendía español y también se había detenido a mirar, comentó poniendo en el tono de su voz una buena carga de humor: —¡Ave María! Que cuando escriba su libro le regalará un brillante ¡y el que quiera! ¡Ave María! Se había alejado riendo. El libro era uno muy famoso y excelente, que pese a esta cualidad vendía miles y miles de ejemplares. Desde luego, en la imaginación del autor. No había sido escrito. Exactamente existían de él diez páginas. —¿Y cuándo sale tu tremendo libro? —le decían a Clemente sus amigos, decididamente interesados, pues él se pasaba haciendo proyectos a base del libro. Clemente respondía riendo: —Ya saldrá... ya saldrá... Aparentemente, lo tomaba en broma. La verdad es que no quería explicar las razones dolorosas que le habían impedido escribir su libro, su nuevo libro, en buenas cuentas; ya tenía algunos publicados. Nydia recordó muchas veces que le había prometido “el brillante” y “mi brillante”, a propósito del libro. Lo recordaba muy bien, ciertamente, pues una de sus características era tomar en cuenta las promesas que le hacían, aunque no las que ella hacía. Ahora, al fin, aparecía “el brillante” y “mi brillante”, pese a que no había ningún libro de por medio y sí una curiosa contingencia de la vida. En éstas y las otras, Nydia ingresó al establecimiento propuesto y a los pocos minutos salió con dos billetes, que puso en manos de Clemente. El hombre de la piedra preciosa estaba por allí, atisbando, y los tres vieron que un policía se acercaba. Echaron a andar ligero y Clemente, súbitamente atraído por una carátula, entró a un tendejón donde vendían libros baratos y revistas. El apurado sujeto ingresó también, alargando en seguida el estuche. Clemente verificó que contenía el anillo de brillante, entregó los billetes y ambos salieron. Nydia había visto la maniobra desde la puerta y tenía una sonrisa triunfal. El sol no brillaba tanto como sus ojos. Todavía comentaba alegremente las diferentes incidencias del lance cuando tomaron el ómnibus para regresar a casa. Y mientras el vehículo cruzaba frente al mar, uno multicolor y refulgente, que parecía complacerse en matizar sus olas con un ritmo de diáfanos azules y verdes que centelleaban al sol. Nydia no miró ese libre y sencillo don de la naturaleza, como solía hacer, sino que demandó a Clemente, tocando la protuberancia que el estuche hacía sobre su pierna... —Sácalo para verlo... El hombre respondió: —Ya tendrás tiempo de verlo en casa. No te olvides de que... 

viernes, 3 de julio de 2015

Amor



Clarice Lispector - Brasil   


Un poco cansada, con las compras deformando la nueva bolsa de malla, Ana subió al tranvía. Depositó la bolsa sobre las rodillas y el tranvía comenzó a andar. Entonces se recostó en el banco en busca de comodidad, con un suspiro casi de satisfacción. Los hijos de Ana eran buenos, algo verdadero y jugoso. Crecían, se bañaban, exigían, malcriados, por momentos cada vez más completos. La cocina era espaciosa, el fogón estaba descompuesto y hacía explosiones. El calor era fuerte en el departamento que estaban pagando de a poco. Pero el viento golpeando las cortinas que ella misma había cortado recordaba que si quería podía enjugarse la frente, mirando el calmo horizonte. Lo mismo que un labrador. Ella había plantado las simientes que tenía en la mano, no las otras, sino esas mismas. Y los árboles crecían. Crecía su rápida conversación con el cobrador de la luz, crecía el agua llenando la pileta, crecían sus hijos, crecía la mesa con comidas, el marido llegando con los diarios y sonriendo de hambre, el canto importuno de las sirvientas del edificio. Ana prestaba a todo, tranquilamente, su mano pequeña y fuerte, su corriente de vida. 

           Cierta hora de la tarde era la más peligrosa. A cierta hora de la tarde los árboles que ella había plantado se reían de ella. Cuando ya no precisaba más de su fuerza, se inquietaba. Sin embargo, se sentía más sólida que nunca, su cuerpo había engrosado un poco, y había que ver la forma en que cortaba blusas para los chicos, con la gran tijera restallando sobre el género. Todo su deseo vagamente artístico hacía mucho que se había encaminado a transformar los días bien realizados y hermosos; con el tiempo su gusto por lo decorativo se había desarrollado suplantando su íntimo desorden. Parecía haber descubierto que todo era susceptible de perfeccionamiento, que a cada cosa se prestaría una apariencia armoniosa; la vida podría ser hecha por la mano del hombre.
En el fondo, Ana siempre había tenido necesidad de sentir la raíz firme de las cosas. Y eso le había dado un hogar, sorprendentemente. Por caminos torcidos había venido a caer en un destino de mujer, con la sorpresa de caber en él como si ella lo hubiera inventado. El hombre con el que se había casado era un hombre de verdad, los hijos que habían tenido eran hijos de verdad. Su juventud anterior le parecía tan extraña como una enfermedad de vida. Había surgido de ella muy pronto para descubrir que también sin la felicidad se vivía: aboliéndola, había encontrado una legión de personas, antes invisibles, que vivían como quien trabaja con persistencia, continuidad, alegría. Lo que le había sucedido a Ana antes de tener su hogar ya estaba para siempre fuera de su alcance: era una exaltación perturbada a la que tantas veces había confundido con una insoportable felicidad. A cambio de eso, había creado algo al fin comprensible, una vida de adulto. Así lo había querido ella y así lo había escogido. Su precaución se reducía a cuidarse en la hora peligrosa de la tarde, cuando la casa estaba vacía y sin necesitar ya de ella, el sol alto, y cada miembro de la familia distribuido en sus ocupaciones. Mirando los muebles limpios, su corazón se apretaba un poco con espanto. Pero en su vida no había lugar para sentir ternura por su espanto: ella lo sofocaba con la misma habilidad que le habían transmitido los trabajos de la casa. Entonces salía para hacer las compras o llevar objetos para arreglar, cuidando del hogar y de la familia y en rebeldía con ellos. Cuando volvía ya era el final de la tarde y los niños, de regreso del colegio, le exigían. Así llegaba la noche, con su tranquila vibración. De mañana despertaba aureolada por los tranquilos deberes. Nuevamente encontraba los muebles sucios y llenos de polvo, como si regresaran arrepentidos. En cuanto a ella misma, formaba oscuramente parte de las raíces negras y suaves del mundo. Y alimentaba anónimamente la vida. Y eso estaba bien. Así lo había querido y elegido ella.
El tranvía vacilaba sobre las vías, entraba en calles anchas. Enseguida soplaba un viento más húmedo anunciando, mucho más que el fin de la tarde, el final de la hora inestable. Ana respiró profundamente y una gran aceptación dio a su rostro un aire de mujer.
El tranvía se arrastraba, enseguida se detenía. Hasta la calle Humaitá tenía tiempo de descansar. Fue entonces cuando miró hacia el hombre detenido en la parada. La diferencia entre él y los otros es que él estaba realmente detenido. De pie, sus manos se mantenían extendidas. Era un ciego.
¿Qué otra cosa había hecho que Ana se fijase erizada de desconfianza? Algo inquietante estaba pasando. Entonces lo advirtió: el ciego masticaba chicle... Un hombre ciego masticaba chicle.
Ana todavía tuvo tiempo de pensar por un segundo que los hermanos irían a comer; el corazón le latía con violencia, espaciadamente. Inclinada, miraba al ciego profundamente, como se mira lo que no nos ve. Él masticaba goma en la oscuridad. Sin sufrimiento, con los ojos abiertos. El movimiento, al masticar, lo hacía parecer sonriente y de pronto dejó de sonreír, sonreír y dejar de sonreír -como si él la hubiese insultado, Ana lo miraba. Y quien la viese tendría la impresión de una mujer con odio. Pero continuaba mirándolo, cada vez más inclinada -el tranvía arrancó súbitamente, arrojándola desprevenida hacia atrás y la pesada bolsa de malla rodó de su regazo y cayó en el suelo. Ana dio un grito y el conductor dio la orden de parar antes de saber de qué se trataba; el tranvía se detuvo, los pasajeros miraron asustados. Incapaz de moverse para recoger sus compras, Ana se irguió pálida. Una expresión desde hacía tiempo no usada en el rostro resurgía con dificultad, todavía incierta, incomprensible. El muchacho de los diarios reía entregándole sus paquetes. Pero los huevos se habían quebrado en el paquete de papel de diario. Yemas amarillas y viscosas se pegoteaban entre los hilos de la malla. El ciego había interrumpido su tarea de masticar chicle y extendía las manos inseguras, intentando inútilmente percibir lo que estaba sucediendo. El paquete de los huevos fue arrojado fuera de la bolsa y, entre las sonrisas de los pasajeros y la señal del conductor, el tranvía reinició nuevamente la marcha.
Pocos instantes después ya nadie la miraba. El tranvía se sacudía sobre los rieles y el ciego masticando chicle había quedado atrás para siempre. Pero el mal ya estaba hecho.
La bolsa de malla era áspera entre sus dedos, no íntima como cuando la había tejido. La bolsa había perdido el sentido, y estar en un tranvía era un hilo roto; no sabía qué hacer con las compras en el regazo. Y como una extraña música, el mundo recomenzaba a su alrededor. El mal estaba hecho. ¿Por qué?, ¿acaso se había olvidado de que había ciegos? La piedad la sofocaba, y Ana respiraba con dificultad. Aun las cosas que existían antes de lo sucedido ahora estaban precavidas, tenían un aire hostil, perecedero... El mundo nuevamente se había transformado en un malestar. Varios años se desmoronaban, las yemas amarillas se escurrían. Expulsada de sus propios días, le parecía que las personas en la calle corrían peligro, que se mantenían por un mínimo equilibrio, por azar, en la oscuridad; y por un momento la falta de sentido las dejaba tan libres que ellas no sabían hacia dónde ir. Notar una ausencia de ley fue tan súbito que Ana se agarró al asiento de enfrente, como si se pudiera caer del tranvía, como si las cosas pudieran ser revertidas con la misma calma con que no lo eran. Aquello que ella llamaba crisis había venido, finalmente. Y su marca era el placer intenso con que ahora gozaba de las cosas, sufriendo espantada. El calor se había vuelto menos sofocante, todo había ganado una fuerza y unas voces más altas. En la calle Voluntarios de la Patria parecía que estaba pronta a estallar una revolución. Las rejas de las cloacas estaban secas, el aire cargado de polvo. Un ciego mascando chicle había sumergido al mundo en oscura impaciencia. En cada persona fuerte estaba ausente la piedad por el ciego, y las personas la asustaban con el vigor que poseían. Junto a ella había una señora de azul, ¡con un rostro! Desvió la mirada, rápido. ¡En la acera, una mujer dio un empujón al hijo! Dos novios entrelazaban los dedos sonriendo... ¿Y el ciego? Ana se había deslizado hacia una bondad extremadamente dolorosa.
Ella había calmado tan bien a la vida, había cuidado tanto que no explotara. Mantenía todo en serena comprensión, separaba una persona de las otras, las ropas estaban claramente hechas para ser usadas y se podía elegir por el diario la película de la noche, todo hecho de tal modo que un día sucediera al otro. Y un ciego masticando chicle lo había destrozado todo. A través de la piedad a Ana se le aparecía una vida llena de náusea dulce, hasta la boca.
Solamente entonces percibió que hacía mucho que había pasado la parada para descender. En la debilidad en que estaba, todo la alcanzaba con un susto; descendió del tranvía con piernas débiles, miró a su alrededor, asegurando la bolsa de malla sucia de huevo. Por un momento no consiguió orientarse. Le parecía haber descendido en medio de la noche.
Era una calle larga, con altos muros amarillos. Su corazón latía con miedo, ella buscaba inútilmente reconocer los alrededores, mientras la vida que había descubierto continuaba latiendo y un viento más tibio y más misterioso le rodeaba el rostro. Se quedó parada mirando el muro. Al fin pudo ubicarse. Caminando un poco más a lo largo de la tapia, cruzó los portones del Jardín Botánico.
Caminaba pesadamente por la alameda central, entre los cocoteros. No había nadie en el Jardín. Dejó los paquetes en el suelo, se sentó en un banco de un atajo y allí se quedó por algún tiempo.
La vastedad parecía calmarla, el silencio regulaba su respiración. Ella se adormecía dentro de sí.
De lejos se veía la hilera de árboles donde la tarde era clara y redonda. Pero la penumbra de las ramas cubría el atajo.
A su alrededor se escuchaban ruidos serenos, olor a árboles, pequeñas sorpresas entre los "cipós". Todo el Jardín era triturado por los instantes ya más apresurados de la tarde. ¿De dónde venía el medio sueño por el cual estaba rodeada? Como por un zumbar de abejas y de aves. Todo era extraño, demasiado suave, demasiado grande. Un movimiento leve e íntimo la sobresaltó: se volvió rápida. Nada parecía haberse movido. Pero en la alameda central estaba inmóvil un poderoso gato. Su pelaje era suave. En una nueva marcha silenciosa, desapareció.
Inquieta, miró en torno. Las ramas se balanceaban, las sombras vacilaban sobre el suelo. Un gorrión escarbaba en la tierra. Y de repente, con malestar, le pareció haber caído en una emboscada. En el Jardín se hacía un trabajo secreto del cual ella comenzaba a apercibirse.
En los árboles las frutas eran negras, dulces como la miel. En el suelo había carozos llenos de orificios, como pequeños cerebros podridos. El banco estaba manchado de jugos violetas. Con suavidad intensa las aguas rumoreaban. En el tronco del árbol se pegaban las lujosas patas de una araña. La crudeza del mundo era tranquila. El asesinato era profundo. Y la muerte no era aquello que pensábamos.
Al mismo tiempo que imaginario, era un mundo para comerlo con los dientes, un mundo de grandes dalias y tulipanes. Los troncos eran recorridos por parásitos con hojas, y el abrazo era suave, apretado. Como el rechazo que precedía a una entrega, era fascinante, la mujer sentía asco, y a la vez era fascinada.
Los árboles estaban cargados, el mundo era tan rico que se pudría. Cuando Ana pensó que había niños y hombres grandes con hambre, la náusea le subió a la garganta, como si ella estuviera grávida y abandonada. La moral del Jardín era otra. Ahora que el ciego la había guiado hasta él, se estremecía en los primeros pasos de un mundo brillante, sombrío, donde las victorias-regias flotaban, monstruosas. Las pequeñas flores esparcidas sobre el césped no le parecían amarillas o rosadas, sino del color de un mal oro y escarlatas. La descomposición era profunda, perfumada... Pero todas las pesadas cosas eran vistas por ella con la cabeza rodeada de un enjambre de insectos, enviados por la vida más delicada del mundo. La brisa se insinuaba entre las flores. Ana, más adivinaba que sentía su olor dulzón... El Jardín era tan bonito que ella tuvo miedo del Infierno.
Ahora era casi noche y todo parecía lleno, pesado, un esquilo* pareció volar con la sombra. Bajo los pies la tierra estaba fofa, Ana la aspiraba con delicia. Era fascinante, y ella se sentía mareada.
Pero cuando recordó a los niños, frente a los cuales se había vuelto culpable, se irguió con una exclamación de dolor. Tomó el paquete, avanzó por el atajo oscuro y alcanzó la alameda. Casi corría, y veía el Jardín en torno de ella, con su soberbia impersonalidad. Sacudió los portones cerrados, los sacudía apretando la madera áspera. El cuidador apareció asustado por no haberla visto.
Hasta que no llegó a la puerta del edificio, había parecido estar al borde del desastre. Corrió con la bolsa hasta el ascensor, su alma golpeaba en el pecho: ¿qué sucedía? La piedad por el ciego era muy violenta, como una ansiedad, pero el mundo le parecía suyo, sucio, perecedero, suyo. Abrió la puerta de la casa. La sala era grande, cuadrada, los picaportes brillaban limpios, los vidrios de las ventanas brillaban, la lámpara brillaba: ¿qué nueva tierra era ésa? Y por un instante la vida sana que hasta entonces llevara le pareció una manera moralmente loca de vivir. El niño que se acercó corriendo era un ser de piernas largas y rostro igual al suyo, que corría y la abrazaba. Lo apretó con fuerza, con espanto. Se protegía trémula. Porque la vida era peligrosa. Ella amaba el mundo, amaba cuanto había sido creado, amaba con repugnancia. Del mismo modo en que siempre había sido fascinada por las ostras, con aquel vago sentimiento de asco que la proximidad de la verdad le provocaba, avisándola. Abrazó al hijo casi hasta el punto de estrujarlo. Como si supiera de un mal -¿el ciego o el hermoso Jardín Botánico?- se prendía a él, a quien quería por encima de todo. Había sido alcanzada por el demonio de la fe. La vida es horrible, dijo muy bajo, hambrienta. ¿Qué haría en caso de seguir el llamado del ciego? Iría sola... Había lugares pobres y ricos que necesitaban de ella. Ella precisaba de ellos...
-Tengo miedo -dijo. Sentía las costillas delicadas de la criatura entre los brazos, escuchó su llanto asustado.
-Mamá -exclamó el niño. Lo alejó de sí, miró aquel rostro, su corazón se crispó.
-No dejes que mamá te olvide -le dijo.
El niño, apenas sintió que el abrazo se aflojaba, escapó y corrió hasta la puerta de la habitación, de donde la miró más seguro. Era la peor mirada que jamás había recibido. La sangre le subió al rostro, afiebrándolo.
Se dejó caer en una silla, con los dedos todavía presos en la bolsa de malla. ¿De qué tenía vergüenza?
No había cómo huir. Los días que ella había forjado se habían roto en la costra y el agua se escapaba. Estaba delante de la ostra. Y no sabía cómo mirarla. ¿De qué tenía vergüenza? Porque ya no se trataba de piedad, no era solamente piedad: su corazón se había llenado con el peor deseo de vivir.
Ya no sabía si estaba del otro lado del ciego o de las espesas plantas. El hombre poco a poco se había distanciado, y torturada, ella parecía haber pasado para el lado de los que le habían herido los ojos. El Jardín Botánico, tranquilo y alto, la revelaba. Con horror descubría que ella pertenecía a la parte fuerte del mundo -¿y qué nombre se debería dar a su misericordia violenta? Sería obligada a besar al leproso, pues nunca sería solamente su hermana. Un ciego me llevó hasta lo peor de mí misma, pensó asustada. Sentíase expulsada porque ningún pobre bebería agua en sus manos ardientes. ¡Ah!, ¡era más fácil ser un santo que una persona! Por Dios, ¿no había sido verdadera la piedad que sondeara en su corazón las aguas más profundas? Pero era una piedad de león.
Humillada, sabía que el ciego preferiría un amor más pobre. Y, estremeciéndose, también sabía por qué. La vida del Jardín Botánico la llamaba como el lobo es llamado por la luna. ¡Oh, pero ella amaba al ciego!, pensó con los ojos humedecidos. Sin embargo, no era con ese sentimiento con el que se va a la iglesia. Estoy con miedo, se dijo, sola en la sala. Se levantó y fue a la cocina para ayudar a la sirvienta a preparar la cena.
Pero la vida la estremecía, como un frío. Oía la campana de la escuela, lejana y constante. El pequeño horror del polvo ligando en hilos la parte inferior del fogón, donde descubrió la pequeña araña. Llevando el florero para cambiar el agua -estaba el horror de la flor entregándose lánguida y asquerosa a sus manos. El mismo trabajo secreto se hacía allí en la cocina. Cerca de la lata de basura, aplastó con el pie a una hormiga. El pequeño asesinato de la hormiga. El pequeño cuerpo temblaba. Las gotas de agua caían en el agua inmóvil de la pileta. Los abejorros de verano. El horror de los abejorros inexpresivos. Horror, horror. Caminaba de un lado para otro en la cocina, cortando los bifes, batiendo la crema. En torno a su cabeza, en una ronda, en torno de la luz, los mosquitos de una noche cálida. Una noche en que la piedad era tan cruda como el mal amor. Entre los dos senos corría el sudor. La fe se quebrantaba, el calor del horno ardía en sus ojos.
Después vino el marido, vinieron los hermanos y sus mujeres, vinieron los hijos de los hermanos.
Comieron con las ventanas todas abiertas, en el noveno piso. Un avión estremecía, amenazando en el calor del cielo. A pesar de haber usado pocos huevos, la comida estaba buena. También sus chicos se quedaron despiertos, jugando en la alfombra con los otros. Era verano, sería inútil obligarlos a ir a dormir. Ana estaba un poco pálida y reía suavemente con los otros.
Finalmente, después de la comida, la primera brisa más fresca entró por las ventanas. Ellos rodeaban la mesa, ellos, la familia. Cansados del día, felices al no disentir, bien dispuestos a no ver defectos. Se reían de todo, con el corazón bondadoso y humano. Los chicos crecían admirablemente alrededor de ellos. Y como a una mariposa, Ana sujetó el instante entre los dedos antes que desapareciera para siempre.
Después, cuando todos se fueron y los chicos estaban acostados, ella era una mujer inerte que miraba por la ventana. La ciudad estaba adormecida y caliente. Y lo que el ciego había desencadenado, ¿cabría en sus días? ¿Cuántos años le llevaría envejecer de nuevo? Cualquier movimiento de ella, y pisaría a uno de los chicos. Pero con una maldad de amante, parecía aceptar que de la flor saliera el mosquito, que las victorias-regias flotasen en la oscuridad del lago. El ciego pendía entre los frutos del Jardín Botánico.
¡Si ella fuera un abejorro del fogón, el fuego ya habría abrasado toda la casa!, pensó corriendo hacia la cocina y tropezando con su marido frente al café derramado.
-¿Qué fue? -gritó vibrando toda.
Él se asustó por el miedo de la mujer. Y de repente rió, entendiendo:
-No fue nada -dijo-, soy un descuidado -parecía cansado, con ojeras.
Pero ante el extraño rostro de Ana, la observó con mayor atención. Después la atrajo hacia sí, en rápida caricia.
-¡No quiero que te suceda nada, nunca! -dijo ella.
-Deja que por lo menos me suceda que el fogón explote -respondió él sonriendo. Ella continuó sin fuerzas en sus brazos.
Ese día, en la tarde, algo tranquilo había estallado, y en toda la casa había un clima humorístico, triste.
-Es hora de dormir -dijo él-, es tarde.
En un gesto que no era de él, pero que le pareció natural, tomó la mano de la mujer, llevándola consigo sin mirar para atrás, alejándola del peligro de vivir. Había terminado el vértigo de la bondad.
Había atravesado el amor y su infierno; ahora se peinaba delante del espejo, por un momento sin ningún mundo en el corazón. Antes de acostarse, como si apagara una vela, sopló la pequeña llama del día. 
  1. Clarice Lispector R.M, escritora brasileña de origen judío. Es considerada una de las más importantes escritoras brasileñas del siglo XX. 10 de diciembre de 1920,Chechelnik, Ucrania - 9 de diciembre de 1977, Río de Janeiro,  Brasil)